¿TE VIERON LA CARA DE TONTO?

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Nada es verdad ni es mentira: todo es

según el color del cristal con que se mira

Campoamor

Te mintieron. Otra vez. Y duele como una ampolla que se hubiera reventado en el corazón. ¿Es que, en verdad, tengo la cara de un tonto? Siento mucho que te sientas así y si me aceptas un consejo, te alentaría a que no te tortures más. El problema de mentir, no es tuyo sino de quien miente. Por supuesto, a nadie le hace gracia que le oculten la verdad, pero ¿por qué duele tanto que nos mientan? En 1982, durante una conferencia, Margaret Atwood compartía su conversación con un amigo: “¿Por qué se sienten los hombres amenazados por las mujeres?”. “Tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos”, fue la respuesta. Más tarde, en un seminario de poesía, la escritora haría igual pregunta, a las alumnas: “¿Por qué se sienten las mujeres amenazadas por los hombres?”. “Tienen miedo de que las maten”, contestaron. La curiosidad me llevó a realizar mi propia investigación respecto a porqué nos afecta tanto que nos mientan y aunque, técnicamente, la pregunta no fue la misma, las respuestas coincidieron con los hallazgos de Atwood: “fue como llamarme estúpido”, “se burló de mí”, “mató mi confianza”, “sentí que me anulaba”.

Nos duele sentir que se ríen de nosotros y que ataquen nuestra identidad, la que venimos construyendo desde que nacimos y cuya solidez es la base de nuestra autoestima. Alguien cercano a mí, opinaba que la mentira es “una forma de traición” y, en son de broma, agregaba: “¡con lo que cuesta coincidir con una para tener que buscar a otra!”. Eckart Tollé, asevera que en estos casos, nos duele el ego porque tomamos el asunto de la mentira como algo personal. Tollé afirma que el nivel de conciencia y los condicionamientos particulares de una persona, la predisponen o no, a mentir. Y lo hará con todos. No obstante, lo interpretamos como una afrenta personal… ¡me mintió!, ¡a mí!, ¿¡cómo se atreve!? A mis ojos, va bien encaminado y a eso me refería, más arriba, con aquello de que el problema es de quien miente.

¿Te pasa que pierdes algo de respeto hacia quien te lanza una mentira? A mí, sí. Y, en el caso de confrontarle y recibir otra falsedad, pierdo todo interés en relacionarme con él o ella. Alguien que construye los cimientos de cualquier relación sobre una nube de vapor, es incapaz de aportar estabilidad a la misma y en ese caso, ¿qué sentido tendría mantenerla en pie? Somos estructuras de coherencia y si alguien rompe la suya ante nuestros ojos, ¿cómo seguir confiando en esa persona?; reclamarle o pelear con la realidad de haber sido engañados, no ayuda a sentirnos menos abusados. No te tortures: es natural y lo es más, cuando la mentira calza ¡tan bien! con nuestros deseos. De acuerdo, hay mentiras y mentirosos de diverso calibre e intención, y es justo considerar que no toda la viga está en el ojo ajeno. Un estudio de la Universidad de Southampton, ha concluido que la mayoría de los humanos decimos –en promedio– ¡tres mentiras  por cada diez minutos de conversación! Aun cuando, la mayoría de nosotros jura aborrecerla, la practicamos. ¿Te suena el término “mentira piadosa”? Sí, esas con las que decidimos por otro, qué puede procesar y qué no, privándolo de las lecciones que ofrece el dolor porque el hecho ha ocurrido y sólo ha sido cubierto con un velo. Pero la verdad necesita un contenedor y muchas veces, no estamos dispuestos a serlo ni para nosotros ni para otros. La mentira es un recurso antiguo y una decisión, consciente, de hacer pasar por verdad aquello que no lo es. Suele ir acompañada del esfuerzo por crear un relato falso, más o menos elaborado según cuánto espere alterar la realidad: describe la inocente complicidad de los padres con el Hada de los dientes y el ratón Pérez, el culposo estilo del Raskolnikov de Dostoievski cuyo crimen se convierte en castigo dentro de ese portentoso retrato de la mentira, y al canallesco arte de Yago, diestro en envenenar, con calumnias, al confundido Otelo.

Quizá lo más perturbador sobre la mentira humana sean las investigaciones de Seth Stephens-Davidowitz, profesor de comportamiento humano a través del “Big Data” en la Universidad de Pensilvania. El analista ha revelado a la BBC de Londres, el resultado de sus diversas búsquedas en Google vs. los resultados de varios sondeos de investigación, concluyendo que no son congruentes. Por ejemplo, ha cruzado las ventas de preservativos con los datos de encuestas relacionadas, y el número de condones vendidos es dramáticamente inferior al de las personas que indican haber tenido sexo con condón. Asimismo, explica que la mayoría de los padres aseguran tratar igual a sus hijos y a sus hijas y sin embargo, a través de sus consultas en Internet, manifiestan más interés sobre el potencial intelectual de sus hijos y más interés por la fisonomía de sus hijas. Stephens-Davidowitz no tiene dudas de que mentimos: “Mentimos porque queremos parecer mejores de lo que somos. Y con frecuencia nos mentimos a nosotros mismos”. Ya. Eso lo sabíamos. Pero sorprende descubrir cómo corremos a contarle al navegador más popular del internet, sin tapujos, los prejuicios y verdades que solemos guardar bajo siete llaves.

Parece que ser sujeto de fraude, es de algún modo, inevitable, queda entonces fortalecer al recipiente que contendrá la verdad, o sea, a nosotros mismos, para amortiguar el shock vivencial y emocional –que a menor o mayor escala– origina el  saber que te han mentido. La vida se desarrolla en esa frontera entre la verdad y la mentira, entre lo ocurrido y lo soñado, entre la memoria objetiva y lo que creemos recordar, entre lo que el otro nos dice y lo que interpretamos. Al margen de nuestro juicio moral sobre la mentira, no siempre sus motivos involucran un beneficio egoísta y toca sopesar la intención con la que llega a nosotros, a la hora de evaluar los daños. De otro lado, cabe preguntar si ¿estamos listos para la verdad? Tal vez el otro crea que no. Tal vez nosotros creemos que no y esas mentiras que nos cuentan sólo refuerzan las que nos contamos, a nosotros mismos. Indaga, aclara, confronta si es seguro para ti y crees que vale la pena, expresa cómo te sientes y toma tu decisión. Cuando te cuentan un chiste, necesitas distanciarte de él y no tomarlo como un ataque personal, sólo así puedes identificarlo como una ficción tan absurda, que te produce risa. La mentira no es graciosa, pero sí es preciso distanciarse de ella, verla como algo que habla del otro, no de ti. Cuando alguien te miente o se burla de ti, el tonto o el equivocado, no eres tú. ¡Esa persona se ha sentado sobre las brasas y tú estás fuera de ellas! A menos que elijas quedarte con la mentira que te dieron. En ese caso, te recuerdo el sabio y viejo adagio budista: una mentira puede salvar el presente, pero siempre condenará el futuro.