+Un recuerdo de Víctor Guerrero González, ayer falleció; El Abuso Narcisista Se Confunde con Liderazgo, Fortaleza o Éxito

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La frase:

El voto es una potestad conferida por el señor de los pueblos, que es Dios, se crea en él o no, y deben ser del corazón, de la mente y del alma, porque se trata de un giro semejante como gobernante de un pueblo y cuando el voto nace de la vendimia, de la ignorancia, de la cobardía, el que lo recibe lleva ya de por sí el hecho de ser mal gobernante.

VÍCTOR GUERRERO GONZÁLEZ

 

DEFUNCIÓN: Nunca imaginé en aquel lejano año de 1958, que Víctor Guerrero González iba a ser uno de los fundadores del PAN en el Estado de México y especialmente en el valle de Toluca y qué años después como ahora sucede, hablaría de él en una especie de nota luctuosa para recordarlo ya que ayer domingo 17 de octubre falleció a los 97 años de edad. Nació el 23 de marzo de 1929 en Acaponeta, Nayarit.

Durante muchos años vivió en la calle de Juan Álvarez, una cuadra antes de Pino Suárez. Sin embargo, lo conocí siendo chofer de un camión repartidor de gas, producto incipiente en nuestro país en ese entonces, para la marca CIMMSA, cuyo nombre deriva de la tienda de igual nombre que significaba Compañía Importadora de Máquinas Modernas, propiedad del empresario Don Juan Beltrán.

Víctor, gran político de la derecha, concebía a la política como el hecho de crear un ambiente de respeto, de libertad y de justicia para que todo hombre y toda mujer en el ejercicio de su libre albedrío, encuentre su destino temporal y eterno en su tránsito por este mundo.

Fue diputado por Toluca, pero por sobre todo un gran líder que decía que había conocido a Carlos Hank González en huaraches y que por ello ni él ni otros políticos del PRI le hacía nada.

Descanse en paz Víctor Guerrero González.

El Abuso Narcisista Se Confunde con Liderazgo, Fortaleza o Éxito

Claudia Calvin, fundadora del Movimiento Silverpreneur y de Midlife Atelier nos aborda ahora el tema de, el narcisismo como lógica de poder, y advierte que ciertas formas de actuar con aires de grandeza, manipulación emocional o ausencia de empatía dejan de parecer alarmantes y empiezan a confundirse con liderazgo, fortaleza o éxito

Para lo mismo aclara que para hablar sobre narcisismo es necesario salir del paradigma psicológico y hacer visibles sus consecuencias políticas y culturales, dado que en los últimos años el tema se ha expandido en diversos espacios e incluso se ha normalizado. Con mucha facilidad las personas señalan cualquier comportamiento tóxico o egoísta como narcisista y eso ha hecho que el concepto se socialice en el marco de una gran desinformación e ignorancia respecto a él.

Precisa que se calcula que entre un 6% y un 15% de la población mundial es narcisista, de acuerdo con especialistas. El narcisismo es una enfermedad de salud mental y se caracteriza por la falta de empatía y la capacidad para polarizar a las personas que les rodean. Mienten, responsabilizan a otros de lo que hacen, juegan a las víctimas, manipulan y son incapaces de aceptar críticas y que otras personas tengan puntos de vista diferentes. Creen tener siempre la razón y las reglas que aplican para todas las personas no aplican para ellos. En el transcurso de su vida pueden afectar a 60 personas, o a millones si ocupan algún espacio de poder.

Claudia Calvin y el movimiento narcisista

Pone en el foco de atención, no sólo en las personas narcisistas, sino en las estructuras culturales, sociales y políticas  que siguen premiando y normalizando muchos de esos rasgos, y recalca: vivimos en sociedades donde la hiperexposición se confunde con relevancia, donde la validación permanente define identidades y donde la visibilidad muchas veces vale más que la profundidad, el criterio o la empatía. El “yo” se ha convertido en producto y la atención en moneda de intercambio. En ese contexto, ciertas formas de actuar con aires de grandeza, manipulación emocional o ausencia de empatía dejan de parecer alarmantes y empiezan a confundirse con liderazgo, fortaleza o éxito.

Por eso el narcisismo no aparece sólo en relaciones de pareja. Aparece también en liderazgos políticos, empresas, medios de comunicación, redes sociales, organizaciones, movimientos religiosos e incluso en ciertas culturas laborales donde el carisma, la imagen de grandeza o la capacidad de seducción terminan pesando más que la ética, la responsabilidad o la empatía.

Una de las formas más profundas de daño ocurre cuando esas dinámicas empiezan a erosionar la percepción de realidad. El daño no siempre aparece primero como violencia visible. Muchas personas que atravesaron relaciones psicológicamente destructivas describen algo parecido: vivir interpretando señales, anticipando reacciones, dudando de su propia percepción, reorganizando la vida alrededor del estado emocional de otra persona.  El daño no siempre aparece primero como violencia visible, aparece como distorsión progresiva de la realidad. Importante aquí señalar que este tipo de agresión se vive en el espacio laboral, político, en instituciones que viven en torno a la figura intocable del líder, entre muchas otras formas de institucionalización del narcisismo.

Por eso la recuperación no  consiste únicamente en irse o abandonar a la persona o a la institución que agrede. Además de hacerlo cuando es posible, la recuperación consiste en recuperar criterio, percepción, silencio mental y, sobre todo, recuperar la capacidad de confiar en  la propia lectura del mundo, y cuestiona: ¿Cómo afecta esto política y socialmente? Reconociendo que las sociedades también pueden atravesar procesos de distorsión colectiva.

Claudia Calvin refiere que la historia del siglo XX mostró con brutal claridad que los procesos autoritarios rara vez comienzan con violencia explícita. Comienzan con seducción, con relatos de grandeza, con construcción emocional de enemigos, con manipulación narrativa, con la creación de datos “propios” que contradicen la realidad, pero que de tanto repetirlos se convierten en “verdades” simplemente porque las dicen ellos. Comienzan con pequeñas y cotidianas distorsiones de la realidad que terminan volviéndose normales y aceptadas en el imaginario colectivo.

Por eso sigue siendo tan perturbadora una de las grandes lecciones de Núremberg: muchos de los responsables del horror no parecían monstruos evidentes. Eran funcionales, inteligentes, incluso simpáticos y encantadores. Tenían familias, les demostraban amor, jugaban con sus hijos y se preocupaban por ellos.

Recomienda ver la película Núremberg: el juicio del siglo para darse una idea clara de esto. Hermann Göring, interpretado magistralmente por Russell Crowe, es el mejor ejemplo. A lo largo de la película el personaje puede poner en duda la magnitud de las decisiones que tomó y parecer ajeno a las atrocidades cometidas por Hitler y los nazis que le rodearon, dado que la opinión pública necesitaba creer que el problema estaba determinado por la nacionalidad de los nazis, que era un problema de los alemanes y que al acabar con ellos, el problema desaparecería. La conclusión de los psiquiatras fue otra: era una condición humana y no tenía nada que ver con la geografía.

Narcisismo y política, buena o mala combinación.

Hablar de abuso narcisista no es nada más una conversación terapéutica. Es importante tener esta conversación y abordarla con profundidad, porque cuando las sociedades normalizan ciertas formas de manipulación emocional o ciertos liderazgos profundamente narcisistas, las consecuencias no se quedan en el terreno psicológico. Impactan instituciones, personas y países enteros. Impactan democracias que empiezan a girar alrededor del culto a la personalidad y no de proyectos colectivos. Impactan medios de comunicación atrapados por la lógica de la provocación permanente y la economía de la atención. Impactan empresas donde el miedo, el hipercontrol, la explotación emocional o la humillación terminan normalizándose bajo discursos de productividad o éxito. Impactan organizaciones religiosas o movimientos sociales donde el líder deja de ser cuestionable y se convierte en figura incuestionable e intocable.

Impactan incluso la vida cotidiana, porque una cultura basada permanentemente en validación, comparación, espectáculo y rendimiento emocional termina erosionando la capacidad colectiva de empatía, escucha y pensamiento crítico. Por eso hablar de abuso narcisista no es sólo una conversación terapéutica ni una moda de redes sociales. Es también una conversación sobre poder, sobre percepción de realidad. Sobre la fragilidad de las instituciones humanas frente a dinámicas de manipulación y seducción emocional.

También, y aquí el énfasis, sobre democracia. Una ciudadanía incapaz de reconocer manipulación emocional, distorsión narrativa o dinámicas de dominación psicológica es también una ciudadanía más vulnerable frente al autoritarismo, el abuso y la erosión progresiva de sus propios límites éticos.

Además de detectar personalidades narcisistas en cualquiera de sus gamas (desde narcisistas malignos hasta  psicópatas) es necesario observarnos como sociedad y preguntarnos la razón por la cual hemos construido instituciones y estructuras que siguen premiando, aceptando, recompensando y validando a estas personas, considerándolas como líderes y votando por ellos, ¿no le parece a usted, estimado lector?