Revelación sobre el Arca de la Alianza (Un cuento que no es solo un cuento)

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Era el diez de marzo del año de los acertijos d. C., cuando el sol radiante de las tres de la tarde desplegaba sus rayos sofocantes, y el agua clara del pozo parecía poca para hidratarse.

Me encontraba en el corazón del Seminario Conciliar de San Agustín, dando la clase de Teología Bíblica a mi único alumno: Jaime. (Sucede que ya nadie quiere saber nada de celibato ni de castidad).

Le platicaba sobre el Divino Cofre o Arca de la Alianza y el misterio de su desaparición. De su elaboración con oro, piedras preciosas y madera fina, con el propósito de resguardar las piedras que contenían los diez mandamientos que Dios entregó a Moisés, y de los posibles lugares donde se podría encontrar: Las Cataratas del Iguazú, en Argentina; el recinto de la Sagrada Familia, en Barcelona, España; Chichén Itzá, en Yucatán, México; o en las aguas del Salto Ángel en Venezuela, entre otros posibles sitios.

Jaime, además de ser mi único alumno, también era único en muchas cosas. Tenía la virtud de resolver en sueños todas las dudas, incógnitas, ecuaciones y acertijos que pudieran surgir, y yo quise valerme de él para resolver el misterio sobre el sitio donde se encontraba el Arca del Testimonio.

Le hice la promesa de que, si su sueño le revelaba la ubicación exacta, yo personalmente pagaría el viaje para ir juntos a visitarla, sin importar el lugar y el costo.

En la Ermita del Rosario, construida en 1523, en la antigua Veracruz, por orden de Hernán Cortés. Ahí, donde las plegarias de la fe y las semillas del amor se abrazan como raíces de cipreses milenarios para juntos elevarse y tocar el cielo.

¿Allí se encuentra el Arca de la Alianza? Pregunté a mi alumno.

No, padre Serafín, me respondió en tono de preocupación, algunas veces debo concentrarme más para encontrar la respuesta correcta; de lo contrario, el duende de los sueños solo se burla de mí y me confunde.

Al día siguiente, Jaime durmió más que nunca, y la barca de las visiones lo llevó por distintos lugares, pero solo en uno latía el Arca de la Alianza.

Lo que nadie sabía era que, cada año que pasaba, el Arca se hacía más pequeñita (para evitar la codicia de quienes la querían tener para sí, no solo por su valor divino, sino por su excesivo valor económico). Su poder de obrar milagros, destruir murallas y ciudades o de dividir ríos era el mismo, además de resguardar celosamente el pacto entre el cielo y la tierra.

Después de que por fin se dio la ansiada revelación, no esperamos más e hicimos el viaje. No podíamos creer lo que estábamos mirando.

Al tenerla frente a nosotros, Jaime, el joven sacerdote, se acercó al Arca emocionado, con el corazón lleno de dudas y su pensamiento lleno de incógnitas. Mirándome a los ojos, me preguntó:

Padre Serafín, ¿por qué el Arca, que era un símbolo de la presencia divina, ha quedado en el olvido? ¿Por qué la fe, que era un fuego inapagable de esperanza en el corazón de los hombres, se está extinguiendo?

No es fácil responder tus preguntas. En tu corazón encontrarás las respuestas.

La fe es creer en algo que no vemos. Un acto de voluntad que requiere ser alimentado como el fuego de la vida, día con día. Es un sentimiento frágil, que, si no lo cuidas, se apaga como la luz de una vela, pero se enciende de nuevo cuando se recuerda la razón de por qué se cree.

El Arca, más que un cofre, es como un espejo que refleja el alma de la humanidad, con su luz y su oscuridad. Nos recuerda que la fe puede mover montañas, pero también puede destruirlas; lo mismo que la esperanza, puede ser alimento para el alma o una pócima de perdición, según el corazón de las personas.

Jaime se arrodilló ante el Arca en señal de reverencia, y en voz baja, le preguntó: ¿Qué secreto guardas, oh, preciosa Arca de la Alianza? ¿Qué poder escondes que te hace tan temida y venerada? El Arca, que tenía vida propia, comenzó a brillar con un resplandor que cegaba, y Jaime se sintió transportado a un mundo divino de visiones y sueños.

Como si de una cita con el Antiguo Testamento se tratara, vio a patriarcas, profetas, reyes y sacerdotes, en armoniosa comunión, unidos por el hilo invisible del amor a Dios y a sus hermanos. Vio a la humanidad, con la brillantez de su luz y la oscuridad de sus sombras.

Y en medio de la visión, Jaime vio al Arca como un órgano que latía con la humanidad, como el agua del mar reflejando lo divino. Pudo entender que no era solo un ente sacro, sino un símbolo de la presencia del Dios vivo en el mundo, un recordatorio de que Dios estaba en todos los corazones de la humanidad, esperando ser llamado.

Jaime también vio en la sombra del Arca las tinieblas que habitan el universo, la incredulidad que amenaza con extinguir la hoguera de la fe. Y supo que el Arca del Pacto no era solo un símbolo de la presencia divina, sino también un recordatorio del amor a Dios y a nuestros hermanos.

Con el corazón latiendo de emoción y lleno de entendimiento, Jaime tocó el Arca con la mayor veneración. Y en ese momento, se abrió.

Una voz susurraba desde el cielo: Jaime, hijo amado, ahora que has visto la verdad del Arca de la Alianza, llévala por el mundo y haz que se cumpla su propósito de amor, fe y unidad.

Jaime se arrodilló, y en voz baja preguntó: ¿Qué debo hacer, oh, Señor? Aquí me tienes, soy tu fiel servidor. Y la voz respondió: Toma el balón de fútbol que resguarda la miniatura del arca de la Alianza y llévalo a todas las naciones. Diles a tus hermanos que la fe no es una imposición, sino una elección. Diles que la esperanza no es un sueño, sino una realidad. Diles que el amor no es un sentimiento, sino una decisión.

Diles que el deporte sea el que una a los países y que cada vez que toquen y compartan un balón con otras naciones, sentirán que son campeones, porque quien obra buscando la unidad entre sus hermanos, jamás será un perdedor.

Jaime, con el corazón lleno de fe y la mente enfocada en su misión, se levantó y se fue a llevar el mensaje del Arca a todo el universo.

Desde ese día, se le ve muy ocupado organizando los mundiales de fútbol. Ya tiene encima el de México, Estados Unidos y Canadá.

Le encanta ver cómo, por medio de un balón, la gente parece estar más unida que nunca; todos los países apoyan a su equipo como si de un solo ser se tratara.

Increíble, quién iba a decir que el Arca de la Alianza se encontrara en miniatura dentro de un balón de fútbol. Que no está en un solo lugar, sino en el mundo entero, uniendo pueblos, almas y naciones con un sentir verdadero, de pertenencia y comunidad.

Cuando veas rodar un balón, búscala.

Está ahí.

Inés, Sami.