Victimizarse

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Hacerse víctima.

Puede ser el cuadro clínico de una persona con trastornos de personalidad.

Puede ser una estrategia de alguien que pretende manipular a otro, a su pareja, a su subordinado, a su superior.

Puede ser un plan maniqueo en el ejercicio del poder para presentarse como el bueno de la película.

Significa aparecer como el agraviado que merece compasión.  Presentarse como el ofendido que necesita misericordia. Asumirse como el insultado que clama piedad.

El detonante para victimizarse puede ser una mueca o una palabra o un malentendido que en lugar del desdén se le coloca en el altar de la exacerbación. Acaso, la argucia puede ser tomar cualquier gesto y palabra como pretextos para configurar el agravio.

Para victimizarse, se debe perder cualquier noción de la verdad, los hechos y las proporciones.

Unos improperios desde un perfil falso, desde lo profundo de la red global, contrarían al victimizado.

Unas injurias dirigidas contra un perfil difuso, sin nombres y apellidos,  irritan al ofuscado.

Unos adjetivos sin un blanco preciso, más cerca del anonimato que del protagonismo, de pronto hieren la hipersensibilidad del agraviado.

Se desencadena el extravío, el llanto, la queja, el aullido.

La mesura sucumbe al adagio popular y se prueban el saco para comprobar con tristeza que les queda, que ni mandado a confeccionar con el sastre.

La invención de culpas suple los indicios que invitan a obrar con buen juicio.

La prudencia de diluye y la conseja popular es el mejor consejo para el ofuscado: tírate al piso.

El suelo le funciona al niño en su berrinche. Y chilla más fuerte, más lastimero. No pide que lo levanten, clama por atención, pide que los compadezcan.

El rol de víctima es útil al político que se levanta de la mesa al simular que nadie lo quiere escuchar. Alguien vendrá a sobarle la espalda, a recompensar sus carencias.

Cuando el ofendido está en la cumbre del poder aldeano, ningún insulto proviene de más arriba, todas la injurias provienen de los demonios de la lengua ocultos en los sótanos de la aldea.

¿Y, si no hay demonios? Pues, peor para la aldea. Hay que inventar los agravios. Que alguien los escriba desde la profundidad de las redes digitales.

En la cima del poder aldeano, la escenificación del victimizado es la instauración del martirio como discurso de una santidad falsa.

En ese discurso de la pureza manchada, el poder absoluto no conoce más que un vicio, el de la incomprensión eterna. Hacerse la víctima activa las neuronas espejo del público, señala la inteligencia emocional.

En ese discurso, el maniqueísmo del poder traza su ruta en el sacrificio, sufrible sólo por la idea de perpetuidad en el trono. La esperanza en el poder eterno.

Y ¿qué hay de las víctimas reales de la aldea? ¿Qué será de los aldeanos mientras el más poderoso de la aldea se siente tocado de muerte por supuestos agravios? Y, en ese drama, ahora ¿quién podrá defenderlos?