Loca crónica de un cumpleaños

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El rito. Entrar con el pie izquierdo a la cama la noche anterior y voltear la almohada a fin de que los deseos pedidos sean otorgados. La madrugada: Una llamada inesperada, un mensaje inconveniente que resuelve media década de penurias, tan sencillo que era perdonar al enemigo, sólo que no recuerdo el agravio. Tal vez un indicio sea el exceso de indolencia.

Desayuno con aquello que queda del naufragio familiar, suficiente para iniciar el día, desfile de buenas nuevas sobre los amigos, resultando excelente saber que triunfan. Ni una sola foto que justifique el momento feliz. Pues no lo hay. Luego caminar en búsqueda de un pasado fotográfico que no puede volver al presente a falta de tecnología obsoleta, después dormir para olvidar términos que guardan equivalencia, veinte o treinta encuentros fortuitos, girasoles fucsias que no encuentran al sol, y el Sol callado camina a mi lado. Necio, obsesionado.

Cómo la música y belleza se estacionan ante los ojos con el único objetivo de asombrar el lado dolorido del que hablaban mis cirujanos. La gula no siempre es mala consejera. Nada mejor que un viaje para retornar al punto de partida, ese universo que nos fue vedado mientras esperábamos en la esquina. Los lugares ancestrales lanzan un embrujo al visitante, vigilia de los sentidos vitales, sed de conocimiento y autonomía.

En una vieja Calle de la Colonia, muere la Conquista y las mandolinas cantan una canción desconocida. Libros, libros, libros en un Palacio de piedra y alcurnia, la Reina de la Literatura baja por la escalinata y la orilló a que sonría, hay un alfil aliado, una torre enemiga, un caballo Rocinante, trapecistas que vuelan en más pantallas de plasma vecinales y la noche se cuelga de la luna, espléndida cómo acostumbra.

Todo eso lo soñé, por eso celebraré mi día con un acostumbrado Feliz cumpleaños que no me sobresalte.