Un domingo

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Aunque pareciera que todos los domingos tienden a ser iguales, en realidad esa comparación equitativa no es más que un reflejo de lo que suele ser la forma común de existencia.

Para muchos, el domingo representa un descanso en las obligaciones cotidianas. Tiempo de salir con la familia, caminar por el centro de la ciudad, aparentar la tranquilidad de la semana agitada y, por supuesto, comer en algún puesto del mercado, ir al tianguis a bobear, o simplemente sentarse en un jardín público con la simple meta de observar a los demás hacer lo mismo.

Durante años, y no porque pudiera establecer una diferencia, los domingos se instituyeron como el día donde la mañana, contrario a lo que se desea y habla normalmente, el domingo se presentía con una forma igual: levantarse para ir al mercado, tianguis o puestos dominicales para surtir la despensa que se guardaría en el refrigerador, tomar el camión para hacer el super, surtirse de las bebidas espirituosas que se libarían con frugal almuerzo una vez empezado el partido de futbol, la comida obligada con las familia política o propia, y de vez en cuando una salida al cine por la tarde, a veces con hijos, a veces sin ellos.

Uno puede ver las diferentes expresiones en los viandantes de la tarde. Enfurruñados ante la derrota del equipo favorito. Aburridos después de recorrer las tiendas abiertas, mirar y mirar los aparadores siempre con la plática corriente y tal vez comprar un helado en la tradicional nevería.

Por algunos meses, he tomado la costumbre de sentarme en la cafetería que tiene mesas en el corredor de los portales y ponerme a observar ese tipo de expresiones en las personas, jóvenes con diversas actividades, solteros y solteras que dan vueltas y vueltas, así como jóvenes parejas (y no tan jóvenes) que buscan el sitio perfecto para soltar un poco el líbido.

Sin embargo, lo que llama la atención, sobre todo en estos días pandémicos, es la displicencia con que algunos suelen caminar en la tarde del domingo por las semivacías plazas públicas, mientras la tarde va llegando y la ciudad, ni tan extrañamente, se va quedando sola.

Es obvio que los negocios cierran más temprano. Salgo de la cafetería de la media tarde para irme a tomar el segundo café del día en otro establecimiento donde pergeño estas notas.

Y también ahí suelen pasar cierto tipo de cosas que ya platicaremos en otra ocasión