Una aproximación al centauro ontológico
Hace algunas semanas, habíamos recomendado la lectura del texto Meditación de la técnica (1939) del eternamente mencionado en este espacio, José Ortega y Gasset. En aquella oportunidad, habíamos aclarado la importancia y el sentido que para Ortega y Gasset tenía la pregunta por la técnica para un mejor entendimiento de la cultura occidental. En pocas palabras, para el madrileño, fijarnos en la técnica de cualquier grupo humano era un cauce desde el cual se podían develar sus intenciones de vida más profundas.
Es decir, la visión de Ortega y Gasset sobre el fenómeno técnico no pretende ser una serie de postulados teóricos, gracias a los cuales, podemos entender íntegramente el sentido y la finalidad de todas las realidades técnicas con las que nos topemos, sino, más bien, una forma de presentar las estructuras fundamentales que se hacen presentes cuando se manifiesta el fenómeno técnico; en sus más distintas variantes.
El resultado de esto, es interesante. Al no poder decir que podemos determinar de forma objetiva el sentido del fenómeno técnico en todas sus variantes, nos damos con que la búsqueda del sentido de aquellos actos, la tenemos que completar nosotros mismos. Es decir, es claro que, en modo general, podemos decir que en cualquier contexto donde el impulso técnico se presenta, la técnica es el esfuerzo por ahorrar el esfuerzo, pero que el motivo por el que nos queremos ahorrar esfuerzo en cada contexto, son las que el filósofo de la técnica, -o actualmente el de la tecnología- con toda su sensibilidad para mirar contextos, tiene que perseguir.
Desde esa visión esquemática para captar el sentido que puede tomar la técnica en distintos contextos, Ortega y Gasset ya puede introducir el concepto en cuyas potencialidades y limitaciones triangula todo su texto: el centauro ontológico:
El ser del hombre y el ser de la naturaleza no coinciden plenamente. Por lo visto, el ser del hombre tiene la extraña condición de que en parte resulta afín con la naturaleza, pero en otra parte no, que es a un tiempo natural y extranatural –una especie de centauro ontológico– que media porción de él está inmersa, desde luego, en la naturaleza, pero la otra parte trasciende de ella. (…) Lo que tiene de natural se realiza por sí mismo: no le es cuestión. (…) no lo siente como su auténtico ser. En cambio, su porción extranatural no es, (…) y sin más, realizada, sino que consiste, por lo pronto, en una mera pretensión de ser, en un proyecto de vida.
Ortega y Gasset, con el esbozo de este concepto, no está planteando un simple dualismo, sino que se encarga de llevar aquellas estructuras sobre la naturaleza de la manifestación técnica al concretísimo terreno del ser del hombre. No pretende explicar su comportamiento o algo parecido, sino presentar un esquema dinámico desde el cual entender los cambios que este va teniendo en su interior en tanto individuo. Es decir, nos presenta, fundamentalmente, una visión esquemática en la cual poder colocar las manifestaciones técnicas del hombre como los puntos concretos en los que mirar ese impulso natural por cumplir las exigencias de un programa de vida eternamente insatisfecho.
Estas son las grandes potencialidades del concepto de centauro ontológico: que nos permiten encajar en sus compartimentos cualquier circunstancia que estemos viviendo en este momento para entender, cómo, en el comportamiento técnico y en los objetos técnicos que producen ciertos individuos en un contexto concreto, lo que se manifiesta ante nosotros, en el fondo, es el intento más o menos apasionado, de la realización de un programa de vida ante una circunstancia natural que les es hostil o favorable.
Y es que, en suma, hasta aquí debería de haberse hecho claro que, lo más interesante de esta visión de la técnica, es que se retroalimenta a un nivel estructural y actual. Es decir, que si la circunstancia trunca las incursiones técnicas del individuo contra el mundo para lograr los deseos que caracterizan a un determinado programa de vida, la psique colectiva en la que este se inserta, se hiere; haciendo que sus procesos de ensimismamiento tomen distintos rumbos. Lo que es, pues, una virtud perentoria de la mirada orteguiana: que siempre permite pensar nuestros problemas a la altura de los tiempos.

