Voces estériles

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En un mundo generoso, tan generoso como para opinar sobre tu vida sin que lo pidas, siempre habrá alguien dispuesto a decirte qué hacer. La familia, por ejemplo, que con derecho del universo (ese universo donde todos son expertos en tu destino) te recuerda que lo correcto es seguir el camino que ellos jamás se atrevieron a tomar. Los compañeros de trabajo, que entre café y queja te explican cómo deberías vivir, aunque ellos mismos no sepan cómo sobrevivir al lunes. Y la sociedad, esa gran tía metiche, que te dicta qué soñar, qué callar, qué aparentar y hasta qué tan feliz deberías verte en las fotos.

Pero aquí viene la parte divertida: tú no eres un mueble para que te acomoden donde les convenga. La sátira es simple: todos creen saber qué es mejor para ti… excepto tú, que eres la única persona que realmente tiene acceso a tu cabeza, tus miedos, tus deseos y tus ganas de incendiar o reconstruir tu propio mundo.

Así que, si alguien insiste en trazar tu camino, agradécele con elegancia: Gracias por tu aportación no solicitada; la archivaré en la carpeta de consejos que jamás seguiré.

Porque el valor propio no se mendiga ni se negocia; se ejerce, se defiende y se afila como un arma silenciosa. Y el rumbo de tu vida, ese que todos quieren dictar, solo tiene un autor legítimo: tú, con tus dudas, tus aciertos, tus tropiezos y tu gloriosa capacidad de reinventarte sin pedir permiso.

No podemos negarlo, hay personas que viven con una vocación admirable: la de meterse en tu vida como si fueran accionistas mayoritarios de tu destino. No producen, no crean, no avanzan… pero eso sí: opinan, compiten, critican y tiran basura con la precisión de un francotirador emocional.

A esos personajes, los expertos en desestabilizarte, conviene recordarles algo muy simple: no eres un foco para que te apaguen; eres un incendio para el que no tienen extintor.

Porque siempre aparece el compañero de trabajo que compite contigo sin que tú estés jugando, o ese conocido que te aconseja desde la comodidad de su propia frustración, o ese familiar que con sabiduría extrema (sic) dicta reglas que ni él es capaz de cumplir. 

Y que decir de esos artistas del chisme, que creen que hablar mal de ti es una forma legítima de existir. La ironía es que creen que pueden opacarte, pero no entienden que tu brillo no viene de afuera y no, no es lámpara, es combustión interna. Y no hay sombra que pueda contra eso.

Así que sí: mándalos a la goma, con elegancia, con ironía, con la tranquilidad de quien sabe que no necesita demostrar nada. Porque mientras ellos se desgastan intentando bajarte, tú sigues avanzando, creciendo, creando, incomodando.

Al final, su estrategia es tan pobre como predecible: golpetear esperando que te ensucies; pero no contaban con que tú no te hundes: flotas, asciendes y, para colmo, brillas más.

Y eso, les guste o no, no lo van a lograr desactivar, pobrecillos, no entienden que sus esfuerzos son voces estériles que no lograrán su cometido.

horroreseducativos@hotmail.com