UYARIY, Contra el silencio germinal, memoria y poder en el Perú contemporáneo
Hay hechos que no desaparecen porque el tiempo pase, sino porque se decide no escucharlos, ni mucho menos porque falten testimonios, sino porque sobran silencios. En el Perú, la violencia política no es solo un recuerdo del pasado, es a su vez una herida que insiste, que vuelve, que se reactualiza en los cuerpos y en las calles. La masacre de Juliaca, ocurrida en enero de 2023, no pertenece únicamente a la crónica policial ni al archivo judicial; pertenece, sobre todo, a la memoria ética de un país que aún no ha aprendido a mirar de frente su propia violencia.
Hace sólo cuatro días tuve el gran blasón de ir a ver la película documental peruana, Uyariy, –que en quechua significa escuchar– que irrumpe en ese paisaje no como una obra que grita, sino como una que insiste, una película que se instala en el espacio frágil donde la memoria aún tiembla, dirigida por Javier Corcuera, quién no utiliza la masacre como un mero medio, él la rodea, la acompaña, la deja hablar desde quienes fueron históricamente relegados al murmullo. Por eso su potencia no es sólo cinematográfica, sino ética y política.
Esta columna no es, por tanto, una simple reseña cinematográfica, es una indagación en la violencia epilogal –sí, esa que viene después del crimen y se ejerce sobre la memoria–, Uyariy es nuestro medio, pero no nuestro instrumento. No la usaremos para probar una tesis, sino para seguir el rastro de lo que ella misma desencadena, todas las reacciones alérgicas del poder, los mecanismos de desaparición simbólica y la tenaz resistencia de quienes, al recordar, practican una forma de justicia embrionaria.
El viaje que proponemos es doble, adentrarnos en el filme para escuchar los gritos que documenta, y luego dar un paso atrás para observar el mutismo deliberado que lo rodea. Porque en ese contraste, entre el grito contenido en el celuloide y el silencio impuesto en la sala, se revela la anatomía completa de nuestro conflicto, un Perú que aún lucha por decidir si sus heridas serán cicatrices o secretos.
La película en sí, y su viaje
Para entender la polémica, hay que entender la película. Uyariy –vocablo quechua que significa escuchar o despertar– es un documental de intervención urgente. Corcuera viajó a Juliaca, Puno, en pleno duelo, para documentar las secuelas inmediatas de la masacre del 9 de enero de 2023, donde muchos civiles perdieron la vida durante las protestas sociales.
La cámara en este documental, no es un observador distante, se adentra en el dolor crudo, como los velorios colectivos, las casas marcadas por la ausencia, las madres que muestran las fotos de sus hijos asesinados, las comunidades indígenas y mestizas narrando su versión de los hechos. El documental confronta directamente la narrativa oficial que buscaba criminalizar la protesta, mostrando en su lugar una realidad de demanda social, brutalidad represiva y un profundo abismo entre el Estado y gran parte de la ciudadanía. Uyariy realiza su aparición desde la paciencia de escuchar, la película se demora, respira, permite que las voces no sean interrumpidas por la necesidad de cerrar sentidos, no se pretende crear una narración que imponga una lectura única de los hechos, sino un tejido de testimonios, silencios y músicas que construyen una memoria viva, todavía abierta.
En el documental no se filma la masacre de Juliaca como un acontecimiento excepcional, aislado o clausurado en una fecha, lo que se hace es más bien es una continuidad histórica de violencias que el país ha aprendido a normalizar, así emergen las voces, de familiares, habitantes, artistas, que no hablan solo del 9 de enero de 2023 –eso sería reducir su vida a tal masacre– ellos hablan desde una experiencia acumulada de exclusión, de duelo sin justicia, de ciudadanía incompleta. Se podría decir que rechaza la voz en off omnisciente, pues, el relato se construye desde dentro, con las voces entrecortadas por el llanto, el quechua o el aymara que nombran el dolor con una precisión que el castellano no alcanza –ni alcanzará–, los relatos circulares que no buscan un clímax dramático sino la insistencia del hecho.
La presencia de la música andina y de los lenguajes artísticos no funciona como adorno cultural ni como fondo emotivo, son parte del relato mismo, los sikuris, el canto quechua, el ayataki, todos son modos de decir lo que el lenguaje jurídico o mediático no alcanza, allí donde el discurso oficial reduce la violencia a cifras o comunicados, Uyariy recupera el espesor simbólico del duelo, su dimensión corporal y comunitaria, y el dolor no aparece aislado en individuos, sino inscrito en un territorio, en una historia larga, en una sensibilidad colectiva. De esa forma Uyariy logra desindividualizar el dolor sin deshumanizar a las víctimas, mostrar el luto de una comunidad entera, de un tejido social desgarrado, para mí, la filmación es, en sí misma, un rito de recomposición, un contra-ritual frente al ritual estatal del olvido.
La controversia
Uyariy tuvo su primer paso por el Festival de Cine de Lima en agosto de 2025, la película llegó a la cartelera comercial peruana el 8 de enero de 2026, sin embargo, lo que debería haber sido un estreno cinematográfico habitual derivó en una controversia mayor, porque la censura en nuestro querido Perú es coetánea con el sol, y esto se vivió también con esta película.
Vamos a desglosar brevemente algunos puntos de manera sistémica:
Uyariy fue anunciada inicialmente en unos pocos cines comerciales, y con horarios poco accesibles para el público, especialmente en Lima. Varias salas de la cadena Cineplanet retiraron la película o redujeron sus funciones sin previo aviso el día de su estreno.
Por su parte, Javier Corcuera denunció públicamente estos hechos como un acto de censura o boicot, argumentando que la reducción de funciones respondía a presiones o incomodidad política por el contenido del documental, por otro lado la Asociación de Mártires y Víctimas del 9 de enero también manifestó su rechazo, calificando la situación como una negación del derecho a la verdad y a la justicia.
Aquí es donde el análisis debe ser cuidadoso, porque no hay –o no se ha hecho público– un documento oficial que haya ordenado retirar la película, sin embargo, el patrón es revelador y se repite con obras incómodas, como la distribución comercial como barrera, es decir, las grandes cadenas de cines en Perú –Cinemark, Cineplanet– operan con lógicas de mercado estrictas.
Programan lo que creen que será rentable, por lo que una película documental, en quechua y castellano, sobre un trauma político reciente, es considerada de nicho y riesgosa, así que su salida rápida puede atribuirse oficialmente a la baja demanda, pero esto se convierte en lo que ahora quiero llamar como profecía autocumplida, sin promoción masiva y con horarios marginales, evidentemente es casi imposible generar la demanda que justificaría mantenerla en cartelera.
Otro patrón claro sería la omisión como herramienta, con esto me refiero a que el verdadero complot puede no ser una reunión secreta, sino una omisión estructural, y un ejemplo bastante claro es que el Estado peruano, a través del Ministerio de Cultura, tiene mecanismos para promover el cine nacional –como la Ley del Cine–. La pregunta magistral en este caso sería: ¿se utilizaron para apoyar la circulación de una obra de memoria crítica como esta? El silencio institucional frente a su desaparición de las salas habla más fuerte que cualquier declaración.
El siguiente patrón es el contexto político actual, la película llega en un momento donde los hechos de Juliaca y Ayacucho siguen bajo investigación, con fiscales pidiendo juicios contra altos mandos, y en un clima social aún polarizado, por lo que recordar es tomar partido y Uyariy no es una lección de historia antigua; es un espejo del Perú de hoy. Para algunos sectores, ese espejo es intolerable.
Estos patrones no son casuales. Responden a una lógica más profunda, que trasciende lo cinematográfico y se adentra en la psicología política del país:
El silencio como arquitectura de la violencia
Aquí en Perú, la violencia no nada más se ejerce con armas, decretos o fuerzas del orden, también se administra con palabras o, más precisamente, con aquellas palabras que clausuran otras. El silencio que rodea a episodios como Juliaca no es un vacío espontáneo, es lo que se denomina como una arquitectura simbólica cuidadosamente sostenida, un dispositivo que decide qué dolores merecen duelo público y cuáles deben permanecer en la penumbra de lo sospechoso. Este tema lo desarrollé en una columna anterior, pero recordarlo nos permite no mantener la estructura que está detrás, esa que no vemos.
El eufemismo como primera trinchera
Antes del silencio total, viene el eufemismo administrativo. Daños colaterales, intervención para el restablecimiento del orden, enfrentamientos, cada una de estas frases es un ataúd lingüístico donde se sepulta la verdad de los cuerpos destrozados por balas de alto calibre en una protesta. Es la gramática del Estado que, en lugar de narrar, notaria los hechos, extrayendo de ellos toda sangre, todo grito, toda humanidad. Esta es la lengua que busca archivar bajo sellos de eficacia burocrática, es la herencia de lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben llamaría la nuda vida: la reducción de la persona a un caso, a un número, a un objetivo logrado o fallido en un parte policial. Uyariy rompe este protocolo al devolverle a cada número un rostro, a cada caso un nombre pronunciado por una madre. Y en el documental se menciona, a cada persona asesinada se le llamó zurdo, terruco, rojo, etc. Todos estos adjetivos funcionan –para ellos– como atajos morales que evitan la pregunta, cancelan la escucha y justifican, retrospectivamente, cualquier forma de represión, porque cuando alguien es reducido a uno de estos rótulos, su muerte deja de ser una muerte que interpela; se convierte en una consecuencia, en algo que –implícitamente–, se buscó.
Aunque mientras leen esto, y parezca tan ilógico, en el sentido más real posible, pues digo que esto sucede porque lo he vivido, porque lo leo a diario, la violencia física se justifica retroactivamente mediante una violencia simbólica que envenena el pozo de la memoria. En Perú, quien es terruco no puede ser víctima; quien es vándalo no puede ser ciudadano en legítima protesta. Es una lógica binaria y totalitaria que, como observó Hannah Arendt, vacía de mundo a las personas, las expulsa de la comunidad humana y, por tanto, hace imaginable –y luego tolerable– su destrucción. Pero, este lenguaje no surge en el vacío, es heredero de una historia marcada por el conflicto armado interno, donde la necesidad legítima de condenar el terrorismo fue progresivamente desplazándose hacia una lógica más peligrosa, esa que convierte toda disidencia, toda protesta popular y toda demanda estructural en una amenaza y así, el pasado no se elabora sino que en realidad se recicla como mecanismo de control del presente.
Y entonces, cuando las palabras estigmatizantes han hecho su trabajo, llega el silencio administrado, pero, ¡oiga!, esto no es la ausencia de sonido, sino una presencia sofocante, el silencio de los archivos militares que no se desclasifican, es el silencio de las conmemoraciones oficiales que nunca ocurren en los lugares de la masacre. Este silencio es germinal porque no es el final, sino el principio de un nuevo ciclo de violencia, una violencia del olvido impuesto, que prepara el terreno para que la violencia física pueda repetirse, es extenso porque no se limita a un hecho o a una región; es la atmósfera moral del país, un aire enrarecido donde ciertas preguntas se sofocan antes de ser formuladas. Uyariy se convierte, así, en un contra-lexicón. Frente al silencio administrado, opone el sonido primal del duelo,
Por eso la película sirve para explicar estos silencios, porque nos muestra en primer plano que el silencio peruano sobre la violencia no es una falla, sino un proyecto, y es un proyecto de desmemoria que requiere de adverbios que atenúen, de adjetivos que criminalicen y de sustantivos que desaparezcan.
Coda, contra el silencio, la siembra del recuerdo
Hemos seguido, pues, el rastro de dos violencias gemelas, la primera, instantánea y material, tallada en los cuerpos de Juliaca, la segunda, lenta y simbólica, tejida en el léxico del eufemismo, el estigma y el olvido administrado. Uyariy se sitúa en el ojo de este huracán, porque es a la vez el documento de la primera y la prueba evidente de la operación de la segunda. Y ni que hablar de su destino fugaz en las salas comerciales, que no es una anécdota del negocio cinematográfico; es el síntoma perfecto de la enfermedad que diagnóstica, la intolerancia de un orden que no soporta ser interpelado por sus propias cicatrices.
Pero aquí reside la paradoja fundamental, el núcleo de esperanza que late en este ejercicio de memoria, porque el intento de silenciar confirma, involuntariamente, el poder de lo que se quiere callar. La reacción alérgica del statu quo ante la película delata su miedo más profundo, porque saben que es un verbo colectivo, contagioso, y que de un recuerdo compartido puede nacer una demanda irrenunciable. Por ello, este viaje no termina con los créditos finales, termina donde la película misma quiere llevarnos, al terreno fértil de nuestra propia responsabilidad. Uyariy es una herramienta de siembra donde la memoria que propone no es museográfica, sino germinal; no busca encerrar el pasado en una vitrina, sino plantarlo en el presente para que fructifique en un futuro distinto.
En cuanto al frente a la gramática del exterminio, opongamos la sintaxis del cuidado, frente al silencio germinal del olvido, opongamos la palabra germinal del testimonio, porque el verdadero acto político, el acto profundamente colectivo, comienza cuando nos negamos a hablar la lengua del poder y elegimos, en cambio, escuchar, repetir y amplificar las voces que ese poder intentó ahogar –pensemos en mi querida Simone Weill–.
No se trata de vivir en el pasado, ojo, se trata de no permitir que el pasado viva en nosotros como una herida sin nombre, porque una herida que no se nombra, se repite, una y otra vez.
Que Uyariy, más que una película vista, sea un verbo adoptado.
Recordar.
Despertar.
Nombrar.
En ese tránsito del sustantivo a la acción, en ese compromiso de convertir la memoria en un acto cotidiano de coraje cívico, reside la posibilidad de desarmar, palabra por palabra, silencio por silencio, la maquinaria del olvido. El futuro del Perú no se escribe desde el mutismo cómplice de sus cenizas, sino desde el habla valiente que, al fin, enciende la luz. Porque solo cuando encendemos la luz, podemos verdaderamente ver. Y sólo cuando nos detenemos a ver, estamos en condiciones de, por fin, escuchar –Uyariy–.

