Un “Esteban Nava” desconocido

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En sus Cosas de Toluca (1987), el escritor Rodolfo García dijo de él que

 

…nuestro artista, quedará en los anales de la pintura estatal, como el único, como el más fiel, como el más amoroso de los pintores del Valle de Toluca. Ese es su gran mérito, y no es poco, por cierto. El Nevado de Toluca… Al verlo he pensado que nuestro viejo Señor Desnudo no ha tenido, en lo que va de este siglo, quien lo haya pintado con más amor que Esteban Nava Rodríguez.

 

Es cierto: no existe pintor que haya pintado más paisajes de este nuestro Valle que Esteban Nava, ni siquiera el maestro Luis Coto. Quienes lo conocieron y fueron sus amigos: el poeta Josué Mirlo, el mismo Rodolfo García y otros escritores como Javier Ariceaga, Guillermo González, Gonzalo Pérez Gómez, José Yurrieta Valdés y Herminio González; los profesores Alfonso Badillo y Rodolfo Sánchez García, mi tío, así como el Profesor Mosquito, entre otros, dicen que su primera veta fue el paisaje, y la segunda en importancia los retratos y los bodegones.

Esteban Nava nació en Toluca el 28 de noviembre de 1921 (en tres años más celebraremos el centenario de su natalicio). A fines de la década de 1930 y principios de los 40, estudió pintura en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. Cuenta Memo González que allí, en la antigua Academia de San Carlos, le llamaban “El Artista”. En 1941, Nava y Alejandro Fajardo ayudaron al famosísimo dibujante y pintor “Chango” García Cabral a pintar los murales del Museo de Arte Popular, hoy Biblioteca “José María Heredia” de Toluca. Y en 1943, junto con Fajardo y Rodolfo García, editó la revista Letras de Juventud (cuyos ejemplares debo encontrar y sacar del olvido pues en ellos el Profesor Mosquito plasmó sus primeras letras a la tierna edad de 16 años).

 

Pero la gran oportunidad de Nava llegó en agosto de 1942, cuando los profesores Alfonso Badillo y Rodolfo Sánchez, director y subdirector respectivamente de la escuela “Tierra y Libertad”, le patrocinaron una exposición con 60 de sus obras, inaugurada por el mismísimo gobernador Isidro Fabela, cuyo vínculo rendiría frutos en el futuro cercano pues, luego de una estadía en Guadalajara, en 1945 cuando Fabela fundó el Museo de Bellas Artes de Toluca, lo nombró su primer director. En ese cargo estaría casi por 30 años, hasta que el gobernador Carlos Hank lo jubiló.

En Bellas Artes, Nava organizó innumerables exposiciones y conferencias. Prácticamente allí vivió con sus amigos. En 1949 abrió la Academia de Arte de Toluca, que también dirigió. Salió una vez a exponer su obra a Pachuca e intentó llevarla a París a través de un concurso convocado por el Servicio Francés de Turismo para conmemorar los 2 mil años de la Ciudad Luz, pero al final no le fue posible. La Asociación de Grabadores de Cuba lo condecoró. Y el gobernador Salvador Sánchez Colín le pidió un retrato del presidente Adolfo Ruiz Cortines que probablemente siga en el Palacio del Poder Ejecutivo.

 

Se dice que era gran orador, conversador, simpático, dicharachero, bohemio e imitador de gente (por ello le apodaron el Ferrusquilla de Toluca). No obstante, parece ser que su mejor época, de la que más hablan sus biógrafos y amigos, fueron los años 40. Algunas glorias se extendieron por los 50 y hasta los 60. Pero poco a poco, por enfermedades, nostalgia mal llevada, tal vez problemas familiares, se fue apagando y para los 70 ya era como el Volcán de Toluca: apagado e inactivo. Murió el 23 de septiembre de 1981 en su ciudad natal.

 

Para elaborar esta semblanza uso dos referencias: la ya mencionada Cosas de Toluca de Rodolfo García, quien le dedica el breve ensayo “¿Un pintor apagado?”; y un librito a propósito de una exposición realizada en 1985 en la Casa de Cultura de Toluca: Esteban Nava Rodríguez. Exposición=homenaje, cuyos textos fueron realizados por Memo González, Rodolfo García, Javier Ariceaga, Sánchez Arteche, Alejandro Ariceaga y Rodrigo Almanza.

 

Al hablar de él, el escritor Alejandro Ariceaga y el pintor Rodrigo Almanza enfatizan un hecho interesante: muchas personas que no eran sus cuates se acercaron a Nava para obtener prácticamente regaladas o malbaratadas sus pinturas, por eso están regadas por todos lados. Tal vez por ello su Exposición homenaje de 1985 se hizo con obras prestadas por sus más allegados, sobre todo Gonzalo Pérez, Memo González y las hermanas García Campuzano. Veo en el catálogo un dibujo que mi padre dejó en casa: la iglesia La Merced de 1942. No conozco la historia de éste, pero sí la de un gran dibujo al pastel (1.10 m. x 90 cm.) que también tenemos en casa, que no viene en el catálogo y que me contó el Profesor Mosquito cuando yo era muy chico.

 

No tiene nombre y quién sabe si alguna vez lo tuvo. Es de 1943 y contiene en la parte inferior izquierda un autorretrato del pintor, en la superior derecha a mi padre cuando era un mozo de 16 años y en los extremos un niño, el mismo niño, hijo de la portera de alguna casa donde vivió el pintor. Pero hay un detalle con éste: en la parte inferior derecha, Nava comenzó a pintarlo pero no le gustó y lo repitió en la parte que quedaba: la superior izquierda, por ello el primer niño se ve oscuro, inacabado y rompe la armonía del conjunto. Esta historia me hace pensar dos cosas: Por un lado, el dibujo es de cuando editaban la revista Letras de Juventud, en el comienzo de la amistad entre Nava y mi padre. Por el otro, pienso en la opinión de Rodolfo García sobre su amigo retratista:

 

El pintor era, por encima de todo, un retratista. Y retratista era, y prometedor. Después el tiempo y el amor dieron al traste con la paciencia… Abandonó nuestro artista el retrato. Todavía quedan por allí algunos, bien realizados, que hacen pensar que con un poco de persistencia, de calma, de fuerza de voluntad, hubiesen podido hacer de él un retratista de mérito.

 

El cuadro del que hablo forma parte de la primera etapa de Esteban Nava a sus 22 años. Efectivamente, personas que lo han visto no le otorgan méritos. Yo pienso de éste lo mismo que Ariceaga y Almanza piensan sobre el conjunto de su obra: el retrato no es muy bueno, pero tampoco es tan malo. De hecho, observo a mi padre y por fin sé de dónde heredé una de las principales características morfológicas de mi cráneo: la “cabeza de huevo”.

 

En fin, más allá de la calidad artística del personaje que algún día los críticos valorarán, me parece que sólo por el hecho de ser el principal paisajista del Valle de Toluca, nuestro municipio le debe una biografía definitiva a este hijo de Toluca y una muestra retrospectiva con su obra, incluyendo nuestro dibujo.