SIN ESTADÍSTICAS MEDIBLES

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No llevan una marca, menos una medalla, no anuncian lo que hacen y muchas veces ni siquiera son conscientes de su efecto. Sin embargo, cuando llegan, todo cambia.

No cambia el mundo en el que vivimos, no cambian los grandes, medianos o pequeños problemas que atravesamos, cambia el contexto inmediato donde nos jugamos el todo por el todo: la forma en que nos sentimos en ese instante, que puede ser corto o puede ser denso y a veces sentirse eterno.

A veces basta responder una llamada a tiempo. Entablar una conversación breve.  Ese alguien que escucha sin interrumpir, que no busca competir por ver quién la pasó peor, que no convierte cada diálogo en un desfile de consejos que parecen útiles, pero que son 100% inútiles.  Ese alguien que, simplemente, sabe estar, está en silencio, paraliza el mundo y pone la atención en nosotros, no existe nadie más.

En esta época donde sobran opiniones y faltan oídos, ese tipo de presencia empieza a destacar, sobresale sin esfuerzo, sin agotamiento, se convierte en un estar genuino, ese estar llamado alivio y sosiego.

Nos han instalado la idea y la obligación de que todos deberíamos ser felices, productivos y resilientes al mismo tiempo. El resultado de esto decae es una presión silenciosa que termina pasando una factura kilométrica, que no hay tarjeta de crédito que pueda sostener. No siempre se necesita entusiasmo; muchas veces, lo que falta es alivio y sosiego y es ahí donde aparecen estos ángeles de luz, de energía blanca, pura y cristalina, de piel y hueso como todos.

No son ni abogados ni jueces, no resuelven problemas ni ofrecen veredictos necesariamente favorables. Hacen algo más básico y, al mismo tiempo, más difícil: acompañan sin invadir. Logran que los problemas y las culpas pesen menos, aunque sigan ahí. No porque minimicen o vivan en una realidad paralela, sino porque la toma como suya y nos ayudan a soportarla, la cargarla.

En estos tiempos de saturación emocional, el arte de no complicar las cosas es un lujo.

Es una habilidad poco reconocida: la de no complicar lo que está lejos de ser fácil. Parece sencillo, pero no lo es. Con tan solo observar una conversación cotidiana, se entiende.

Las personas que interrumpen, que juzgan, que opinan sin haber escuchado, que transforman la experiencia ajena en una excusa para hablar de sí mismas. Todo eso suma ruido. Todo eso cansa.

En contraste, estos ángeles de luz hacen lo opuesto. No necesitan protagonismo para estar presentes. No compiten. No imponen. No dramatizan más de la cuenta. Nunca desaparecen cuando las cosas se ponen incómodas, más bien, se hacen más presentes y potencian su luz.

Su luz es un aporte discreto, pero consistente: vuelven más habitable el momento.

Solemos creer que este tipo de personas “son así” por naturaleza, como si se tratara de un rasgo fijo. Puede que haya algo de eso, pero más que todo es una elección de vida, es actitud pura y genuina.

Elegir escuchar en lugar de hablar. Elegir comprender antes que juzgar. Elegir no descargar frustración en el primero que aparece. Elegir, incluso, guardar silencio cuando no hay nada útil que decir.

Esta actitud no se automatiza, es una forma de relacionarse que se decide y se construye.

Y, sin duda, va a contracorriente de la cultura actual, que premia la exposición constante, la opinión inmediata y la necesidad de tener razón y resaltar para ser aplaudido y destacado.

Es fácil identificar a alguien que ayuda a sobrellevar los días difíciles. Todos tenemos, o recordamos, a esa persona que aparece cuando hace falta, nuestra persona favorita, nuestra persona vitamina.

Lo pregunta incómoda viene después. ¿Somos nosotros alguien así para otros?

Esta pregunta no suele formularse, tampoco suele tener una respuesta rápida. Pero vale la pena hacerla sin apuro. Porque es reveladora y no siempre queremos ver la respuesta sobre el impacto que tenemos sobre nuestro entorno.

Vivimos pensando que, con no hacer daño a nadie, basta. Así nos han formado desde nuestros ancestros. Pero eso no basta. Existe una gran diferencia entre no dañar y no dañar y además el plus más valioso, el aportar. Es la diferencia entre el pasar por esta vida sin dejar huella y pasar dejando el espacio un poco mejor de cómo lo encontramos.

En una lógica donde todo parece medirse, la productividad, los resultados, el alcance, etc., hay algo que queda fuera de cualquier indicador: la calidad emocional de los vínculos.

Hoy en día, nadie contabiliza cuántos problemas se hicieron más llevaderos gracias a una conversación. Nadie mide cuántos días difíciles terminaron mejor de lo que empezaron por la presencia de esos ángeles de luz, llamados vitamina.

Y, sin embargo, la vida transcurre, y eso sucede todos los días, de forma silenciosa, con sigilo y amor. Quizá por eso se subestima. Porque no genera titulares, ni cifras, ni reconocimiento inmediato. Pero sostiene, sostiene de una forma que no se puede medir, más de lo que parece.

Todos, sin excepción, hasta los más escépticos, necesitamos a alguien que haga de nuestros días, días un poco más soportables.  Alguien que no agregue más ruido del necesario. Alguien que no convierta cada dificultad en algo más insufrible.

El cuestionamiento no es si esas personas existen. Porque sí existen.

La cuestión es otra, mucho menos cómoda: ¿Cuándo alguien atraviese un mal momento, ¿nuestra presencia va a aliviar… o va a complicar todavía más las cosas?

¿Somos parte del problema o somos parte de la estadística no medible?

–A mis personas favoritas, mis personas vitamina, gracias por estar–