Encajar por aceptación grupal obstáculo para pertenecer en una relación interpersonal amorosa
Cuando hablamos del hombre, hablamos de humanos, demasiado humanos, hay que hablar de grupo, de equipo. Así es que no nacemos siendo hombres, nos hacemos en tanto nuestra cercanía con otros seres humanos; es decir, en sentido estricto, el hombre no crece, sino se trata de un proceso de socialización y de una posible modificación de la cultura donde se proyecta su existencia. Esto implica que no hay ninguna posibilidad de ser hombre en una soledad absoluta; se es en la convivencia, aunque ésta lleve consigo los problemas propios del estar con el otro o los otros, sin embargo, lo trascendente será la posibilidad de construir relaciones interpersonales cimentadas en el amor, razón de ser del estar aquí, es decir estamos para amar y ser amados y para ello somos.
Ahora bien, cuando se habla de persona en tanto individuo, hay que referirse a un ser humano autónomo que, gracias a su libertad, es capaz de razonar por su propia cuenta y transformar su realidad inmediata. Esto significa que la presencia de cualquier persona, de cada una de ellas, de todas las personas con su individualidad, tiene un efecto sobre la realidad de suma trascendencia. Más aún si se reúnen con una intención, o mejor dicho con una voluntad consciente, con un fin, se tendrán mayores rasgos de realidad. De esta manera, la vida colectiva es el resultado de la interacción de los poderes individuales y potencia los efectos que las acciones individuales tenían en solitario.
Hay que decir también que este proceso de socialización tiene que ver también con el concepto de estereotipo, por cierto muy controvertido dado que se llega a confundir con los prejuicios y la discriminación. Así es que vamos a entender por estereotipo lo que señalaba John Leslie Mackie (1973), en el sentido de que se trata de aquellas creencias populares sobre los atributos que caracterizan a un grupo social, y sobre las que hay un acuerdo básico. Entonces, la relación entre los conceptos estereotipo, prejuicio y discriminación es estrecha, pero hay que tener la consideración de que están íntimamente unidos al concepto de actitud que es un fenómeno compuesto por tres componentes, a saber; el cognitivo, lo que sé del asunto; afectivo, las emociones; y la conductual a manera de consecuencia.
El prejuicio lo podemos definir como un conjunto de juicios y creencias con carácter negativo, en relación a un grupo social. Son considerados como fenómenos compuestos de conocimientos, juicios y creencias, y como tales constituidos por estereotipos; es decir, se trataría del componente cognitivo de los prejuicios, que son siempre de carácter negativo. Así es que aunque existe una íntima conexión entre estereotipos negativos y prejuicios, pero existen multitud de estereotipos que no van asociados a prejuicios. Tal es el caso de los estereotipos positivos de multitud de grupos como, por ejemplo, la dulzura y sensibilidad atribuidas a las mujeres o la abnegación que se supone a padres y madres al cuidar a sus hijos. Sin embargo, también hay que decir que se da el caso de que un estereotipo positivo sobre una categoría social va a conllevar un reconocimiento prejuicioso y dañino; acabamos de expresar el ejemplo de las mujeres, consideradas delicadas, sensibles, débiles, a causa de la interpretación grupal la sociedad reacciona negándoles derechos y oportunidades, como el de acceder a trabajos considerados rudos tradicionalmente.
Ello en el fondo encierra un trato discriminatorio y un intento de mantener y dar justificación a los sentimientos de superioridad y autoafirmación de un grupo sexual frente a otro. Algo semejante puede suceder entre el mundo adulto y la infancia, o entre personas cultas e incultas. Es decir, se trata de una situación social habitual que se debe a una circunstancia relacionada con el componente conductual asociado al prejuicio. Es lo que conocemos como discriminación; una conducta donde impera la falta de igualdad en el tratamiento otorgado a las personas en virtud de su pertenencia al grupo o categoría social en cuestión sobre el que existe un cierto prejuicio.
Lo esencial acá es la concepción de grupo y de ahí la importancia de distinguir entre pertenecer y encajar. Habría que comenzar recordando ese sin ti no soy nada que en algún momento le dijimos a alguien trascendental para nuestra vida. Los seres humanos tenemos una tendencia generalizada a buscar la compañía de los otros. Es innegable que en tanto especie tenemos una atracción fatal por el grupo, la pertenencia, la masa. Max Weber, Emile Durkheim o Lev S. Vygotsky son sólo algunos teóricos de las ciencias sociales que ponen de manifiesto la relevancia de la pertenencia de las personas a entidades supraindividuales. Colectivos ideológicos, asociaciones culturales, grupos profesionales, clubs deportivos o clubs sociales; si alguien a quien estamos conociendo nos pregunta sobre nosotros mismos, es común que a través de una nube de adjetivos calificativos incluyamos la pertenencia a varios grupos como parte de nuestra propia definición, singularidad: mexicano, católico, vegano, socialista o inclusive, seguidor de Justin Bieber. Por lo tanto el grupo nos importa y el grupo nos define.
Acá es donde comenzamos con la diferenciación que hemos señalado. Hay ocasiones en que la persona se modifica de muchas maneras; como en la forma de vestir, de hablar o quizá hasta fingir algunos gustos y cambiar conductas habituales. Por ejemplo, si observamos la relación entre las emociones y la forma de comer que se refleja en el peso corporal, podemos encontrar que lograr un peso menor al que en realidad se tiene es importante para poder encajar en un grupo determinado, habrá quienes modifican su dieta de forma inadecuada para ganar músculo, ejercitándose más y complementando la alimentación con pastillas o licuados. En ninguno de estos dos ejemplos la búsqueda del peso está relacionada con lograr una vida saludable, por lo que, en algunos casos, ésta se ve afectada. A esto es a lo que se le llama encajar, es decir, hacer hasta lo imposible para mezclarse en ciertos grupos; así la atención está puesta en lo que hacen los otros, adaptándonos a ellos en espera de ser aceptados. Sin embargo, paradójicamente, pretender encajar a toda costa es la barrera principal que tienes para sentir que perteneces. Hay que estar claros que el pertenecer implica ser tú mismo, aceptar el cuerpo que tienes sin importar la talla, reconocer tus sentimientos y pensamientos, expresarlos, aunque sean diferentes a los de otros, saberte suficiente y sí, también vulnerable e imperfecto en momentos. Esto significa que las personas que tienen un buen sentido de pertenencia no buscan ser aceptados por los demás, simplemente se dan permiso de ser para compartirse y ser fuente de contribución.
Ahora la pregunta es ¿Por qué preferimos encajar? Podríamos comenzar por la familia, en la escuela o con tus amigos, durante tu crecimiento, aprendiste que debías ser y comportante como los demás. O bien, tuviste que hacer mucho, esforzarte demasiado para ser reconocido, para ser cuidado y recibir aceptación o amor; entonces sin darte cuenta empezaste a dejar de ser tú mismo. En estos casos es natural que perdieras tu propia identidad, pero ya no hay razón para que tenga qué ser así. Sin embargo, no hay que perder de vista lo siguiente: por el simple hecho de existir y de haber nacido ya perteneces a tu familia, eres parte de ese pequeño clan que formaron tus padres; te guste o no, les guste a los otros o no, incluso si tus padres se separaron, llevas en tu nombre los apellidos de la familia a la que perteneces. Y lo más importante es que mientras no te des cuenta de que perteneces a ti mismo, con todas las características que te hacen ser tú, no lograrás tener el sentimiento de que ya perteneces y seguirás deseando encajar con otros.
Entonces todos los seres humanos nacemos con una necesidad imperiosa de sentir que pertenecemos a alguien o a algo. Cuando perdemos esa conexión, o cuando nos parece no lograr alcanzar ese sentido de pertenencia con nadie ni con nada, algo dentro de nosotros parece no estar bien, y llega un vacío abrumador. Es por esta necesidad tan grande que a veces tendemos a confundir pertenecer con encajar, y nos pasamos la vida intentando encajar, pretendiendo pertenecer. Hay que decir que es más cómodo encajar, estar dispuestos a hacer lo que sea necesario para ser aceptados, para recibir aprobación y sentirnos valorados en función de lo que creemos que debemos ser para resultar socialmente aceptables. Intentar encajar implica, por tanto, distanciarnos de nosotros mismos, de nuestra autenticidad, de nuestra unicidad para actuar conforme se espera para que resultemos aceptables. Sin embargo, esto implicará renunciar a nuestra historia, dejar a un lado lo que realmente somos para responder a lo que otros quieren que seamos. Por ejemplo, la mujer que desea encajar podría tener en su mente lo siguiente: Cuando pierda peso, tendré éxito con los hombres; cuando termine la carrera, seré más respetada; cuando me case, no me sentiré insegura; cuando tenga dinero para vestir ropa de marca, podré salir con ese grupo que ahora ni me mira.
De esta manera el deseo de encajar no es más que un cómodo justificante por si acaso no logro el encaje deseado, es un pobre sustituto del verdadero sentido de pertenencia. Entonces pertenecer implica sentimos aceptados tal como somos, y eso únicamente puede suceder cuando somos auténticos, más allá o más acá de los defectos. Pertenecer es ser queridos por lo que somos, ser aceptados al compartirnos en nuestra autenticidad honrando nuestra historia. Sin embargo si nuestro deseo de encajar con alguien o con nuestro propio concepto de algo, es tan grande que nos lleva a renunciar a la autenticidad, algo estamos entendiendo mal.

