Parásitos elegantes
La congruencia es una virtud que cada vez vemos con menos precisión en el mundo contemporáneo; simulaciones, mentiras, arrogancia, desdén, hipocresía y dejadez imperan por todos lados.
Por ejemplo: hay personas que no ayudan porque no quieren, no porque no puedan. Y lo peor es que ni siquiera lo disimulan: han perfeccionado el arte de la evasión hasta convertirlo en identidad. Son los parásitos elegantes, esos seres que jamás están cuando se necesita resolver un trámite, acompañar a los padres, mover un dedo o aportar un peso. Pero eso sí: cuando llega la hora de presumir, hablan como si hubieran sostenido el mundo con las dos manos.
Son expertos en la excusa creativa. Si existiera un premio a la mejor justificación absurda, lo ganarían sin competencia. No pude, no supe, no alcancé, no me avisaron, no era mi papel, estoy agotado(a).
Su vida es un museo de pretextos. Y lo más grotesco es que saben perfectamente que alguien más, siempre alguien más, terminará resolviendo lo que ellos evaden. Viven cómodamente instalados en la certeza de que hay un tonto disponible para cargar con su irresponsabilidad.
Pero cuando toca agradecer, ahí sí se revela la podredumbre, porque pedir ayuda es facilísimo; lo difícil es devolverla. Y estos personajes, tan buenos para estirar la mano, son incapaces de ofrecerla de vuelta. Ni por gratitud ni por decencia ni por esa mínima coherencia que sostiene cualquier vínculo humano. El día que la persona que los salvó mil veces les pide un favor, se convierten en mártires del cansancio, víctimas del destino, santos incomprendidos por el universo que estan hartos de que se les cargue la mano (sic).
Lo más repulsivo es su capacidad para adjudicarse méritos ajenos. En público hablan como si hubieran estado en todas, como si su ausencia crónica fuera una forma elevada de participación espiritual. Son tan descarados que hasta opinan sobre procesos que jamás tocaron, como si la simple emisión de saliva los convirtiera en protagonistas. Debemos reconocer, con una maestría que podría convencer hasta al mas escéptico de que son poco menos que ejemplo de lucha sin freno.
Y claro, esperan que todo se les acomode por su linda cara. Creen que la vida es un servicio de asistencia personalizada donde basta con existir para que los demás resuelvan sus pendientes. Cuando alguien finalmente les dice que no, se ofenden, se indignan, se sienten traicionados. Porque en su lógica torcida, el mundo les debe algo por el simple hecho de respirar.
El valor del apoyo no está en pedirlo, sino en corresponderlo. Pero eso exigiría un mínimo de conciencia, y la conciencia es un lujo que los parásitos elegantes no pueden permitirse porque les arruinaría la comodidad.
En resumidas cuentas, estos personajes no son malos: son peores. Son irrelevantes que se creen indispensables, ausentes que se creen pilares, consumidores que se creen benefactores. Y lo más triste es que todavía haya quien les compre el cuento.
Al final, como escribió Nietzsche, cada quien se convierte en lo que hace y también en lo que evita. Algunos construyen; otros sólo se esconden y luego presumen. La vida no los juzga: los delata.
