Buscando sangre
El tema pandemia ha modificado la interpretación del mundo, desafortunadamente son muchos los efectos secundarios que ha dejado en las actividades cotidianas: en lo económico, en lo social y en lo personal.
La suma de todos estos factores ha dado como resultado una sociedad con una piel demasiado sensible, que por haber permanecido encerrada un largo periodo y por las condiciones adversas que se siguen presentando, ha encontrado en la autodefensa a ultranza un mecanismo de reacción que no está dando buenos resultados.
Esto ha significado una codificación personal que nos está llevando a una violencia que parece escalar paulatinamente; es tanta la frustración que algunas personas sienten, que encuentran en la agresión al otro una válvula de escape que, encima de todo, no satisface esa necesidad de venganza que sale a flor de piel.
Si a esa agresión latente le sumamos que las condiciones del país no son las mejores en este momento, porque es obvio que hay una escalada de precios innegable, no hay empleos suficientes y cuando los hay, están reprimido en salario, a la par de una política de seguridad francamente inexistente, el resultado es un caldo de cultivo en el que ante la menor provocación, ante la mínima percepción de que hay algo injusto en contra de mi o los míos, busco sangre a toda costa.
Las personas no están dispuestas a negociar, no están dispuestas a sentarse con su interlocutor para aclarar las diferencias; lo que está sucediendo se engloba en dos grandes escenarios: va la agresión por delante o se exige crucificar a quien considero culpable.
En el primer supuesto, las personas organizan su discurso con insultos, descalificaciones, adjetivos y malas maneras, antes que analizar, evaluar, discutir o negociar para encontrar una salida a un posible diferendo. La postura suele ser o haces lo que yo quiero o estás mal, si no estás conmigo, estás en mi contra.
En el segundo, las personas sobredimensionan cualquier conflicto, poniendo de su cosecha para hacerlo ver como la falta más grande del universo, en ese tenor, exigen a las autoridades que castiguen al de enfrente sin mediar juicio de por medio; llegando al punto de externar que una disculpa no es suficiente. Dicho de otra manera, no buscan justicia, buscan revancha y esa frontera puede resultar muy peligrosa.
El número de agresiones físicas aumenta de manera exponencial; es común ver que en incidentes de tránsito menores, alguno de los conductores baja como energúmeno, y sin palabra de por medio se va con todo con el tercero en discordia, cuando quizás este estaba dispuesto a resarcir el daño. En el mismo contexto, personas que aún con la aceptación de culpa del otro conductor, y con el compromiso de que un seguro hará las reparaciones correspondientes, se enfurecen porque no se las resuelve en ese preciso momento.
Las que ponen las reglas de funcionamiento son las instituciones, no las personas y los protocolos deben respetarse; estamos en el punto en que las personas exigen por el placer de hacerlo, más por un tema de ego que por una solución real.
Hay mucho pato tirándole a las escopetas y con un deseo de vendetta que les aniquila la razón.
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