… todavía no cumplo treinta

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Es tarde, ya se acostaron los niños, qué ruidosos son los niños, parece que nunca se callan. El más pequeño, pide leche y cuando no, llora. La otra, está más grandecita, pero es igual de chillona, ¿Dónde tienen el botón de apagado? Ah, como sea, por fin están dormidos. Ahora es momento para aprovechar y hacer mis pendientes. Eso, si mi madre me deja y no se le ocurren a ella, tareas para mí: que quién va a lavar los trastes de la comida, que quién va a barrer el comedor y la sala, que le ayude a lavar la ropa… ay, es que no me entiende, yo también me canso, todo el día estar cuidando a esos chamacos, y yo no puedo hacer mis cosas. Mi madre me dice que es mi culpa, que para qué le hice caso al papá de los niños, él bien fácil, se fue y nos dejó con tremendo paquetote. 

Ya no nos hablamos, le metí una demanda por abandono familiar y estoy en espera que se resuelva, para que me pague la manutención de los niños. Es un buen de lana y eso que ahorita están chamacos, no quiero ni pensar cuando crezcan y tengan que ir a la escuela; ropa, útiles, alimentos… ahorita con los pañales y medicinas me doy de topes. Ah pero eso sí, ese se largó y dice que no tiene trabajo, pero bien que lo veo en las fotos de sus redes sociales, con cada lagartona, presumiendo, con su moto de fondo y una caguama en la mano. 

Salgo de casa, entre reclamos y gritos de mi madre. Sólo voy a la tienda, no se por qué tanto alboroto. Aprovecho la caminata para pensar, pensar cosas… me invade la nostalgia al contemplar la noche estrellada. Mientras unos duermen otros gritan, hacen ruido, se van de fiesta. A mí, me espera el pesado e incómodo silencio en casa; a la menor provocación mi madre empezará nuevamente con sus gritos y reclamos. Mejor es llegar y quedarme callada, contemplando mi soledad y en lo que mi vida se ha convertido.  

Llego a la tienda, saludo al tendero, que ni se ocupa en respoder mi saludo, debo confesar que eso me enoja un poco. Busco algunas cosas necesarias para la casa.

¿Qué es ese ruido? Escucho música. Se hace más y más fuerte. Entran tres jóvenes, se ve que no les preocupa nada, excepto dónde sera la próxima fiesta. 

Se bajaron de un auto se esos de moda, modernos, traen la música a todo volúmen, no lo apagaron, las puertas abiertas ayudan a que se propague el ruidanguero. Toman dos six de cervezas, unos cigarros, el otro agarra unas papas, y todo, entre gritos, bromas y carcajadas: que si las chicas, que si la botella, que si los tacos  y el after… yo, hago como que no los veo, como que no los oigo, pero ¿cómo no oirlos con todo ese escándalo que se cargan? La otra vez oí en la tele que, según una estadística, el ser humano hace mucho más ruido durante los primeros treinta años de vida, y después, empieza a silenciarse, como si se apagara, algunos empezamos a hacer menos ruido desde antes, y eso me lleva a pensar: ¿las mujeres no apagaremos antes?, somos menos ruidosas que los hombres, todavía no llego a los treinta y no recuerdo haber hecho tanto ruido como ese trio de mireyes

Se ve que apenas están calentando motores para irse de fiesta. Y también se ve que se va a poner bueno. Traen toda la actitud.

Los envidio, me quiero ir con ellos, ser parte de su fiesta, tomarme las cervezas y fumar rodeada de su compañía, pero ¿a quién quiero engañar?, ¿cómo se van a fijar en mí?, si ya perdí mi encanto, ya no soy la que solía ser, gracias a mi… madre y a ese idiota que se la vió bien fácil conmigo. También tengo derecho a soñar, ¡a vivir!

¡Llévenme con ustedes chicos! ¡Sáqueme de aquí! Préndanme de nuevo, háganme gritar, gritar de emoción, que vuelva a hacer ruido… todavía no cumplo treinta.