Vivir pretendiendo
Hablar del otro es una especia de deporte nacional; culpar al de enfrente se ha convertido en una estrategia inteligente; vivir pretendiendo es tan sencillo como respirar porque, de nueva cuenta, coinciden todos los elementos para que así suceda: autoridades omisas, empresas en letargo y personas conchudas y acomodaticias.
En algún momento de la historia, las personas eran reconocidas por su sabiduría, en el entendido de que su experiencia de vida, su trayecto profesional y su comportamiento social eran respetables y dignos de confianza; no es gratuito que en muchos espacios del mundo esos grandes viejos fuesen referente de todo un conglomerado y bastaba un consejo de su parte para dictar consciencia y rumbo ante los diversos problemas.
En nuestro aquí y ahora, esa fuerza moral recae en personas cuya experiencia, formación y actitud ante la vida, distan mucho de aquellos hombres y mujeres ejemplares. En el mundo moderno, basta con tener un dispositivo electrónico, armar un videoblog, y comenzar a escupir cuanta estupidez salga de nuestra cabeza, pretendiendo ser verdades de vida y ejemplo a seguir.
¿En donde está nuestra capacidad de análisis?, basta con que una persona diga al aire, soy profesional, para que todos, sin mediar pregunta alguna, creamos ciegamente en ese ente superdotado.
Con absoluto énfasis, me permito diferir, ¿qué es lo que hace a un profesional?, su congruencia entre su saber disciplinar y su función de vida. Un ingeniero no puede presumir de serlo si nunca ha calculado, un arquitecto no puede presumir de serlo si nunca ha construido, un médico no puede presumir de serlo si jamás ha curado; en el papel, cualquiera puede asumirse profesional, son los hechos los que nos definen. El título es importante, sin duda, pero lo es más el desarrollo profesional que se muestra.
En el otro extremo, quienes hacen alarde de ser profesionales en, cuando no hay un triste registro de esa formación que presumen tener; hablan de sus grandes experiencias en universidades que nunca pisaron y asumen que porque alguien les dio la confianza y aprendieron empíricamente ahora resultan ser los grandes gurús.
Pero la culpa no es de ellos, sino de todos nosotros que permitimos que ese tipo de personajes tengan algún tipo de poder; ya sea porque nos quedamos callados o, de plano, porque ¡los votamos en elecciones!
Nos dejamos llevar por el relumbrón, por el nombre, por la fama, y somos tan ingenuos que suponemos que esos personajes marcarán diferencia porque hacen sonreír al pueblo, por eso deportistas, actores o conductores pueden llegar a cargos de representación popular.
Claro que hay excepciones, por ejemplo, Ronald Reagan en los Estados Unidos, un mal actor que resulto ser muy buen presidente, en nuestro México, tenemos un muy mal presidente que resulto ser muy buen actor.
Al ser humano, pero particularmente al mexicano, le encanta teorizar, es decir, le gusta hacer de lo fácil una forma de vida; es por eso, que antes que pagar un especialista, preferimos ir a la asesoría médica de una farmacia, porque ni siquiera estamos dispuestos a pagar por el conocimiento del otro que nos puede ofrecer un beneficio, no, es más fácil buscar salidas rápidas.
Esa forma de vivir, pretendiendo, resulta peligrosa y nociva; ¿usted cree que tiene el mismo conocimiento un pasante que un profesional habilitado en posgrado?, ¿por qué le hacemos caso al primero?, ¿aunque la vida misma esté en peligro?
¡Chulada de vida!
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