Vivir pretextando
La palabra pretexto significa motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo o para excusarse de no haberlo ejecutado. En ocasiones, el pretexto se anuncia como motivo, pero en realidad oculta otra motivación que no sale a la luz.
El uso más habitual se refiere a la excusa, normalmente para ocultar o pretender ocultar una razón más de fondo; es decir, se trata de no asumir las consecuencias de las decisiones que decidimos o no tomar.
¿Por qué lo hacemos?, porque vivimos en la ley del menor esfuerzo y siempre hemos de buscar culpables ante nuestras omisiones, en el imaginario colectivo existe la idea de que, si encuentro una razón para explicar mis desatinos, estos pasarán desapercibidos.
Frases comunes como es que tengo una emergencia familiar, estoy enfermo, tengo un problema personal, mi abuelita está grave, se me descompuso el coche, no tengo con quien dejar a los hijos, tengo que hacer un trámite, me quedé encerrado, me acaban de asaltar, no tuve internet, nunca recibí tu mensaje, no escuché el teléfono, de verdad que no te vi, yo no quería que pasara, no me di cuenta de las cosas, no fue mi intención, entre otras tantas, son parte del catálogo de argumentos que se utilizan para evadir una realidad.
¿Qué hacer con estas personas?, ser frontales; el asunto es que, en muchos espacios, existe una confianza excesiva y no se solicitan pruebas para corroborar que el dicho de las personas es auténtico. Vas a cita médica, entrega tu receta –aunque esto también es arma de dos filos, pues en muchas farmacias expiden certificados por algo así como cincuenta pesos–
Lo que acaba por suceder, es que algunas personas optan por vivir pretextando, particularmente cuando se ven amenazados, cuando alguien pone en tela de juicio sus competencias o cuando se ventilan sus omisiones, descuidos o comportamientos erráticos. Se trata de un mecanismo de defensa que sirve de escudo para encubrir debilidades o incoherencias.
La psicoanalista española Teresa Terol, ha realizado estudios al respecto y expresa que existe el llamado síndrome del esqueismo –dícese de la tendencia humana a buscar justificaciones a su conducta tóxica en lugar de buscar soluciones o aprendizajes– y establece que la diferencia entre aquellas personas que tienen una vida aceptable y aquellas que tienen una vida excelente no es la ausencia de miedo, sino la ausencia de excusas.
Quien se excusa, se acusa, versa un adagio; quien recurre a estos mecanismos de manera sistemática, no solo está limitando su crecimiento, sino que desdeña su responsabilidad y su propio potencial humano.
No podemos seguir evadiendo nuestros compromisos, la conclusión de éstos es directamente proporcional al tamaño de nuestra responsabilidad, en ese sentido, no hay pretexto que valga ante la incapacidad o la necedad.
Poner excusas es el camino más simple ante una situación comprometida, incluso hay quienes prefieren posponer antes que afrontar –utilizar la procrastinación como herramienta–.
Si cabe el símil, si las excusas son tu salvavidas, lánzate y aprende a nadar. Con el paso del tiempo, resultará más benéfico, más honesto y gratificante.
Se puede intentar, ¿o no?
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