Nuestra mente ante la pandemia

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 “La mente tiene una gran influencia sobre el cuerpo, y las enfermedades a menudo tiene su origen allí”

Jean Baptiste Molière

 

La luz en el umbral ha despertado nuestra conciencia, luces y sombras de nuestra personalidad señorean lo que somos y que en ocasiones decidimos aislar para no revelarnos ante los demás; esta es la triste realidad de mucha gente que en estos momentos vive el aislamiento en sus hogares, haciendo florecer una esencia poco vista u oculta hasta antes de la famosa “contingencia”.

 

Y es que medios de comunicación, autoridades gubernamentales y sociedad en su conjunto se preocupan y accionan ante la pandemia que azota los lares del suelo mexicano, se toman medidas sanitarias precautorias y de contingencia, se enarbolan ideas para que nuestra vida sea más armónica o más llevadera pero, pocos han vuelto los ojos a lo que ocurre en la psique del ser humano, lo que más llega a perjudicarse y que está haciendo estragos en el ser humano, nos referimos sin duda a nuestra salud mental.

 

Este gran estrago que como nudo en la garganta aletea en nuestro ser, está lastimando la convivencia familiar (o la que se suponía había), los niños en el estrés de ver que cuatro son las paredes que por más de mes y medio ven, que son del mismo color y que en ellas su distracción es reducida; hombres, padres de familia que ante la debacle económica, la preocupación de que el trabajo parece esfumarse en sus manos pues los han mandado a descansar sin goce de sueldo o ha disminuido su salario a la mitad, cuentas por pagar, pesadas cargas de romper una rutina que se convierte sin quererlo en forma de vida; mujeres, madres de familia que además de las obligaciones domesticas que venían realizado, deben ahora estar al pendiente del televisor pues en ella sus hijos se educan, cambiando la configuración de la telefonía celular que era el mecanismo de distracción y comunicación a método de aprendizaje.

 

Una convivencia que nos rebela lo que en realidad somos, sin mediar un “desestres”, familias contenidas en sus hogares que ahora apelan al uso de tecnologías de la información y comunicación (por ejemplo: internet) para estar al pendiente de la salud de sus cercanos, con lo fría que es la distancia y lo lamentable de la escasa comunicación que se puede propiciar, los fantasmas mentales revolotean en nuestra mente, esos fantasmas que atosigan y susurran ideas no gratas, para muestra habría que lanzar la estadística de cuantas familias viven tranquilas durante esta contingencia pues la depresión, el propio encierro voluntario, la ruptura de rutinas, el cambio de hábitos, el aislamiento social, están reinventándonos y sin duda ahora más que en otro tiempo estamos ante la encrucijada de la aplicación correcta de la inteligencia emocional, y la mejor forma de canalizar el estrés ante el encierro.

 

Cierto paradójicamente se puede apreciar como se abarrotan las redes sociales con comentarios de que es necesario el rápido regreso a clases, y que es necesario volver a los trabajos, cuando estas dos actividades que forman parte de la vida de las mayorías eran actividades que se buscaba evadir. No es minúsculo el problema cuando razonamos sobre como a los padres no se les ha instruido en cursos de pedagogía para propiciar un correcto aprendizaje en sus hijos, o que en las maquiladoras o ensambladoras el trabajo se requiere de manera presencial y que nada o poco se puede hacer mediante el home office.

 

Triste realidad pues, hace falta en México un verdadero programa que procure la salud mental de sus ciudadanos y no es que se diga que los mexicanos estemos desorientados o desubicados, lo que se afirma es que: México es un país que poca importancia le da a la psicología, “no estamos locos” dicen algunos; pero es cierto el encierro a los espíritus libres los va carcomiendo. No es simple casualidad que en esta época de pandemia se hayan elevado sobre manera los índices de violencia familiar -que no es exclusiva del hombre hacia la mujer-, esto es alarmante porque se esta generando un gran problema social, de contrastantes enormes pues por un lado se pide permanecer en el hogar pero por otro lado no se salvaguarda los derechos mínimos de sana convivencia, se privilegia la sana distancia en público pero nada se dice sobre la peligrosa cercanía de algunos agresores sobre sus víctimas.

 

Y es que México no estaba preparado como la gran mayoría de países del orbe mundial para un tipo de reacción como la que se tiene que asimilar ahora que tenemos que hacer frente a una emergencia sanitaria, poco se dice de que la mente se encuentra aturdida con demasiada información (mucha de esta falsa) que circula en redes sociales, más la información que a bocanadas lanzan los distintos medios informativos, más la tradición oral que de boca en boca circula en la comunidad y que como teléfono descompuesto va variando lo que en un principio debería ser nuestra realidad y esto sin duda alienta la ansiedad, el estrés, la desesperación, el creer valido lo que objetivamente es falso, la sensibilidad flota a flor de piel, los alientos del alma (cultos en templos), reuniones sociales, familiares o grupales, “despejarse en la naturaleza”, una camina (tan recomendable para la salud física y mental) están en el baúl de los recuerdos, lamentablemente.

 

Lo apremiante es que México es un país que sensaciones, de emociones que se contienen y que se convierten en jolgorio, dolor y risa se acompañan; poco damos de importancia a emociones que no son expresadas ni sanadas y que van anidándose en la mente y el alma, las cuales algún día salen como cuervos convertidos en ejército de guerra y destrozan todo lo posible a su paso, como ave de tempestad. Lo mismo, pensar mucho en desgracias, enfermedades, la misma negatividad que acarrea esta etapa que nos tocó vivir, puede generarnos enfermedades que no teníamos o que lamentablemente desarrollamos con mayor velocidad.

 

Abramos la campana sonora de la salud mental, demos repiques de desahogo, de liberación, ayudémonos fraternalmente, que la tolerancia y la empatía cunda entre nuestros semejantes, que la luz de la verdad se asome y revele nuestra mejor versión de nosotros mismos, que la reflexión nos incite a reverdecer y mejorar, a revalorar lo que somos, a quienes nos rodean y lo que hemos conquistado; ningún virus puede más que la fuerza de nuestra mente y nuestro corazón.