La noche profunda

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Una ciudad entre montañas, ciudad de muchos baches y ciudad sede de la antigua fundidora, ¿ya has ubicado dónde me encuentro? Pues bien, acerquémonos un poco más a la línea uno del metro, en la estación hospital. Caminemos algunas calles y lleguemos a una casa blanca, donde tres coches se encuentran estacionados. La entrada esta cubierta por un metro y medio de plantas, un extenso y diverso jardín.

 

El coche de en medio sale y permite ver el pasado de una gran palmera. Una abuela sale con sus nietos, conecta la manguera y abre la llave con el propósito de mantener frescas a los organismo vegetales. Tres de sus nietos toman la manguera y la alargar para llegar a las plantas. En menos de media hora terminan de regar el jardín, el sol está tan fuerte que uno de los niños se mete a bañar con agua fría.

 

El día continúa su transcurso, pronto es hora de la comida, los dos abuelos y los tres nietos se sienta en la viejas sillas cafés, bendicen los alimentos, y después de ingerir los alimentos llevan los traste hacia la cocina. La abuelita les da un chocolate a cada uno.

 

–Es hora de siesta. Así se te quitará el dolor de cabeza mijito.–

 

Los niños agarran una almohada y se acuestan en el piso, a lo que su abuelita llama la cama de piedra, una buena iniciativa para soportar el calor. Todos se encierran en un sueño por al menos dos horas. Cuando despiertan la abuelita ya puso las cartas para jugar memorama, juego en el que destaca la niña, hermana mayor de los otros dos nietos. Juegan tres partidas.

 

Cenan y llega la hora de dormir, el niño de en medio sigue con dolor de cabeza, no puede dormir, sin despertar a sus hermanos toca la puerta de sus abuelitos, ellos siguen despiertos. La abuelita sale de la recámara y camina de la mano del niño, que parece tener no más de cuatro años, hasta llegar casi a la entrada de la casa, allí ella se sienta en una mecedora de buenos detalles artísticos.

 

–Ven a sentarte.–

 

El niño se sienta sobre su regazo. Empiezan a platicar sobre las múltiples dudas que tienden a tener los niños, después de un rato ella comienza a cantar. En menos de veinte minutos el niño cae rendido, la abuelita sin despertarlo del todo lo lleva a su cama, donde sólo lo tapa con el edredón.

 

El niño puede dormir tranquilo, sintiéndose amado por extraordinaria persona y crecerá teniendo el eterno recuerdo de esa noche profunda; pues como lo dice la canción: “Los abuelitos son los papás de mis papitos, pero nos consienten más”.