Resonancias Internas, Comprensión, Conocimiento

Views: 30

Durante mucho, he escrito bastante en contra de la sobrevaloración del conocimiento científico para descifrar los misterios del alma humana. Mi espacio siempre ha intentado hacer explícitos los vicios de pensar que la humanidad puede ser agotada en aquella mirada. Alejarnos de reduccionismos es, me parece, la manera más sensible de reconstruir nuestro pasado o el de las sociedades en las que vivimos para entendernos ya no a un nivel conceptual sino a un nivel afectual: que es desde donde, me parece, se forman los escenarios culturales que dan sentido a nuestro ser en el mundo.

A mi juicio dicha forma es la encarnada por el pensamiento tardío de Wittgenstein (1889-1951), caracterizada por entender de qué terrible manera nuestra circunstancias culturales y afectivas se filtran hacia nuestras actitudes intelectuales por medio de su inscripción nuestra gramática –y en cómo esto nos hace ciegos a los aspectos significativos o a los sentidos que viven en ‘la mirada de los otros’. Él mismo llegó a decir en uno de sus escritos más personales: Es interesante, sin duda, que deba apropiar­ me el desprecio de cualquier otro respecto a mí como una parte esencial y significativa del mundo visto desde mi lugar.

Visto el mundo así, Wittgenstein nos sugiere que la pérdida de nuestra sensibilidad hacia lo que el otro ve en aquello que lo apasiona o en lo que se basa su forma de vida, es un proceso natural de la razón humana, pero no por ello algo insalvable. La ceguera de la razón siempre podrá contrarrestarse si nos esforzamos por nunca separar el alma o el sentido de quien querramos comprender del entorno en el que sus expresiones toman sentido.

Con esto, él, más bien, nos insta no a prescindir pero sí a desconfiar de aquellas expliaciones conceptuales con las que andamos por el mundo, presuponiéndolas todas a priori como capaces de echar luz donde sólo vemos oscuridad, y confiando en que, aquello que escape de sus redes es simplemente ilusión, apariencia, o lo que es peor: algo irrelevante. Pues, si hay algo claro en su manera de concebir el ejercicio filosófico es que hay cosas que simple y llanamente no pueden explicarse; y que justamente ahí está toda su riqueza.

El paternalismo en el que nos han sumido las estructuras explicativas nos ha hecho, entonces, no nada más ciegos sino además intolerantes ante aquello que no entendemos como ajustado a nuestros criterios más propios. Sobre eso, el apunte genial de Wittgenstein es hacernos comprender que esto no se desarraiga de nosotros mismos justamente porque hemos adquirido esta red de significados desde que éramos niños, y que las experiencias conectadas con significados de palabras como ‘justicia’, ‘verdad’, ‘belleza’, ‘historia’, o ‘cultura’, ya no es que se han inscrito en nuestra estructura cognitiva, sino que se han encarnado en la estructura de nuestra subjetividad; que no es lo mismo.

Concebir significados más allá de aquellos que aquellos que, en efecto, tienen resonancias en nuestro interior se nos hace una tarea increíblemente difícil, pero no imposible, como Wittgenstein nos dice: Hay que colocarse al lado del error para conducirlo hasta la verdad. Hay que descubrir la fuente del error puesto que, en caso contrario, para nada sirve el escuchar la verdad. Esta no puede penetrar si otra cosa ha ocupado su lugar. Para convencer a alguien de la verdad no basta con constatarla, sino que se debe encontrar el camino que lleva del error a la verdad.