Vanguardias en México II: Carlos Mérida, el pintor de los “ojos vacíos”
Carlos Mérida es el más vanguardista de los pintores mexicanos nacidos en Guatemala. Es, tal vez, el vanguardista total.
Hijo de un maya-quiche guatemalteco y de una mestiza oaxaqueña con raíces zapotecas, Mérida nace en Quetzaltenango, Guatemala, el 2 de diciembre de 1891. Junto con su esposa llega a México en 1919. Unos años antes viaja a París, en donde no sólo conoce a Picasso: en 1914 expone sus obras en el Salón de los Independientes, en el que nueve años antes iniciaron las vanguardias con la exposición de las fieras Matisse, Vlaminck y Derain.
Ya en México comienza una muy extensa y fructífera carrera. Contribuye con José Vasconcelos en su cruzada por difundir el arte nacionalista revolucionario y apoya a los grandes muralistas de la época en sus creaciones; él mismo crea sus propios murales. Expone fuera de México en varios museos y galerías de los Estados Unidos, Europa, Brasil y su natal Guatemala. Sobre todo se dedica a la pintura de caballete y a experimentar con diversas técnicas (gouache, óleo, lápiz, acuarela, acrílico, pochoir, grafito, madera, litografía, serigrafía, tapiz, mosaico veneciano), además de rescatar motivos vernáculos e indígenas. En los años 50 se interesa por el movimiento de Integración Plástica, el cruce entre la pintura y la arquitectura. Incluso funda la primera escuela de danza.
No obstante, me interesa resaltar otro aspecto del arte de Mérida. En 1927 regresa a París y su vuelta a México, dos años después, constituye un punto de quiebre, pues él mismo reconoce que su obra sufrió una transformación profunda hacia lo abstracto y hacia algo más constructivo. Pero aunque Mérida califica con esos términos su transformación, considero que a partir de ese punto de quiebre, se volcó inevitablemente hacia las vanguardias.
Todo ello se puede apreciar en la exposición Carlos Mérida. Retrato escrito (1891-1984), otra de las grandes exposiciones que el Museo Nacional de Arte (Munal) trajo el año pasado, esta vez con motivo de los 100 años del arribo de Mérida a nuestro país, la cual se convierte en la más completa retrospectiva de este pintor que contiene 290 piezas hechas con las diversas técnicas que mencioné más arriba, además de publicaciones, fotografías y extractos de sus memorias, por lo que el trabajo curatorial corre a cargo del propio artista.
Al recorrer la exposición no deja de darme vueltas en la cabeza la idea de que Carlos Mérida es el pintor vanguardista total, un artista que logra sintetizar sus raíces indígenas con los movimientos pictóricos en boga para, de esa forma, crear una vanguardia propia con símbolos vernáculos prehispánicos. Y a pesar de que comúnmente se le considera como artista abstracto, creo que en su obra se pueden reconocer todas las vanguardias. A continuación refiero obras de la exposición que, en mi opinión, tienen esta influencia:
- Si de Fauvismo se trata, ahí está el uso de colores puros e intensos que hace en óleos con motivos indígenas guatemaltecos: Alrededores de Quetzaltenango (1917), La india del loro (1917) y el Alcalde de Almolonga (1919), mismos que recuerdan a un fauvista del tridente: André Derain.
- Me parece que pinturas como Autorretrato (1945), las Proyecciones de una cacería (1938), el Proyecto para columpio en Multifamiliar Juárez (1950) y Los hechiceros (1958), hacen guiños al Expresionismo o el arte con temperamento contestatario y trágico (como dice mi maestro David Cáliz), especialmente a algunas obras de Fritz Bleyl, Vasili Kandisnky y Paul Klee.
Pero tal vez lo más expresionista en Mérida son los ojos. ¿Por qué los pinta vacíos, sin párpados, pestañas, pupilas, iris? No digo que no reflejen algo, habría que regresar a otro Autorretrato (1935), a la mirada del Alcalde de Almolonga o sus personajes populares en Carnavales y Danzas de México (década de 1930) para observar su expresión. ¿Acaso será reflejo de introspección y voyeurismo? Si es así, Mérida definitivamente es vanguardista. Alguien ha sugerido que son ojos de reptil, pero creo más bien que esos ojos los pinta por influencia de dos amigos que tuvo en su estadía en París: el italiano Amedeo Modigliani y el holandés Kees van Dongen. Busquen los ojos que pintan y compárenlos con los de Mérida…
- No hay obra más Cubista en Mérida que Ana bailando (1954), retrato de su primera hija que fue bailarina y coreógrafa. Me recuerda a algunas obras de Albert Gleizes, Jean Metzinger y Juan Gris. En cualquier caso las formas geométricas están presentes en la mayor parte de su obra.
- El movimiento que refleja el Futurismo se hace presente en obras como Cortejo de Príncipes (1950), misma que recuerda a Fernand Leger (pintor francés de quien se expuso Buzos circulares, 1942, al lado de los cuadros de Mérida); y en la serie Danzas de México: en verdad parece que los pascolos, chinelos, diablitos, calaveras y otros bailan dentro de sus marcos.
- A Mérida, sobre todo, se le reconoce como Surrealista. Puedo mencionar varias obras, pero en especial El amor anda suelto (1940), cuya perspectiva y sutil juego de sombras me remite al onirismo de Giorgio de Chirico.
Hasta aquí las vanguardias en la obra de Carlos Mérida. Nuestro artista tuvo una larga vida: murió el 21 de diciembre de 1984 a los 93 años. A partir de la década de 1950 se dedica a la Integración Plástica, como se observa en su Boceto para el mural del edificio de Sears de 1958, así como en la instalación final de la exposición: Secuencia de una Intención Plástica (25 paneles decorativos realizados para el Auditorio del Hotel Aristos) de 1968, trabajos con los que de alguna manera se coloca en el terreno del arte contemporáneo.
Realmente es una exposición sorprendente y extraordinaria. Aún hay tiempo para que no se la pierdan, pues estará hasta el 17 de marzo en el Munal.








