Una invitación a la literatura comprometida de Vargas Llosa
Los jefes y Los cachorros, un volumen pequeño que compila los dos relatos considerables parteaguas de la literatura de Vargas Llosa. Publicados en 1959 y exponentes de la primera etapa del autor, ambos textos sientan las bases sobre las que después se levantaría un edificio literario de una solidez y concreción sin precedentes. La obra que, considerada en su conjunto, ofrecería a la literatura de su tiempo asistir a lo que, supone, asimilar cuanta literatura política seria había hasta el momento, y que cuajaría en lo que el mundo de la crítica literaria actual conoce como novela total: un género capaz de alternar a la razón académica a la hora de formarse un juicio propio sobre lo que pasa en cualquier sociedad que sea sometida a este tratamiento.
Vistos así, ambos relatos, son, además de un inicio templado y prudente para con la obra del peruano, un momento clave para el entendido en su trayectoria literaria. Son, pues, las ascuas de la humareda que levanta hasta hoy la trilogía sobre los militarismos del autor. Un proyecto literario que tiene el invaluable mérito de haber logrado fusionar la eminencia narrativa y la solidez conceptual con que merece ser tratada la tesis eje de la obra de Vargas Llosa: las sociedades en su conjunto, si deben cuidarse de algún mal, debe de ser de las insurrecciones de cualquier forma de totalitarismo, empezando por el cuestionamiento de sus ideas y valores.
Por lo demás, los relatos son también autobiográficos y lo suficientemente bien recubiertos de ficción para que dos años más tarde, en 1959, desemboque a espaldas de la censura franquista la primera obra que elevaría el nombre de Vargas Llosa a la categoría de la literatura imperecedera: La ciudad y los perros; sucedida por La guerra del fin del mundo y por La fiesta del chivo. La obra, supone, pues, un recorrido muchísimo más extensivo que el de Los jefes y el de Los cachorros para seguir desarrollando la crítica implacable y la explicación causal que merecía el fenómeno del renacer de los militarismos de antaño, y lo peligrosa que suponía la amnesia histórica ante un fenómeno semejante. Además, de abrir un nuevo periodo en el devenir de las ideas, por haber recogido todo lo conseguido anteriormente.
Sea como fuere, la evolución hasta nuestros días de su obra, confirma que a ninguna sociedad actual le conviene olvidar lo que esta tiene de importante. Ni mucho menos politizar en exceso el contenido de lo que hasta ahora ha quedado de la época dorada de la literatura latinoamericana. Y es que, si de algo disfrutó el continente durante esa época, fue de tener a su disposición un grueso de intelectuales dispuestos a aceptar los errores precedentes a su momento, a la par que sensibilidad y progreso de ideas, clausuraban un periodo de sequía y deshonestidad literaria.

