TRAGICOMEDIA SIN TELÓN

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No nos falta felicidad, lo que 

nos sobra es sufrimiento.

 (Miguel de Unamuno, paráfrasis

del libro Del sentimiento trágico de la vida)

En tiempos donde el dolor parece multiplicarse y ocupar cada rincón de nuestra conciencia, conviene recordar que la felicidad no ha desaparecido, simplemente se oculta bajo capas de sufrimiento. Me tomo la licencia de explorar la paradoja de la abundancia del dolor y la invisibilidad de la alegría, siguiendo la huella de Unamuno y su visión trágica de la existencia.

No nos falta felicidad. Ella está ahí, como semilla que aguarda bajo la tierra húmeda, paciente, silenciosa. Lo que nos sobra es sufrimiento, esa maleza que crece desmesurada y cubre todo el jardín interior. La tarea no es inventar la alegría, sino despejar el terreno para que pueda florecer.

La vida nos ha enseñado a contar las heridas con precisión quirúrgica, pero rara vez enumeramos las pequeñas victorias que nos sostienen. El dolor se multiplica en nuestra memoria como un eco interminable que cala, mientras la felicidad se esconde en los diminutos pliegues de lo cotidiano. No es ausencia, no es la falta de, es invisibilidad, es el no querer  o no poder ver.

El sufrimiento es un huésped insistente. Se instala en la sala principal de nuestra conciencia y nos exige atención. Nos recuerda pérdidas, nos confronta con la fragilidad, nos obliga a mirar el abismo. Sin embargo, en esa insistencia hay una verdad clara, el dolor nos revela que estamos vivos.

Unamuno lo llamaba Sentimiento trágico de la vida, esa certeza de que la existencia es lucha, contradicción, deseo de eternidad en un cuerpo finito. El sufrimiento no es un error del sistema, es la condición misma de la experiencia humana.

El exceso de sufrimiento no significa que la felicidad haya desaparecido, sino que la hemos arrimado en un rincón, eclipsada por la sombra. Como un cuadro luminoso cubierto por un velo oscuro, que permanece allí, esperando ser descubierto.

La felicidad, en cambio, es discreta. No grita, no reclama, no se impone. Es la brisa que entra por la ventana en una tarde de verano, el gesto inesperado de alguien que nos tiende la mano, la risa compartida en medio de la tormenta.

No nos falta felicidad, lo que ocurre es que no la reconocemos porque no tiene la estridencia del dolor. La felicidad es resistencia silenciosa, un acto de rebeldía contra la gravedad del sufrimiento. Es la luz que persiste aun cuando la sombra parece infinita.

La felicidad es también memoria, la capacidad de recordar que hubo instantes de plenitud, aunque hoy nos rodee la penumbra. Es la certeza absoluta de que la vida no se reduce a la herida, sino que también se compone de caricias, encuentros y descubrimientos sublimes.

Felicidad y sufrimiento no son enemigos irreconciliables. Son una pareja de bailarines que se necesitan para que la coreografía tenga sentido. Sin sufrimiento, la felicidad sería superficial, sin felicidad, el sufrimiento sería insostenible.

La vida nos invita a aceptar y tomar esa danza como propia. A comprender que la alegría no se mide por la ausencia de dolor, sino por la capacidad de encontrar belleza en medio de la herida. Como el río que arrastra piedras, pero sigue fluyendo, como la flor que se abre en un terreno seco.

El sufrimiento nos da profundidad, la felicidad nos da ligereza. Juntos construyen la textura de la existencia, esa mezcla de lágrimas y sonrisas que nos hacen más humanos.

No nos falta felicidad. Ella está ahí, esperando que la miremos con la misma atención que le damos al sufrimiento. Lo que nos sobra es dolor acumulado, narrado, repetido. La tarea es aprender a equilibrar la balanza, reconocer la sombra, sí, pero también celebrar la luz que se filtra entre sus grietas.

La felicidad no es un destino, es un instante que se multiplica y permanece cuando dejamos de medir la vida por sus pérdidas y empezamos a contarla por sus presencias.

Hoy me convenzo que la felicidad nunca se fue. La felicidad no se ausenta, se oculta de manera discreta tras el ruido del sufrimiento. El sufrimiento la cubre, pero no la destruye. Basta con apartar las sombras para descubrir que la alegría sigue ahí, esperando ser nombrada.

La felicidad está aquí, en los gestos mínimos, en mi respiración tranquila, en las miradas que cruzo sin palabras. Lo que ocurre, es que últimamente  mi sufrimiento habla más fuerte, y yo sin darme cuenta, le presto mis oídos.

Si cierro los ojos, puedo sentir que la alegría es un hilo tenue que me sostiene, incluso cuando todo parece quebrarse. No me falta felicidad, lo que me sobra en este momento es sufrimiento. Y quizá mi tarea más humana sea aprender a escuchar ese hilo, a darle espacio, a dejar que su música me recuerde que permanentemente vivimos en una shakesperiana tragicomedia.

Para el sufrimiento que siempre me acompaña,

Tu felicidad.