Tres poemas…
Enero doce
Disfruto la arenilla de las horas
mordisqueando mis dedos:
los azotes intensos de tus aretes
haciendo eco en mi rostro;
pero sufro,
lloro,
adolezco;
por el dolor penetrante
al que me someten
tus necios pezones de puerto deseo.
Es inmensamente frío, el invierno.
En los pasillos
Tiéndete sobre sándalos.
Invita a los besos escondidos
entre jolgorios y cristales,
a olvidar ecos que dejan huella en esa luz,
donde has creado otros mundos.
Salgamos de ese universo
para refugiarnos en la calidez
de nuestros brazos.
Ven.
Recuéstate cual hojarasca;
suave,
amorosa;
suelta aromas de tu piel,
para que las hiedras,
nuestros hiedras,
entrelacen sus hilos y nos zarandeen;
cada vez que te encuentre,
en pasillos
adornados con suspiros,
de
cualquier
habitación…
Ven.
Tiéndete, en los manteles de mis pecados.
Media noche
¿Qué hiciste hoy?; esta mente no te suelta de sus brazos. Veo espasmos
desnudándote, títeres sombríos caminando tu espalda, duendes haciéndote brisa. En la penumbra, siento el vaho de esos labios inapagables; escucho inhumanas eufonías, me dejo arrastrar envuelto en torbellinos; aislado en tu voz de media noche.
Y aun cuando sé que los muertos no levantarán las manos, ni se sacudirán
los conjuros de los dedos, ni regresarán tu perfume a mi almohada; ni acariciarán mi rostro con besos huecos; estoy cierto que el brillo de tus ojos seguirá aún sin mí, vacío de miedo al dejarme fuera de su arcoíris, sin temor a olvidar figuras desnudas, aún arrodilladas frente a las comisuras.
Revoloteo en desafinadas notas, en aullidos que mecen nuestro vellos, en
palabras locas; sólo, espero que salgas de entre el humo de un cigarrillo a rescatarme.

