El Valle mexiquense de Arcadio Pagaza

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Llegó septiembre y hay muchas cosas qué platicar. Diversas presentaciones de libros me llevaron a redescubrir Valle de Bravo, entre ellas el Mosaico Regional editado por el Fondo Editorial del Estado de México (FOEM) en 2017, que muestra los atractivos turísticos y culturales de ese municipio; además de Yo estuve en Avándaro de Federico Rubli Kaiser, con prólogo de Luis Llano y fotografías de Graciela Iturbide, editado también por el FOEM en el año 2016.

 

Estando en Valle reflexioné sobre algunas fechas septembrinas, en especial el 11 de septiembre (11/S) pues ese día no sólo se conmemora el golpe de Pinochet en Chile (1973) y el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York (2001). El 11/S también se conmemora una efeméride nacional ya que ese día, pero de 1971, se llevó a cabo el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, uno de esos tantos acontecimientos de los años 60 y 70 que llevaron a los jóvenes mexicanos a perder la inocencia y a rebelarse ante el autoritarismo.

 

Pero ya habrá tiempo de hablar del Avandarazo. Disfrutando la laguna y el clima de Valle descubro que el 11/S representa otro motivo de conmemoración para el municipio pues ese día, pero de 1918, murió uno de sus personajes ilustres, el humanista y escritor Joaquín Arcadio Pagaza. Sobre él existen excelentes biografías como las de Méndez Plancarte, Gustavo G. Velázquez, Porfirio Martínez, Ana María Mora, Raúl Cáceres Carenzo, Sergio López, Dionisio Victoria e Ignacio Pichardo Pagaza, esta última publicada por el FOEM para conmemorar su centenario luctuoso en 2018. Ante la vasta bibliografía disponible, me limito a comentar aspectos de su vida que considero relevantes.

 

Nació en 1839, en aquél México que aún resentía las convulsiones generadas por la guerra insurgente. En 1854, en plena dictadura santanista, comenzó sus estudios en el Seminario y se ordenó presbítero en 1862, al iniciar la invasión francesa. Sin duda su vocación religiosa lo alejó de esos avatares, por lo que ejerció el llamado de Dios en lugares como Taxco, Cuernavaca, el Seminario de México y el Sagrario de la Catedral Metropolitana. De 1872, año de la muerte de Juárez, a 1882, en los albores del Porfiriato, es párroco de Tenango del Valle. Este último año regresa al Sagrario. En 1891 fue nombrado Rector del Seminario Conciliar de México y en 1895 obispo de Veracruz con sede en Jalapa, lugar donde terminó sus días en el posrevolucionario año de 1918.

 

Más allá de su vocación, Pagaza fue un gran poeta reconocido en México y el mundo. En 1883 se convirtió en miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, junto a otros prominentes como su tocayo Joaquín García Icazbalceta, José María Roa Bárcena y Manuel Orozco y Berra. En 1889 formó parte de la Academia literaria Arcadia de Roma, con el nombre de “Clearco Medonio”. Tradujo a los clásicos latinos Virgilio y Horacio, pero fue en otro Valle mexiquense, Tenango, donde desarrolló su principal obra poética reunida en sendas antologías: Murmurios de la selva (1887), María (1890), Algunas trovas últimas (1893) y varios sonetos publicados en diferentes años.

 

Su poesía bucólica compuesta por églogas, idilios, odas y, como mencioné, sonetos, refleja que Pagaza era amante de la naturaleza ya que cantó a las flores, frutas, aves, ríos, árboles, amaneceres y atardeceres, a las estaciones, etc. Pero el principal aspecto que me interesa resaltar es que realizó poemas a las tierras que conoció. Su padre era oriundo de San Francisco del Valle de Temascaltepec, antiguo nombre de Valle de Bravo, y su madre de Santiago Tianguistenco. Pero al haber nacido en Valle, Pagaza versificó sobre la parte suroeste del Estado de México colindante con Michoacán, por lo que no sólo dedicó poemas a Tenango y a su tierra natal, también a Ixtapan del Oro y a Otzoloapan, además de que María fue publicado a instancias de su amigo párroco de Sultepec. Se trata, en suma, de un retrato poco conocido de aquella región sureña del territorio mexiquense y que debe formar parte de su historia.

 

A manera de invitación a leer su obra, comparto los siguientes fragmentos:

 

Al volver a mi tierra natal

 

Después de un año de penosa ausencia,

Oh Valle, admiro tus amenos prados;

Tantas veces y tantas frecuentados

En la época feliz de mi inocencia…

 

Otzoloapan

 

Ni el tiempo, ni la ausencia y la distancia,

Ni el bien perdido, ni el afán presente

Han logrado borrarte de mi mente,

Bello lugar, asilo de mi infancia…

 

Además, en el centro de Valle de Bravo se encuentra la “Casa Joaquín Arcadio Pagaza”, edificio colonial de principios del siglo XVII en el cual vivió nuestro personaje, actual centro cultural recientemente remodelado por la Secretaría de Cultura estatal y que incluye un museo dedicado a su vida y obra con tres salas de exposición permanente (recámara, estudio y oratorio, cada uno con piezas antiguas de incalculable valor, pertenecientes a Pagaza) y una de exposiciones temporales, auditorio, sala de conferencias, jardines y dos patios, en suma, un hermoso espacio que los visitantes no se pueden perder.

 

Finalmente comparto algunas miradas que otros escritores externaron sobre Pagaza, comenzando por Amado Nervo: “un sacerdote de elevada talla, de contextura vigorosa, mirada viva, nariz prolongada, labios salientes, color moreno …”. Su discípulo Alberto Carreño lo recuerda de esta forma: “de hercúlea talla, moreno rostro, de penetrante mirar, inspiraba sumo respeto su fisonomía, a la vez que le daba cierto tinte de severidad el grueso labio inferior, colgante un poco. Era la suya sin embargo, un alma blanca y sencilla…”.

 

Respecto de su poesía, José María Vigil externó lo siguiente: Carácter general que distingue las obras… es la escrupulosa corrección del lenguaje, la belleza clásica de la forma, la inspiración poética que brota de conjunto con una espontaneidad, con una sencillez que realizan aquella difícil facilidad característica de las obras maestras. Por su parte, Alfonso Reyes dijo que la poesía que como en Pagaza, no quiere someterse a lo contemporáneo, tiene también su excelsitud. A su vez, en su tratado sobre poesía del siglo XIX, José Emilio Pacheco aseguró que Su mejor libro, Murmurios de la selva… apareció al lado de los primeros poemas que ya pueden considerarse modernistas”.