Vanguardias en México III: Kandinsky, evolución y complejidad en el arte

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El sábado pasado hice una larga fila y no precisamente para comprar gasolina sino para entrar a la exposición Kandinsky. Pequeños mundos, que presenta el Museo del Palacio de Bellas Artes, otra de esas extraordinarias muestras que han convocado a muchos mexicanos a hacer largas horas de fila sin quejarse, como también lo hicieron Faraón (2005) en el Museo Nacional de Antropología y las de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel (2015) en el mismo Bellas Artes.

 

Vasili Kandinsky forma parte de esa pléyade de artistas rusos que han dado joyas universales a la literatura (Fedor Dostoievski, León Tolstoi, Anton Chéjov), la música (Tchaikovski, Stravinski, Rachmaninov, Prokofiev) y otras artes, especialmente la pintura, en la cual Kandinsky es considerado el artista ruso más importante (sin demeritar el trabajo de otros, como Chagall). Algunas de sus obras ya habían venido a México en el año 2015 como parte de la Vanguardia Rusa, el vértigo del futuro, exposición sin paragón presentada también en Bellas Artes, que reunió a otros artistas rusos de todas las disciplinas artísticas como Tattlin, Malévich, Ródchenko, Rozánova, Eisenstein y Lissitski.

 

No es fácil hablar del personaje. Cuando estoy frente a la obra de ese hombre que me ha dejado una gran impronta me pregunto qué tenía en la cabeza. Nuestro artista nace en Moscú en 1866, cuando en el resto de Europa apenas se asoma el movimiento impresionista. Inicia tarde su carrera, a los 30 años. Antes estudia Derecho, Economía y Música, pero en 1895 se siente atraído a la pintura, luego de ver obras de Monet en una muestra impresionista realizada en Moscú. Al año siguiente se establece en Múnich para estudiar pintura. Desde ahí viaja a otros países (Rusia, Italia, Bélgica, Francia) y ciudades germanas. En 1901 funda el grupo “Falange” que intenta llevar la influencia de las vanguardias francesas a Alemania, país donde reside hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, año en que regresa a Moscú.

 

En su país, Kandinsky trabaja para la triunfante Revolución Rusa, en el Instituto para la Cultura Artística donde, junto a Malévich, enfrenta su arte espiritual al arte productivista de Tattlin y Ródchenko. Esta tensión lo hace abandonar el país e instalarse nuevamente en Alemania, donde trabaja para la Bauhaus, aquella icónica escuela de arquitectura, diseño, fotografía y arte fundada en 1919 (este año cumple su centenario) por Walter Gropius. En Weimar reside hasta 1932, año en que debe salir del país ante el embate del nazismo hacia el arte degenerado que supuestamente se hace en esa escuela. Se instala entonces en diversas ciudades de Francia, hasta su muerte en 1944.

 

En casi medio siglo de actividad es posible observar una evolución marcada de la obra pictórica de Kandinsky. Se puede decir que va de las principales corrientes artísticas de fines del siglo XIX hasta el arte puramente abstracto, pasando por vanguardias como el Fauvismo y el Expresionismo. Esa evolución se percibe en las 50 obras traídas por la muestra Pequeños Mundos, la primera gran exposición individual de este artista que visita nuestro país y que, además de pinturas, incluye litografías, xilografías, libros, videos y audios de museos y galerías como la Tetryakov y el Pushkin de Rusia, el Centro Georges Pompidou de París, el Solomon R. Guggenheim y el Met de Arte de Nueva York, así como el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

 

Al recorrer la muestra se pueden leer explicaciones y pasajes extraídos de dos libros que escribió Kandinsky: De lo espiritual en el arte (1911) y Punto y línea sobre el plano (1926). Además, se divide en cinco secciones:

 

  1. En la primera, Raíces rusas, se observa un Kandinsky que, por un lado, abreva del Impresionismo, Simbolismo, Postimpresionismo y Modernismo (como hicieron casi todos los vanguardistas y de cuyas ataduras terminan por librarse) al haber estudiado en Alemania con pintores como Anton Azbe y Franz von Stuck; y por otro, que rescata el arte tradicional, medieval, ortodoxo y rural ruso, todo lo cual se refleja en excelentes obras como Múnich. Schwabing (1901), Despedida (1903) y El canto del Volga (1906).

 

  1. Inundación del color muestra un Kandinsky que en los primeros años del siglo XX también se adentra en las vanguardias y, de manera especial, en el Fauvismo. Recordemos que en Francia los fauves son fieras del color, quienes tienen su contraparte en los wilden o salvajes alemanes. El colorido salvaje se refleja en una obra como Murnau (1908).

 

Pero Kandinsky va más allá del color, pues en esta etapa también funda una de las corrientes más reconocidas del Expresionismo (vanguardia que, en pocas palabras, rompe con las corrientes decimonónicas, refleja mayor espiritualidad y rechaza el arte instrumental y tecnocientífico) que recibe el nombre de una de sus obras que, tal vez por su importancia, no la incluyó el catálogo de Pequeños mundos: El jinete azul. De igual forma, en esta etapa se observa ya su incursión en el Abstraccionismo. Tal vez la obra que resume Expresionismo y Abstraccionismo es Improvisación 7 ó Tormenta (1910).

 

  1. Sinfonías de Moscú refleja la etapa en que Kandinsky regresa a su ciudad natal por el comienzo de la Gran Guerra en 1914. Tal vez es la etapa menos productiva debido a sus labores burocráticas, no obstante en ésta, realiza su anhelo de pintar los policromáticos paisajes moscovitas como Plaza Zubovskaya (1916), pero también da rienda suelta a su Expresionismo en obras como Jinete San Jorge (1914), Pájaro de fuego (1916) y Nublado (1917).

 

  1. Abstracción geométrica muestra la etapa Bauhaus de Kandinsky (1922-1932), una de las más creativas y en la que predomina su Abstraccionismo (influido por la Teosofía, doctrina que defiende que el conocimiento de Dios se alcanza sin una revelación divina) reflejado en el uso de formas geométricas, sobre todo líneas y puntos, como se observa en Signo (1925), Desarrollo (1926) y Semicírculo (1927), pero especialmente en la extraordinaria Estructura de ángulos (1930), cuyos tonos azules y grisáceos no he visto en otros artistas.

 

  1. Finalmente, Microcosmos refleja la última etapa en la vida de Kandinsky conocida como La gran síntesis (etapa francesa que paradójicamente se presenta cuando en ese país las vanguardias ya van de salida), en la que su arte abstracto tiene su última evolución al dejar atrás las formas geométricas rígidas y volcarse hacia formas microscópicas, biomorfas y orgánicas (amibas, embriones, células) en espacios flotantes, produciendo obras que, como dice la propia curaduría, se distinguen por una simplicidad lineal y complejidad de formas imaginarias, como se aprecia en esas genialidades tituladas Movimiento I (1935) y Alrededor del círculo (1940).

 

Un último aspecto a destacar es la sinestesia o mezcla de sentidos que pretende reflejar en su obra este monstruo del arte, por la cual los colores se asocian a sonidos e instrumentos (el verde a los tonos tranquilos y profundos del violín; el violeta a los tonos apagados de un corno inglés o un fagot). Se puede decir que en sus composiciones hay una plasticidad musicalizada o musicalidad pictórica que se puede experimentar adentrándose, por ejemplo, en una obra como Acuarela (1916) en la que, si uno pone atención, se pueden escuchar las notas de alguna pieza de Wagner, Mussorgski, Scriabin o Schonberg, los músicos que más influyeron en nuestro artista.

 

No queda mucho tiempo para ver Pequeños mundos. Kandinsky se va el próximo 27 de enero. Vale la pena hacer fila para ver las obras de este pintor que está la altura o más alto que otros como Klee, Dalí o Miró y cuyas obras, por sí mismas, representan la evolución y complejidad del arte universal.