Tercer cumpleaños

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A Teresa, nuevamente.

 

 

Cuando el Facebook muestra mis recuerdos, veo tu imagen y el vertiginoso tiempo. Teresa, ya son tres años y esta vez, las canciones que nos representan como familia fueron compartidas al grupo de whatsApp, la serenata virtual por tu cumpleaños no detuvo el extrañarte con llanto y sentimiento de vacío.

 

Por esta ocasión no pudimos celebrar con una misa tu nueva casa convertida en cripta familiar. Nuevamente Teresa, no habrá regalos que buscar con tanto cuidado y cariño. Esta vez Teresa, ya no harás tu mole, ni el arroz, tampoco pondrás el bracero, ni las tortillas estarán calientes para cuando lleguemos. Ni bailaremos con el mariachi, ni celebraremos la tarde-noche con la verbena de tu celebración.

 

Estamos a dos años de ya no celebrar tu cumpleaños, ni festejar la fiesta de la Virgen de Guadalupe: ya no te desvelarás adornando su imagen para entregarla a las mañanitas con el mariachi de la iglesia. Ya no te tomarás unos caballitos de tequila, ni bailarás con mis hermanos.

 

Este segundo diciembre ya no habrá el espejismo de tu cena de navidad, ni me preguntarás qué hacer para mis hermanos y la familia.

 

Huérfanos de ti, retomamos la ruta del duelo de los recuerdos para decirnos, por segunda vez, que ya no estás y que la vida es sin ti, pero contigo.

 

He entendido que el tiempo y la distancia es el antídoto para aminorar poco a poco las heridas del alma. Contigo Teresa, la fórmula no funciona. Tu ausencia tiene tonalidades de memoria diversas e impredecibles.

 

Madre, este año ya serán dos cumpleaños buscando en la memoria tu figura pequeñita. Mi ser de hija me tiene tu regalo: un cordón umbilical invisible que nos une como hermanos cada día quince de octubre.