Falsedad humana

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Vivir de apariencias resulta una constante en el mundo moderno; presumimos ser lo que en realidad no somos y, en consecuencia, somos capaces de traicionar nuestra propia concepción ética en aras de un beneficio social.

Cuando hablamos de educación, aludimos en primera instancia a lo que se enseña en casa, y no podremos obtener mejores resultados si nosotros mismos modelamos conductas que los hijos ven y que favorecen en engaño y la simulación; muchos padres de familia modernos se encuentran en este supuesto.

Por un lado, mostramos al mundo que en casa todo está bajo control, pero en la intimidad no tengo horarios para nada, no propicio hábitos y soy tan permisivo con mis angelitos que no me genera conflicto que utilicen malas palabras, interrumpan conversaciones o se duerman o levanten cuando les place.

La falsedad sale a flote cuando, al salir del confort familiar (en donde todos son cómplices), esos mismos niños o jóvenes exhiben todas esas inconsistencias en público, ante la mirada pasiva de sus padres que, sorprendidos, niegan lo que sucede y quieren ocultar lo evidente con cualquier argumento absurdo.

La bola de nieve crece porque esa pretensión por evitar a toda costa que se vean nuestras áreas de oportunidad, hace que la interacción social en los empleos, el gobierno o hasta las instituciones educativas sea con base en espejismos.

Somos hipócritas, es la realidad, porque por un lado subimos en redes sociales el profundo dolor que sentimos por la muerte de un familiar, cuando los propios cercanos nos vieron, el mismo día del deceso y aún con el cuerpo tendido en la cama, abrir su closet para, como rapiñeros viles, tomar antes que nadie alguna pertenencia.

No tenemos empacho en escribir en Facebook que estoy orgulloso de mis hijos, cuando nunca he estado con ellos en ninguna actividad escolar y no aporto nada para su manutención; vamos, ni siquiera los veo cada semana. ¿Estamos conformes con nosotros mismos por simular de esta manera?

Lo mismo sucede cuando gritamos desde un espacio de gobierno que no permitiremos corrupción alguna, y justo a un costado nuestro se avala y defiende a personajes cuya historia no solo es de corrupción, sino de maldad acumulada.

Y qué decir de instituciones educativas religiosas, que tienen en sus paredes colgados decenas de mensajes haciendo alarde de su vocación humanista, pero que sin tacto alguno sacan de clases a un chico que no ha cubierto su colegiatura, legitiman el bullying sobre jóvenes cuya posición económica no es de élite o se andan tirando grilla entre ellos porque hay aspiraciones de poder y control de esos centros educativos.

¿Es la manera de formar personas íntegras?, ¿Realmente se llega a la consolidación de sociedades ciertas de la justicia y el amor?

Es un tema complejo, pero demasiado común en nuestro mundo; a lo largo de la historia muchos pensadores han hecho alusión al mismo y, a pesar de ello, no abrimos los ojos para hacer las cosas diferentes.

Debemos aceptar lo que somos, sin necesidad de simular nada, como bien decía Goethe; es un gran error creerse más de lo que uno es, o menos de lo que uno vale.

Finalmente recordemos que la verdad da miedo, pero la falsedad pena.

horroreseducativos@hotmail.com