¿Quién me lo robó?, sobre el preguntar cómo autoexplotación

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Uno, en soledad, tiende a por fin cuestionarse. No la gran pregunta metafísica que cuelga en los murales de la facultad, sino la que duele de tan pegajosa: ¿Quiénes somos nosotros en esta parte de la historia? ¿Qué seremos, qué diremos… ¿hacia dónde?

 

Dentro de mí siempre ha habido un lugar para las preguntas. Para esas perogrulladas que otros desprecian porque ya tienen respuestas de manual. Pero ese espacio (mi presunta virtud) ha ido consumiéndome, como si el cuestionar se hubiera vuelto un músculo que ya no puede relajarse, que sigue contrayéndose en la madrugada, en la fila del supermercado, en el bus de camino a la universidad, mientras finjo escuchar una canción.

 

Estoy en una esquina de mi habitación sin dejar de cuestionar. Y ahí está la trampa, porque el sobrepensante no deja de pensar, pero ya no siente que pensar lo lleve a algún lado. La pregunta se vuelve cárcel cuando la respuesta nunca llega y el acto de interrogar se convierte en un reflejo autómata.

Porque la filosofía, cuando se vuelve obligación, deja de ser refugio y se convierte en celda. No es que haya alguien con una llave. La celda soy yo, la celda es el hábito de interrogar hasta que la pregunta duele. El sobrepensante no elige pensar demasiado, está atrapado en la forma de su propia inteligencia. Y esa forma, en este tiempo, coincide sospechosamente con lo que el sistema necesita, un sujeto que nunca deja de producir preguntas, análisis, textos, dudas.

 

Pero no voy a señalar al capitalismo como si fuera un borrego fácil. Eso sería cómodo, y la comodidad analítica también es una trampa. Porque nosotros, los filósofos, también queremos trabajar de esto, también necesitamos publicar, enseñar, aplicar. La filosofía aplicada no es una traición a la teoría, es una necesidad material, y ahí está el nudo, porque no hay afuera. No hay un lugar puro desde donde denunciar sin mancharse. El cansancio que siento no viene de un villano con rostro, viene de la estructura, sí, pero también de mí, de mi deseo, de mi ambición, de mi miedo a no ser nada sin la pregunta.

 

Los filósofos sabemos de esto, Edmund Husserl hablaba de la epoché, esa suspensión del juicio natural para acceder a las cosas mismas. Pero nadie advirtió que, si vives en epochépermanente, el mundo se vuelve irreal, y una, un fantasma que se observa las manos sin poder agarrar nada. Pregunto por preguntar, hasta que la pregunta se vuelve un ruido blanco. Ya no busco esa verdad, sólo confirmo que sé nada, y ese no-saber, que debiera ser liberador, se transforma en un peso, ¿Para qué pensar si nunca llego a un puerto?

 

Heidegger decía que el preguntar es el camino del pensar, pero ¿qué pasa cuando el camino se vuelve un laberinto sin salida? Cuando el ser-ahí (Dasein) se convierte en un ser-en-el-sobrepensar que ya no distingue el horizonte del propio pie tropezando una y otra vez con la misma losa.

 

Ser estudiante de filosofía es habitar esa contradicción, te enseñan que cuestionar es liberador. Y lo es, pero también te enseñan (sin decírtelo) que ese cuestionamiento debe ser inagotable, productivo, visible. Debes escribir, publicar, argumentar, refutar, entonces el cogito se vuelve producción y ahí el capitalismo mete su hacha. Porque el capitalismo no solo nos explota el cuerpo, nos explota la atención, la curiosidad, la duda. Ese es el golpe maestro, no nada más para el filósofo, para cualquier persona, hacer que nos auto explotemos desde nuestra propia pasión. ¿Quién necesita un capataz cuando una misma te exige la pregunta eterna?

 

Y llega ese momento de sucumbir

¿A quién le importa si estás cansada?

¿A quién le importa si el esfuerzo que haces de madrugar y dormir mal si es que no les das un poco más que el culo?

Ese es el gatillo del ser para sí.

Sin importar si él otro te reconoce en tu ser.

 

Porque eso no es una tragedia, es simplemente lo que pasa. El reconocimiento no es un derecho, es un lujo que a veces no llega, y la filosofía, debo admitir, me ha enseñado a buscarlo a través del cuestionamiento constante, pero el cuestionamiento constante es también un mecanismo de autoflagelación.

 

Quiero ser clara, no estoy diciendo que la duda sea mala, estoy diciendo que la duda sin descanso, la duda como hábito inercial, la duda que ya no busca nada porque se ha vuelto su propio fin, es una forma de violencia contra una misma. Y lo peor es que esa violencia la ejercemos con las herramientas que aprendimos a amar.

 

Entonces, ¿qué queda?, no una salida, no una solución bonita, no una pedagogía del autocuidado con tips de respiración. Queda nombrar el cansancio, queda decir: estoy harta de preguntar de esta manera. Queda hacer de ese hartazgo un dato filosófico. Porque si la fenomenología nos enseñó a volver a las cosas mismas, la cosa misma aquí es el agotamiento. No como metáfora, como hecho, como límite.

 

Esta columna no es una respuesta, es una descripción. Es un intento de decirle a otros sobrepensantes, a otros estudiantes que miran el techo sin ganas de escribir otra línea que, a veces, solo es cansancio, y el cansancio no es fracaso.

Pero no nos apresuremos a consolarnos. Porque el problema no es solo el cansancio, el problema es que incluso ese cansancio, en la cabeza del sobrepensante, se convierte de inmediato en otra pregunta. Apenas nombro el agotamiento, ya estoy preguntándome: ¿y esto qué significa? ¿Qué dice de mí? ¿Qué categoría filosófica lo agarra? La conciencia fenomenológica no sabe estar quieta. Su virtud (esa capacidad de volver a las cosas mismas) es también su condena porque nunca toca la cosa, porque ya está traduciéndola a significado.

 

Esa es la celda que mencionaba, no es un cuarto con barrotes, es una habitación sin paredes, pero con un eco que no cesa. El sobrepensante no puede dejar de interpretarse. Vive en una hermenéutica continua de sí mismo, y la hermenéutica, cuando es forzada y solitaria, se vuelve paranoia. Empiezas a leer tu fatiga como síntoma de fracaso, tu silencio como pereza, tu necesidad de parar como debilidad. No hay un texto neutral. Todo es signo. Y tú eres la intérprete y la condenada.

 

Los filósofos antiguos, los estoicos por ejemplo, entendían el examen de conciencia como una práctica de libertad. Pero ese examen se hacía para vivir mejor, no para producir más. La diferencia es sutil pero absoluta, ellos se preguntaban ¿he actuado conforme a la naturaleza?; nosotros nos preguntamos ¿he producido suficiente hoy? ¿He sido lo suficientemente inteligente? ¿He demostrado que merezco llamarme filósofo? La pregunta estoica abría el reposo, pero la nuestra, lo clausura.

 

Entonces, ¿qué hacemos? No lo sé. Y no voy a fingir que lo sé, la honestidad filosófica más profunda, a veces, es decir no sé sin convertir ese no saber en otra obligación. El pensamiento crítico no siempre tiene que desembocar en una propuesta, a veces, la crítica es simplemente señalar. Y quizá lo único que podemos hacer, por ahora, es sostener esta contradicción sin resolverla.

Y escribir sobre ella…