Sin escrúpulos

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Las imágenes son contundentes, un pequeño se encontraba disfrutando de un domingo como muchos otros en un establecimiento en la colonia Roma cuando, de la nada, un individuo le arroja una piedra en la cabeza.

El adjetivo que pensemos, cinismo, desvergüenza, locura, rencor y otros muchos que por decencia no escribo en este momento, se quedan cortos. ¿Qué pasa por la cabeza de un ser humano para actuar tan cobardemente?

Encontrar una respuesta parece un misterio sin resolver, pero es claro que cada vez más aceptamos conductas inapropiadas, fuera de la ética, al grado de normalizar hechos que otrora serían causa de reclusorio.  Resulta fácil andar por la vida sin escrúpulos.

Esta vacilación por aquello que es aceptable o no, esa tergiversación de conceptos y acciones para salirme siempre con la mía o para evadir cualquier responsabilidad, es tan cotidiana, tan vigente que todo acaba en una encantadora simulación que, entre otras cosas, concluye en tragedias como la de este pequeño.

Encima de todo, quienes actúan de esa manera se convencen de que son más chingones que los demás y construyen un caparazón de valemadrina que les hace inmunes a las críticas o puntos de vista divergentes.

Asumo que invadir el carril del Metrobus es permitido y con toda confianza lo hago, en la conciencia de que si hay un accidente, la culpa será del otro por no darse cuenta de que sólo estaba buscando llegar más temprano.

Considero que si me meto en una fila, lo único que estoy haciendo es acelerar el tiempo de atención para mi persona, lo cual es mi legítimo derecho; si la gente me reclama, no tendré más remedio que recordarles que son muy lentos y que la vida, de los vivos.

Muchos caballeros están en la lógica de que limitar o lastimar a una dama no es, en lo absoluto, una conducta inapropiada; tienen la convicción y certeza de que es necesario para dejar en claro quién es el que manda en una relación.  Si la sociedad los critica, pues que ignorancia, además, es un asunto personal y en tanto lo es nadie tiene el derecho de opinar al respecto.

Y de esta manera, muchas más personas de lo que quisiéramos, en el entendimiento de que mientras yo esté convencido de que no estoy haciendo nada malo, puedo dormir tranquilo y sin remordimientos.

Atravesamos una crisis ética y moral, un importante grueso de la población del mundo está satisfecha con su proceder y no alcanza a comprender que esas pequeñas acciones llenas de incongruencia quedan presentes en el imaginario colectivo y tarde que temprano, cobrarán factura a un costo que imposibilita su pago sin dolor.

Quizás eso hizo suponer al agresor que no pasaría nada por tan artera agresión; ¿Cuántas veces más lo habrá hecho?, ¿Cuántas personas le habrán indicado que esa no era la forma de comportarse?, ¿En cuántas oportunidades habrá supuesto que era intocable?

Si como sociedad seguimos guardando silencio, el costo para nuestros hijos será monumental.

horroreseducativos@hotmail.com