País peligroso
Cuando el hacer tu trabajo resulta un riesgo, algo malo está pasando; cuando los argumentos utilizados atentan contra el sentido común, algo malo está pasando; cuando no hay cabida para la ética en el comportamiento humano, algo terrible está pasando.
Las tres cosas, de manera aislada o conjunta, han sido una constante en los últimos meses; México resulta un espacio de alto riesgo para ejercer el periodismo, es inconcebible que tengamos más bajas en el gremio que países como Ucrania que están sumidos en un conflicto bélico desde hace más de un año, el cobarde ataque a Ciro Gómez Leyva es una muestra visible de las muchas tantas que no lo son y que no tienen un final tan positivo dentro de la malignidad del tema. ¿Hasta cuando habremos de seguir permitiendo que comunicadores sigan perdiendo la vida por exponer la realidad de lo que cubren?
Toda proporción guardada, en los espacios educativos se replican situaciones cada vez más intolerantes; ser profesor en estos tiempos significa tener que lidiar con padres de familia, autoridades y toda una sociedad que está a la caza de cualquier argumento (yo diría pretexto) para buscar, no quien la haga, sino quien la pague. Generaciones de progenitores que no quieren que a sus hijos los toque ni una hoja que cae en el otoño, capaces de amedrentar a profesores acusándoles de lo que se les ocurre. En esa lógica, autoridades que lejos de apoyar a sus agremiados, dan la razón a los quejosos y les obligan a pedir disculpas sobre situaciones que resultan flagrantes de las normas y reglamentos institucionales.
El verdadero peligro consiste en acostumbrar a estos jóvenes estudiantes a salirse con la suya siempre, en tanto hay un adulto que legitima todo lo que hacen; esos mismos estudiantes se convertirán en agresores ante su incapacidad para tolerar la frustración.
¿Y qué nos dice la autoridad?, nada, absolutamente nada. Pareciera que ir en contra de los valores más elementales es el pan de todos los días; si alguien se cruza con la luz en rojo, no pasa nada; si alguien revende boletos al quíntuple de su costo en las narices de la autoridad, no pasa nada; si una figura pública, abiertamente reconoce que roba, pero poquito, no pasa nada. Esa inacción favorece y empodera a los grupos criminales, quienes, ante la ausencia del Estado, asumen el control de los espacios con los riesgos que eso conlleva.
Urge una concepción ética de las cosas, entendida como ese deber ser en los diferentes contextos; sin valores no hay orden, sin orden no hay interacción sana, sin una interacción sana no hay armonía, sin armonía llegamos a lo que nos toca vivenciar todos los días: muertes, asaltos, fraudes, agresiones, crímenes, por citar tan solo algunos.
Es cierto, somos un país peligroso en muchos sentidos, pero todo ha sido consecuencia de una postura permisiva de todos, quienes hemos preferido guardar silencio y hacernos cómplices con nuestra inacción.
De nada sirve quejarnos si no estamos dispuestos a tomar el toro por los cuernos y asumir una postura distinta, la que sea, pero que busque modificar las cosas.
Nosotros mismos nos hemos puesto las trampas, ¿cómo saldremos de ellas? Interesante pregunta.
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