El Homo Ludens. (Parte 1)
Comenzaré con lo que nos aporta Lawrence Stone, que en alguna ocasión dijo que el hombre es algo más que un ser racional y conservador de sistemas, es entre otras cosas, un animal lúdico: homo ludens que busca el placer y ama el gozo estético, así lo ha señalado en su obra Pasado y presente. Comenta irónicamente, que el hombre es un jugador por excelencia, que es capaz de construir para su diversión ciudades excéntricas, como por ejemplo Las Vegas, en donde los juegos de azar, la magia e irrealidad se conjugan o recordemos aquellas pequeñas ciudadelas de la fantasía infantil como Disneylandia, en donde, por cierto, no sólo los niños se divierten. Así es que, existen para los jóvenes y adultos una extensa gama de diversiones que van desde el fútbol hasta el billar, es decir, una infinidad de actividades que varían en emoción, riesgo y placer.
Sin embargo, hoy quizás como nunca, la sociedad moderna no escatima en proveer a niños y adultos de un caudal de actividades y espacios lúdicos, en donde se satisfacen las necesidades de jugar. Ante tales evidencias a nuestro alrededor, es difícil desligar la actividad del juego de las conductas principales del ser humano y por lo tanto de su esencia misma. Es sin duda un fenómeno que tiene muy poco tiempo de ser abordado con la debida rigurosidad. Las aportaciones vinieron de tres autores ya clásicos en el estudio de la psicología. Uno de ellos fue Sigmund Freud (1920), para quien el juego estaba relacionado con el principio del placer y los deseos inconscientes de la persona. El juego era el medio a través del cual el niño podía satisfacer y dar un cauce apropiado a sus deseos reprimidos y a sus miedos. No ajeno a la cuestión terapéutica, hay que decir que la repetición de las situaciones frustrantes durante el juego del niño representaría una manera de resolver sus conflictos y problemas originados en su interacción con la realidad, en donde rige, de acuerdo a Freud, el principio de la realidad.
En el mismo sentido de ideas E. Erikson (1950), continuó con el trabajo analítico al respecto, de tal suerte que consideró al juego como una función integradora del yo que intenta sincronizar los procesos corporales y sociales del niño. En el trabajo terapéutico a través del juego encontramos las valiosas contribuciones de Melanie Klein (1932), Anna Freud (1928), Virginia Axline (1947) y D. W. Winnicott (1971). Todas ellas innovadoras del análisis infantil que enriquecieron las ideas originales de Freud con sus propias investigaciones. Por otra parte a Jean Piaget se le debe una de las concepciones más completas, a la vez que debatida, sobre el juego infantil. Por ello es importante decir que el interés primordial de Piaget fue el estudio del desarrollo de la actividad cognoscitiva humana, desde el punto de vista genético y no el juego en sí. Así es que desde esta perspectiva, el juego representa una transposición simbólica que somete las cosas a la actividad propia, sin reglas ni limitaciones y con el único fin de experimentar el placer que se deriva de esa conducta donde, según Piaget, predomina el mecanismo de asimilación sobre el de acomodación, ya que el juego no tiene una función adaptativa al mundo exterior, es decir, no produce pensamiento sino que es una conducta que tiene un fin en sí misma.
Por otra parte, desde una postura contraria a la epistemología genética tenemos la propuesta histórico-cultural de los investigadores rusos L.S. Vygotsky y sus colaboradores Leontjew y Elkonin. Ellos ampliaron las investigaciones del juego infantil poniendo mucha atención en la etapa en la que el niño inicia su proceso de socialización, es decir, en la edad preescolar. Para Vygotsky, el juego responde primero a una necesidad de carácter afectivo–emocional del infante; sin embargo, entiende la actividad lúdica del niño más como una tarea que se orienta hacia el mundo real y la socialización que, como una actividad dominada por las fantasías, los deseos reprimidos o inconscientes del infante. Es así que en los requisitos psicológicos del juego, no son las situaciones imaginarias las que desencadenan al juego, sino lo contrario. Por otro lado, Elkonin (1980) señala que el contenido del juego está dado por lo que para el niño representa la actividad central de los adultos, sus actividades de trabajo y sus relaciones sociales. Entonces tenemos que para estos psicologos rusos, el juego responde a una necesidad social y colectiva, ya que es dentro de un grupo cultural y sus actividades sociales, donde el juego adquiere sentido y alcanza su finalidad. Es importante señalar que el juego surge al inicio de la vida infantil, primero como una actividad refleja e indiferenciada, de la misma forma instintiva como se da en otras especies; sin embargo, gradualmente y con la maduración de las habilidades sociales y cognitivas, el juego se va transformando en esquemas simbólicos más complejos, en donde la mediación social, por ejemplo los padres, propician la aparición del lenguaje y hacen posible un salto cualitativo entre la psicología animal y la humana del cual habla como lo ha señalado Vygotsky.
Sin embargo, la psicología parece que abandona el tema del juego una vez que explica su funcionamiento y sentido en la infancia. Es importante decir que hoy sabemos que gracias a las situaciones de interacción en torno al juego, los niños aprenden a dialogar y a negociar con los pares, lo cual repercute en su desarrollo cognitivo y social. El juego en este sentido, ha sido entendido como un mediador para el crecimiento intelectual del niño, pero cabría preguntarse cómo han entendido los educadores y padres de familia esa función y de qué manera la han plasmado en la práctica educativa y en las propias casas. Ahora bien, la actividad lúdica, no es privativa de los niños, sino que se extiende a la edad adulta y quizás decae en la vejez. Por ello, no es extraño pues, que otras disciplinas como la antropología, la sociología y aún la historia, recuperan el comportamiento y rituales lúdicos de los adultos con referencia a su cultura, factor fundamental del desarrollo humano por el que la psicología mostró escaso interés en sus estudios tradicionales.
Es por ello importante la reflexión sobre el papel que tiene el juego en la socialización del individuo y en su desarrollo adulto posterior, dependiendo del ambiente cultural al que pertenece. Ahora bien, para Stone (1986), hay ciertas actividades humanas de carácter simbólico cultural como los rituales, las ceremonias y el propio juego que parecen carecer de una significación funcional, es decir, si bien es cierto que tienen un sentido dentro de la cultura y la sociedad, no poseen una utilidad específica. Dentro de esta misma línea de ideas, Jean Duvignaud menciona que hay actividades, como la de jugar, que se escapan a la explicación reduccionista de la función: El discurso epistemológico funcional o estructural no cubre la totalidad de la experiencia humana, como tampoco la existencia en su diversidad infinita es reductible al lenguaje humano. Desde su perspectiva, el pensamiento moderno trata de mantener al margen y más aún, ignorar, las manifestaciones humanas que se relacionan con el azar, lo inesperado, lo discontinuo y el juego; según él, estas experiencias no tienen cabida en el mundo que intenta mantener una estructura coherente, de formas y comportamientos integrados a categorías.
Por otro lado, otros autores provenientes del campo de la antropología, sostienen que el juego es equiparable a un ritual que transgrede las normas y rompe los límites sociales, ya que remite fuertemente a la realización de un deseo socialmente inaceptable. Pero si bien es cierto que el juego despliega gran fuerza creativa, espontánea e inesperada, que se resiste a someterse a estructuras coherentes y del orden social-funcional, así como de lógica; también es evidente que gran parte de ese potencial lúdico emerge y se vierte en la sociedad por cauces aceptados y legitimados como es la expresión estética y cultural. El juego es por ello, como explicó Huizinga el origen de la cultura. El juego no es, después de todo, tan acción libre, ni tan incoherente, ni tan falto de sentido que nos provoque inquietud y desconcierto. Hay reglas, de acuerdo ccon Huizinga y Vygotsky, que rigen al juego, que le dan cierta forma, que lo caracterizan de una u otra manera y que le dan significado. ¿No parece pues contradictorio que ese juego reglamentado se oponga finalmente a lo que el mismo juego significa?
Me detengo un poquito aquí con este autor, que me aclaró algunas cuestiones de esta temática. Para Huizinga el juego es más viejo que la cultura; pues, por mucho que estrechemos el concepto de ésta, presupone siempre una sociedad humana, y los animales no han esperado a que el hombre les enseñé a jugar. Y es que desde esta perspectiva no es posible ignorar el juego. Casi todo lo abstracto se puede negar: el derecho, la belleza, la verdad, la bondad, el espíritu, los dioses. Lo serio se puede negar; el juego, no; por mandato no es juego, todo lo más una réplica por encargo, de un juego. Se trata de libertad. Con ella se relaciona directamente una segunda cuestión, el carácter desinteresado del juego. Este algo que no pertenece a la vida corriente. Una vez que se ha jugado permanece en el recuerdo como creación o como tesoro espiritual, es transmitido por tradición y puede ser repetido en cualquier momento, ya sea inmediatamente después de terminado, como un juego infantil, una partida de bolos, una carrera, o transcurrir del tiempo.

