Y AHORA ¿QUÉ PODRÁ SALVARNOS?

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Típica pregunta de reencuentro y café :

– ¿Y, qué haces?

  • Creo(del verbo CREAR)

– Ah, ya, si, pero…¿en qué rubro estás?

(Vamos que yo también CREO, todos lo hacemos ¿verdad?)

– Soy Creativa– enteramos al otro; desmesuramos los ojos y nos repantigamos en el término que, abandona su condición de adjetivo para convertirse en la descripción de nuestro mundo, aquel donde TODO LO HACEMOS POSIBLE.

Tiempo atrás, la palabra Creativo mitificaba a una especie de héroe, capaz de salir airoso de la más enrevesada situación, con la simple ayuda de su ingenio y aquella suerte de aura sagrada que elevaba su estatus por encima de otros mortales, menos avituallados.

Científicos, maestros, artistas, estrategas y demás humanos -entregados a la tarea intelectual- hemos sido comúnmente acusados de consentir un ego subido de peso y apropiarnos de un calificativo que, en realidad, calza perfectamente a cualquiera.

¡TODOS SOMOS CREATIVOS!, proclaman a gritos, las redes sociales, los medios, el collective soul y todo aquel interesado en aplicar al título. Y tienen razón. Aquella herramienta invisible, poderosa, endiosante, rompe barreras y elabora circuitos, ahora, en un inmenso cerebro común. Para hacer más incómodo el banquillo de acusados, la revolución de la información nos concientiza de que sólo podemos crear, al combinar elementos en los que han intervenido antes las mentes que les dieron génesis. La voz del defensor presentaría un argumento contundente: el talento creativo se desarrolla con mejor salud, a través del ejercicio comunitario.

Lala Deheinzelin, especialista brasileña en Economía Creativa, afirma que asistimos a un cambio de época desde una economía tradicional, centrada durante siglos, en lo tangible: petróleo, tierra, oro y otros productos finitos que generan un modelo de competición; hacia una economía creativa, organizada en torno a lo intangible –conocimiento, cultura, creatividad– bienes que se multiplican con el uso y promueven nuevos modelos: la colaboración y la exteligencia (suma de inteligencias individuales, que forman el capital  cultural, puesto al servicio de la innovación). Lo tangible progresa en forma lineal, por ejemplo: una fruta + una fruta, son dos frutas. De otro lado, lo intangible crece en modo exponencial: tu conocimiento + mi conocimiento, no dará como resultado una suma sino que se multiplicará porque la sinergia, crea nuevos conocimientos, riqueza y calidad de vida.

La Colaboración, no es pasajera, ni es sectorial, es evolución y es orgánica, como las empresas, al estar conformadas por personas. La revolución cultural nace desde la transformación personal y avanza, como el Nilo, fertilizando el valle empresarial. También, tiene su distopía en el sobrepeso del creativo-héroe: el hecho de reconocer, que somos parte del proceso y no el autor, nos empuja del tablón del barco, al mar; ya que el valor del creativo, en la calle, siempre ha sido su carpeta y la motivación más potente para un ser humano, es sentir orgullo por lo que hace. ¡Ser autor es un privilegio al que cuesta renunciar! Comoquiera, las tendencias de este siglo, han llevado la idea de autor, del solipsismo -que lo filtra todo desde el yo- al consenso.

 

Es una cuestión de economía: el tiempo y recursos utilizados para competir internamente, se diluyen mientras que, la colaboración, genera rentabilidad, satisfacción y posibilidades.

Pero, ¿por qué renunciar a ser el autor? Apagar la propia luz, no beneficia al mundo, que requiere nuestra mejor versión para construir una sociedad de protagonistas. Por supuesto, con la humildad como aliada. Dice el diccionario, sobre la palabra Humildad: virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Es una definición práctica porque habla de conocimiento y acción, de aprendizaje, de superación, de reconocer, abrir los sentidos y aceptar el aporte del otro y así, seguir tejiendo la red con hilos de mejor calidad; la humildad es un rasgo de inteligencia que nos mantiene atentos a cualquier experiencia -propia o ajena- que podamos validar como insumo para ampliar nuestras posibilidades, para innovar.

Innovar, implica un proceso de conservación y reinvención, no significa eliminar lo que funciona sino actualizar recursos y desarrollar nuevas competencias, que empoderen a los equipos para afrontar desafíos, en forma ágil. Un líder innovador, siente las cosquillas disruptivas de este siglo y propicia el cambio: lo provoca en las personas, propone modelos mentales flexibles, nuevas formas de hacer las cosas, nuevos espacios de conversación y cocreación. Potenciado por el sistema colaborativo, el valor agregado del individuo aumenta: compartir crea valor.

Por ejemplo, si equipo decide fabricar un puente y Fulano se dedica, en solitario, a confeccionar los cimientos; Mengano, los pilares; Zutano los estribos; Perencejo, la plataforma y luego, pretenden reunirse para juntarlo todo, el puente -con seguridad- se caerá. Aquí, hubo trabajo individual con piezas de lujo pero sin coordinación entre las partes y no hay garantía de que funcionará. La innovación, acorta la brecha entre las decisiones de los directivos y las ideas -producidas por personas- para llevarlas a cabo en forma eficaz.

¿Podremos salvarnos? La buena salud de una empresa y su futuro dependen de su capacidad de innovación. Si generamos la indispensable cultura creativa que nos permita prosperar en un mundo redárquico y cambiante, a nivel personal y empresarial, lo haremos. La cultura creativa es el tejido conectivo, la nueva piel del mundo ¡nos mantendrá a flote!

Hace varios años, un directivo de mercadotecnia, con el que tuve la suerte de iniciar mi camino en el clienting –experiencia de cliente-, solía preguntarnos: “¿Gallo o Gallina?”. Por suerte, Marty McFly, no estaba en el equipo y todos respondíamos, invariablemente: “¡Gallina!”. Ante la sorpresa de los novatos, Alfredo Castillo, explicaba -sonriente- que si bien, el gallo se involucra con el huevo, es la gallina quien se compromete; el huevo era el objetivo de campaña. El compromiso de las personas, es vital para encender la mecha.

El intercambio enriquece y la creación colaborativa te reta, divierte y te vincula a la gran mente universal, que es el producto de todas las autorías.

Si, la misma colaboración que un día nos sacó de las cavernas, nos hace parte de un proceso en el que la integración, es sinónimo de civilización y del que no existe regreso … sin gloria.

Y hacia allá apunta la proa del Siglo XXI.

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FE DE ERRATAS

 

Por un error involuntario, la semana anterior, fue publicada en esta columna INSTRUCCIONES PARA DAR UN ABRAZO https://poderedomex.com/instrucciones-para-dar-un-abrazo/, la expresión de motu propio, siendo Motu Proprio, la grafía correcta.