Tomar conciencia implica vaciamiento de sí más allá de posesión de mundo en tanto verdad

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Inicio este texto con un acercamiento al existencialismo que nos ha regalado el mismísimo Jean Paul Sartre: La mayoría de los que utilizan esta palabra (existencialismo) se sentirían incómodos para justificarla, porque hoy día que se ha vuelto una moda, no hay dificultad en declarar que un músico o que un pintor es existencialista. Un articulista de Clartés firma El existencialista; y en el fondo, la palabra ha tomado hoy tal amplitud y tal extensión que ya no significa absolutamente nada. Parece que, a falta de una doctrina de vanguardia análoga al superrealismo, la gente ávida de escándalo y de movimiento se dirige a esta filosofía, que, por otra parte, no les puede aportar nada en este dominio; en realidad, es la doctrina menos escandalosa, la más austera; está destinada estrictamente a los técnicos y filósofos. Sin embargo, se puede definir fácilmente. Lo que complica las cosas es que hay dos especies de existencialistas: los primeros, que son cristianos, entre los cuales yo colocaría a Jaspers y a Gabriel Marcel, de confesión católica; y, por otra parte, los existencialistas ateos, entre los cuales hay que colocar a Heidegger, y también a los existencialistas franceses y a mí mismo. Lo que tienen en común es simplemente que consideran que la existencia precede a la esencia, o, si se prefiere, que hay que partir de la subjetividad.

 

Hay que plantear que Sartre se refiere a la verdad como luminosité. Esto es una crítica, tanto al paradigma moderno acerca del conocimiento como a la tesis tradicional de la verdad como una correspondencia, a partir de la lectura de Heidegger, critica la forma en que el autor de Ser y tiempo entiende la luminosidad ya que la trata como una lógica de la pasividad. Sartre le reprocha el no darle cabida a una teoría de la acción. Y es aquí los que nos interesa, porque está columna trata precisamente de cómo activar la conciencia que, por supuesto, tiene que ver con la verdad como la hemos concebido unas línea arriba.  Podría quedar más explícita esta cuestión si hacemos referencia a la definición de conciencia emitida por el pensador francés: Todo, pues, es claro y lúcido en la conciencia: el objeto está ante ella con su opacidad característica; pero ella es pura y simplemente conciencia de ser conciencia de este objeto. Esto significa que si involucramos esta opacidad a la conciencia, dicha definición deja de tener sentido, y sería entonces una oscuridad y ya no espontaneidad que caracteriza a la conciencia misma.

 

Hay que aclarar también que nos referimos a la conciencia del ser para sí que descarta la visión cartesiana de la autopercepción absoluta de sí a sí. Hablamos entonces de una revelación que se muestra en tanto existe, esto es, que se encuentra siempre por delante de sí misma generado mundo, siendo fuente de creación de ser. Nuevamente queda rebasada la conciencia reflexiva cartesiana por la forma del para sí. Esto es en tanto la idea de un urgente requerimiento de conciencia que debe darse en un plano de la experiencia concreta del ser en tanto mundo, es decir en la vivencia misma del ser al estar generando mundo que se define por la primacía de la existencia sobre la esencia.

 

Se ha hablado de que en la comprensión sartreana la conciencia era translucidez y transparencia, ahora se nos presenta como un vacío total partiendo de que el hombre es lo que hay del otro lado del mundo. Con esta analogía destacamos la nada, la indefinimos, la ubicamos del lado de la conciencia de nada, como resultado de esa diferencia primera: hombre-mundo. La idea de esta filosofía es que en el hombre hay busqueda, hay una intencionalidad implicita en la conciencia misma, pero ¿De esencia o de ausencia? Hay algo en el mundo que nos pertenece y por ello es mundo, sentimos que hemos perdido algo, percibimos en nuestras vidas un vacío de algo que nos revela la nada, esto significa que no solamente se trata no del vacío de algo, sino que hay un requerimiento y una intencionalidad de vaciamiento. Sartre dilucida esa intencionalidad en el siguiente fragmento de El ser y la nada: Toda conciencia está falta de… para. Pero ha de comprenderse bien que la falta no le viene de afuera, como la del fragmento de luna a la luna. La falta del para-sí es una falta que es él. Lo que constituye el ser del para-sí como fundamento de su propia nada es el esbozo de una presencia a sí como lo que falta al para-sí. El posible es una ausencia constitutiva de la conciencia en tanto que esta se hace a sí misma.

 

Una vez dicho lo dicho, lo que hoy entendemos, sería deseable que se entendiera por una toma de conciencia, recalcando que no es en el sentido cartesiano, sino en el sentido de una conciencia de si, tomar conciencia implica un vaciamiento de sí, la negación del en sí de nuestra intencionalidad, tomar conciencia, en nuestra lectura, exige un vaciamiento de sí, una negación del en sí de nuestra propia intencionalidad. Esto nos lleva a la disertación de que un un hombre sin esencia, tendrá que configurar el mundo a partir de esa necesidad, es decir, un hombre no solo condenado a ser libre, también a distanciarse de sí, a crearse en a parir del conocimiento de su ser como la faceta que permanentemente será diferente del en sí y que le permitirá acceder a esta conciencia si y solo si se encuentre en aceptación de esta diferenciación.

 

Finalmente tenemos que la relación entre el en sí y el para sí no se enmarca en el reduccionismo del intento de posesión del mundo como verdad. El para sí se distingue del en sí porque constituye su propia nihilización como en sí. En este sentido, podemos traer esa intencionalidad que se nihiliza como diferencia a un concepto de intención profunda, ya es en la intencionalidad de la conciencia de algo donde viabilizamos la necesidad de justificar el ser, lograr la síntesis en sí para sí. Esto reside en la nada, en la necesidad de negarse como en sí, de buscar un sentido en la acción, en las relaciones interpersonales, en la soledad de una autocreación. Esto implica que la nada es solo eso: la necesidad de autocreación, la exigencia, y la responsabilidad. Para hablar entonces de la conciencia de sí tenemos que mirar dos condiciones: la conciencia como conciencia de algo y la conciencia como conciencia de nada, el hombre que posee ambas es el hombre que hay del otro lado del mundo.