En Perú, ¿vamos comprometidos a la Universidad?

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Me atrevo a decir que no. Y a la vez, sostener que se puede responder afirmativamente por dos causas próximas dentro de la realidad universitaria del Perú. Dichas causas son la automatización y la tecnificación de la Universidad, que, desde hace aproximadamente unos 50 años han borrado la línea entre escuela técnica y Universidad –no pretendo, por esto, menospreciar la educación técnica, sino establecer una diferencia de carácter entre ambas y no de superioridad–.

Personalmente, no creo que las Universidades ni los colegios debieran de tener identidad. A mi juicio, aquello sólo nos embauca en debates y rivalidades de siglos pasados en los que la Universidad o el Colegio eran una suerte de marca que uno debía llevar y defender a perpetuidad. Veo más conveniente estar agradecido con la casa de estudios y con los profesores que a uno lo formaron en lugar de tener una identidad de esta o la otra universidad. Finalmente, esto no ha hecho más que segregar y descoser a nuestra sociedad, pues la pregunta ¿De qué colegio eres? es extensible a la Universidad, y a la vez, una puerta directa a mapear al otro, para utilizar el término acuñado por el psicoanalista peruano Jorge Bruce. 

Por todo aquello, en el espacio que sigue me gustaría tratar las tres razones que veo más importantes para defender la tesis de que este podría ser el Estado actual de la Universidad. Y que a la vez, éstas sean capaces de contestar a la pregunta que encabeza nuestro espacio esta semana.

La primera es una razón económica. No se me hace amigable la mirada economicista de las cosas pero creo que reconocer la relevancia de esta dimensión de nuestras sociedades es indispensable. Lo que más me interesa no son tanto los cambios estructurales o monetarios que se dan al seno de nuestra sociedad por cuestiones de economía política, sino cómo el factor socioeconómico influye de una determinada manera en nuestra idiosincrasia y cómo esto redunda en detrimento de nuestras Universidades. 

Desde los años 90 en adelante, el Perú experimenta los rezagos de una mentalidad excesivamente pragmática en el sentido cortoplacista y vulgar de la palabra que trajo consigo el asentamiento de la tradición agresivamente capitalista de los Fujimori.

Mi comentario apunta al vago sentido y compromiso ético que subyace a la mirada agresivamente neoliberal y no tanto a sus postulados sobre la libertad de empresa y comercio. Me explico: tras la pretensión de explicar y solucionar todos nuestros problemas partiendo de la necesidad de un mayor desarrollo económico, cabe la posibilidad de que olvidemos rápida e inadvertidamente la mirada comprensiva que conviene tener a la hora de solucionar cualquier problema que involucre a un tercero. 

Nadie está absolutamente seguro de que con más dinero el otro será más feliz. Lo mismo sucede con las Universidades. Abrir más universidades no asegura más profesionales, y más personas cualificadas en cualquier parte del país, y por lo mismo un mayor desarrollo con base a la inversión privada. Pues la abundancia en el espectro académico se paga con falta de calidad y de compromiso.

La segunda razón apunta al corazón de nuestra sociedad. En el Perú se ansía ser profesional como se ansía comprarse un coche. Es decir, como algo totalmente posible. La mercantilización de la Universidad Peruana que hemos venido señalando ha hecho posible que pululemos entre una infinidad de opciones a medida que vamos descartando las casas más reputadas del país por nuestras condiciones económicas o por las pocas ganas que tenemos de luchar una vacante en el espacio público. 

Una y otra vez escuché durante mi etapa en la secundaria decir a mis compañeros que, si no ingresaban a la Universidad deseada, irían a otra más fácil con tal de sacar el título, y una y otra vez los vi embargados por el relajo cuando no eran admitidos en la casa de estudios que deseaban. Porque, finalmente, siempre se podría recurrir a algunas opciones privadas, que costaban más pero que exigían mucho menos, tanto para entrar como para mantenerse.

Esta actitud de conformidad y de resguardo en el ámbito de lo privado es la directa consecuencia de la primera razón expuesta. Nuevamente, no me interesa ensayar una crítica a las Universidades privadas tanto como señalar su expansión masiva por el país con la única pretensión de ofrecer títulos como quien ofrece separatas en una fotocopiadora. Y, como habíamos venido señalando, nada de compromiso o pasión se le puede pedir a docentes o alumnos cuya única razón de ser en la Universidad es, o bien vivir del mundo académico a expensas de no ser exigido ni a investigar ni a publicar sino sólo a enseñar contenidos de manera mecánica, o bien a entrar con la única intención de obtener el título lo antes posible sin interesar el gusto o el compromiso con la carrera estudiada, y si acaso uno se reconoce realmente capacitado para ejercer.

La tercera y última razón me produce cierto estupor, pero sigue siendo una realidad muy vigente. Me refiero a la elección forzosa de la carrera del hijo por parte de los padres, y a las ínfimas protestas que éste emprende contra estas dos prácticas de siglos pasados. Y es que, aun cuando ella no se relaciona íntimamente con las dos anteriores, en cierto sentido comparten aspectos. 

Cuando nos referíamos al anacronismo de exigir a las Universidades tener identidades que defender a capa y espada con ello también estábamos queriendo insinuar que en el Perú, la identidad de una familia depende de algo tan frágil y coercitivo como que todos sus miembros vayan a una misma Universidad o colegio y que los hijos estudien la carrera de sus padres. En un país tan conservador como el Perú, sigue siendo un insulto o un fracaso para ciertos padres que sus hijos quieran estudiar o artes o humanidades y a veces hasta una falta de respeto. 

Las ingenierías y la medicina siguen siendo las únicas carreras que en dicho imaginario dignifican a quien las estudia, y el resultado es obvio ante esta sobrepoblación de hijos obligados a estudiar y la existencia de tantas universidades cuyas aspiraciones son cumplir los deseos de los padres.

Hasta aquí, espero haber hecho claro mi punto sobre cómo todos los factores señalados dificultan enormemente que la Universidad peruana pase por buenos momentos en la actualidad y que, a la vez, se haya hecho claro que nuestros problemas no son irreversibles sino nada más una cuestión de cambiar nuestra mirada ante aspectos como los anteriores. Pues, finalmente, las pretensiones de culpar de todo a los estudiantes por no comprometerse o a los profesores por no ser lo suficientemente buenos está de más si, antes de eso, ambos se encuentran desprovistos de compromiso y pasión en lo que hacen. Pues en aquel escenario, nadie tiene derecho a reclamar a nadie.