Un mundo revuelto

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El entorno del que proviene Laura Méndez de Cuenca, tiene que ver más con aquellos poetas de la generación que ha de dar luz a las letras mexicanas. Tiene en educación al Maestro de América, don Justo Sierra Méndez, ilustre pedagogo que funda la Escuela Nacional de Altos Estudios y las Universidad Nacional de México. De esta Generación proviene Laura, por nacimiento, ya que don Justo, campechano, viene al mundo en 1848. Cinco años antes de que Laura nazca. Creo que esa soledad generacional que se da en las últimas décadas de su vida la alejan del mundo de la revolución de 1910. La mantiene fuera de los círculos de poder, el sólo revisar su situación económica: ante el nulo trato que recibe al buscar apoyo del gobierno para una digna pensión.

 

Como sucede en América Latina, las mujeres son mal tratadas en la mayoría de los países al final de luchas libertarias. Penoso y triste, Laura es prueba de ello. Tan ilustre y sabia mujer, encuentra que ni pensión por carrera magisterial es digna de recibir. Actriz principal de la vida de México, por edad –más de 60 años–, ve surgir  al Grupo de los 7, exitosos políticos, altos funcionarios que lo integran: Alberto Vázquez del Mercado, Jesús Moreno Baca, Antonio Castro Leal, Vicente Lombardo Toledano, Manuel Gómez Morín, Teófilo Olea y Leyva; después se integran intelectuales de gran valía, como Daniel Cosío Villegas, Narciso Bassols, Luis Enrique Erro, Juvencio Ibarra, Miguel Palacios Macedo, y Manuel Toussaint. Todos destacados en la historia del siglo XX mexicano, pero que ya no voltean a preguntar por ella y su destino.

 

Son sus compañeros de edad los poetas Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Amado Nervo, Manuel Acuña, Agustín F. Cuenca. Por mujeres destacadas sobre todo quien por belleza y capacidad para hacer vida social es recordada: Rosario de la Peña, por quien –se dice–, se suicidó el poeta Manuel  Acuña. De Acuña, se cree, que fue el amor de la vida para Laura. Cuenta en su texto Mílada Basant: Pocos datos se tenían acerca de la vida de Laura Méndez. Mi amigo Mario Colín había trasladado los restos de la maestra del Panteón Francés de la Piedad al Panteón Municipal de Toluca, para que compartiera un lugar en la inmortalidad de la historia del estado de México: en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Existen varias escuelas en el estado de México, sobre todo jardines de niños, con su nombre, y también algunas calles. Una calle ubicada cerca de donde nació Laura, en San Francisco Zentlalpan, municipio de Ayapango, lleva su nombre; otra, al sur de la Universidad del Claustro de Sor Juna en la ciudad de México, también fue bautizada como Laura Méndez de Cuenca. Sin embargo, pocos conocen su extraordinario talento y su vigoroso ímpetu por abrir brecha en el campo del feminismo en México. Pocos saben que Laura formó parte de la pléyade de literatos que recitaban bajo la sombra de los naranjos en el claustro del convento de sor Juana.

 

Nacida en el México Bárbaro, donde gobiernos estatales o el nacional no duraban gran cosa. Lo que en la década de los treinta llevó a José María Heredia y Heredia a desilusionarse de este país, al que había venido convencido que el México independiente realizaría, –igual que Estados Unidos– la Democracia con  mayúscula. Lo que vivió hasta el año de 1939, en el mes de mayo en que falleció, fue el fracaso mexicano, y el de muchos de los países independientes de Latinoamérica: con malos gobiernos, que peleaban no ideales de nuevas patrias: independientes y progresistas, en lo social, económico, político, cultural o educativo. Pocos logros con una educación dispersa que sólo creaba masas de analfabetas por doquier. Serían –por ejemplo–, muy pocos en el desarrollo de la educación, como el Instituto Literario de Toluca, antecedente de la actual Universidad  Autónoma del Estado de México.

 

Sobre Laura Méndez de Cuenca se puede decir que no sólo en la poesía destaca, por su amor a la educación, donde le debemos recuerdo cotidiano. Mujer adelantada a su tiempo. Se dice que de la Hacienda de Tamariz, en Ayapango, sus padres la llevan a vivir a Tlalmanalco, y de ese lugar, escribe cuando es adulta, para ello cito palabras de Laura, que aparecen en el libro de Mílada Basant: Para mí Tlalmanalco era bien poca cosa entonces, y como desde aquella época no lo he vuelto a ver, lo describo tal y cual vive en mis recuerdos; un pedazo de río corriendo, al sesgo, por una plazuela cerrada por casas de aspecto bien menguado; unos cuantos árboles de follaje obscuro y triste, y como única alegría, la luna retratándose en la corriente límpida. El río se colaba por debajo de un paredón sombrío, al ancho patio de mi casa…” estemos atentos al ver como describe la poeta a un lugar que es recuerdo de su niñez, pues varios lugares son versos, en la generación de Los Modernistas, se convierten en descripción de paisajes, realmente como si fueran acuarelas, con bellas palabras y bellas imágenes.

 

Mílada escribe: Desde niña, Laura dio muestra de su carácter contestatario. Su visión y su sentir ante una sociedad con profundas diferencias no correspondían a las chicas de su tiempo, y mucho menos a la educación impulsada por sus padres. Laura, como su abuelo, era simplemente harina de otro costal. Su incipiente rebelión se manifestaría más tarde en forma elocuente, y aunque ella no lo sabía de cierto, estaba íntimamente emparentada con lo que en el futuro se denominaría feminismo. Su actitud frente a la vida habla de esa visión de género, que pocas mujeres de su época, en sociedad como la mexicana tendrían el valor de cultivar. Precisamente de temas como autoconciencia de la mujer trataron sus artículos periodísticos y sus relatos, como Heroína del miedo, donde refería la aventura protagonizada por una joven llamada María Antonieta que se sabe apta para ser y hacer más de lo que la tradición y la sociedad le permiten por su condición femenina… A dos siglos del fallecimiento de Sor Juana, por esta misma situación Laura Méndez de Cuenca a finales del siglo XIX se encuentra con ese mismo dilema. La historia y lo que hay en el país, lo hacen los hombres, y sólo los hombres. Las mujeres no tienen derecho a decidir su educación, el mundo de la economía les está vedado, y no se diga el de la política que en el México Bárbaro, no toma en cuenta sus sacrificios, al grado de negarles todo apoyo al terminar las contiendas.

 

Por lo mismo, es tan importante recuperar el ejemplo de esta mujer sabia y digna. Luchadora constante por darse lugar e identidad, ante los demás y ante sí misma. Tarea titánica que es vigente, en términos del feminismo que Sor Juana, Leona Vicario y Laura Méndez de Cuenca, tuvieron que promover ante los hombres y ante sus propias compañeras de vida. Viven diversas épocas y enfrentan iguales y pésimos resultados: sufrimiento y desconocimiento, de parte de sus sociedades, con respecto al valioso papel de la mujer en la ciencia y educación, en las letras y la política. La identidad viene acompañada de la liberación de sus compañeras de vida por el camino del humanismo: como lo plantea la poeta Dolores Castro. Recordar en cómo fue Laura nos lleva a pensar, que el diálogo de ella era en el Olimpo con los Sabios, por su amplia cultura, (políglota, poeta, pedagoga, política  –la vivió al conocer a Obregón, Calles y Vasconcelos–) y su sensibilidad social que le hacen un ser excepcional.

 

Escribe Mílada: Laura en su ensayo Juárez –publicado muchos años después, en 1906, el presidente indio fue el gran libertador de México (…) el que llevó entre las manos el texto de la Constitución y en el pecho, grabado con fuego, el del patriotismo, la enseña de la República, admiraba en él su cuna humilde y las convicciones liberales que le habían hecho levantar el enorme peso de la opresión del clero, cuyas armas no eran otra cosa que su enorme riqueza y la ignorancia homicida y cruel que mataba los destellos de la razón (…) la energía, la actividad y la conciencia del pueblo. El estudio y el orgullo que debemos sentir por Laura Méndez de Cuenca, mucho tiene que ver con los sucesos históricos, pues viene al mundo cuando se realiza la Revolución de Ayutla en 1854, y pasa su juventud, viviendo las batallas por la Reforma, y contra el Imperio francés. Fue heredera de Ignacio Ramírez El Nigromante sin duda.