“La tarde es el refugio”
Todo libro guarda un origen y una historia propia, cuando ha pasado el tiempo, se justifica por lo que es, se reinscribe en la historia, se vuelve de hoy. Todo conforme a quien lo ha escrito, cuando se produce un libro como éste, se confiesa que es un acontecimiento, en sí, un libro lo es, objeto manual, en su forma vertical, el libro se presenta a sí mismo, cada lectura le va a dar cuerpo y va quedando en el recuerdo palpable, encontrará refugio en los lectores, eco en otros poetas. Así un comentario sólo lo desdoblará, especialmente este libro cristalino y de tanta franqueza como La tarde es el refugio de Dionicio Munguía –Toluca, México, Ed. La Comuna Girondo. Col. Cuadernos Verticales No. 1–
Profusión de momentos en la que se le da forma a la emoción del amor de un hijo por su madre en todo su gama de esplendores: Cada día es tuyo,/tiempo necesitado de cariño que se alterna con la nostalgia,/ rumbo fijo en el destino de tu vientre, espalda corroída por el sol, dice al sentir la presencia femenina de la figura de la Madre y libre de adornos innecesarios, el poema llegará a revelarnos la identidad de esta Madre y el canto del hijo poeta. ¿Cómo hablar de ti, madre, sin caer en el sentimiento/ ¿Cómo decir lo que tengo guardado en el corazón?/ El autor se desdibuja y sutilmente el poeta adquiere su puesto vigía: ¿Cómo destruir la imagen forjada en muchos amaneceres no contemplados? ¿Cómo alimentar una tristeza futura, el desaliento ante tu partida, ese dolor de no tenerte?
No quiero pensar en las hojas destruidas que se quedaron abandonadas en la papelera ni en las imágenes que no construí para ti, el borrador frustrado de tu rostro, la violenta soledad de tu mirada, la ternura surcando tus arrugas con la misma con que acostumbras regañar.
En una puesta en escena de los territorios propios, el nombre de las cosas, la ley natural, se imponen sobre la vista del que observa: El día empieza cuando tu trajinar se transforma en agua corriendo, liquido de sorpresas, juego del escondite que va llenando el mediodía con las baladas de moda./Despierto por la inercia de tus manos en el lavadero,/de tus pequeños pies cruzando el patio, de tu mirada seria acariciando la ropa, orgullosa mujer que de pronto, un día, los años se te vienen encima sin pensarlo.
Los actos por los que se establecen las familias, las declaraciones, inevitablemente se van oponiendo a lo efímero: Eres aroma de cocina en el monte, brisa fresca cayendo en el mar, remolino de frío que surca los pinos mientras sus dedos colocan hilos delgados en las ramas más bajas. Esto es a lo que deben parecerse las fotografías detenidas en el tiempo
Declaración del amor filial, fraterno, de sangre: Hoy la casa tiene otro sonido, ya no el clac clac del pedal sobre el piso, ni la conversación monótona del televisor, ni los sueños errabundos de mi padre, ni la sonrisa ingenua de mi hermana.
Fantasmas de otros, cercanos, más bellos que en la añoranza, Pequeñas monarquías de los reinos familiares indagamos en el corazón de cada uno esperando hallar lo que nunca sentimos, lo que ocultamos en la mirada, lo que quisimos decir y se fue quedando, como todas las cosas viejas, en el fondo de una caja.
Plegar la lectura a un análisis es perderse el privilegio de viajar por estos paisajes de amaneceres, atardeceres, noches de fantasmas cotidianos; La casa tiene el silencio de la calma, ese sonido pausado de los pies arrastrándose en busca de un lecho, de una almohada, de un corazón compartido en cuarenta años de amaneceres violentos en un autobús,
La intención, la extensión de la obra la va marcando el paso de los días, la ausencia no reduce la libertad del sujeto poético, es una entidad observadora, como decía, una puesta de escena de sí mismo Tengo miedo/Miedo de despertar en una pesadilla/ y no poder escribir este poema./
Miedo de perder la conciencia entre las brumas/ de un silencio que me acosa, despiadado/ cuando las hojas de los árboles caen en el jardín y yo las contemplo, sencillo, triste;/
Modestia del amor ante la grandeza de la persona a quien se ama, Un amor que marca a todos de manera constante Eres diosa renaciendo en el amanecer, flor minúscula que brota desesperada, fruto dulce de la tierra, agua de manantial./Eres mujer atardeciendo en los días, sombra perpetua,
El poeta, en posesión de las cosas que ha dicho, carga de sentido a los objetos, las calles, los artículos de la casa Hoy, el sillón contempla desvaído la soledad de la tarde enmedio de la tormenta, el silencio de los árboles, el golpeteo de la lluvia en la cantera,/la suave cortina que nubla la visión de la ciudad./La máquina descansa frágil, tibia,/
Un libro es más que la unión de sus poemas, como convoqué anteriormente, se vuelve un acontecimiento, a veces imperceptible. Se fragmenta, se repite, vuelve a los sitios mientras la tarde se funde en el horizonte con el sonido de los colores estallando en el cielo, esa máscara de luces, ese ulular de aves vagabundas.
Las batallas de la infancia, las heridas o caricias de los padres, vestigios, coyunturas, escenas de la vida que uno asume como respetables No es posible, ya lo sé, pero sigo necio intentando acomodar mi realidad/ la que tú mostraste aquella vez al nacer Cristina, o fortaleza débil ante la muerte del segundo, o la alegría constante por Hortensia, y María, y Lauro, y Alejandro y yo. Y fuimos todos y ninguno. Y estuvimos todos y ninguno. Y seguimos todos y ninguno.
La reedición de un nuevo libro lo hace renacer sin sepultar al que le dio origen, reserva secreta de su novedad. Un libro se hace notar para reinscribir el pasado en el presente, los acontecimientos a los que concierne se convierten en verdadera ley, riqueza de lo inadvertido. Quedan todas las cosas que se han dicho de Ella. Los vínculos que nos unen a nuestra madre son indisolubles, se mantienen por supuesto, a lo largo de la vida, relación estrecha cual debe ser, pero, cuando ya no existen viajes para pasar con ella el tiempo y la honda preocupación de su ausencia, nos hace recordar el tiempo Mientras la madre tiene salud, y las conversaciones con la sabiduría que sale por la boca de Ella como una cosecha, fortaleza y decisión que uno admira de su Madre.
Las tragedias sacuden a las familias, pero reconforta la poesía de Dionicio Munguía y su reposado comprender del curso de la naturaleza y los ciclos etáreos, de la dureza de los instantes que se van, la rama que se desgaja, el añorado descanso del sufrir.

