CRONIQUILLAS DE UN BARRIO
Las crónicas del profesor Mosquito están llenas de anécdotas. Me imagino en su larga vida como periodista que día por día pudo recopilar estos sucesos de lo humano y, convertirlo, en un momento chusco que nos da aprendizaje en sí. No hay ser humano más feliz que aquél que en todo encuentra motivo de risa. De ello está pleno Alfonso Sánchez García, y por ello, nos encantó estar cerca buscando los momentos en que, por fin, estaba solo: para platicar de todo y de nada, como se dice. Puedo escribir de don Poncho, pues era el hombre de las anécdotas, sin que eso demerite, la idea del Cronista por excelencia que fue. Hay que recurrir a sus libros de San Juan Chiquito, Toluca del chorizo, en Escritos literarios del profesor Mosquito, o los libros con tema político: El círculo rojinegro y Ocaso y fin del Círculo rojinegro, para encontrar pergeñando sus letras simples y profundas, enseñanzas para comprender cuánto en su vida se río de lo que le acontecía a diario. Es; sin embargo, el texto de su Barrio Chiquito el que nos da más luces al respecto: relatar vivencias que a veces caen en la irrealidad, cito un ejemplo: Casi contigua al templo de trabajo de mis maestros, estaba una gran sala y ahí el personaje impresionante, Ponchito estaba paralítico y casi loco. Creo que contribuyó en parte a formar el templo huraño de Lolita, porque ella era la encargada de atenderlo. Vivió muchos años, pero muy mal. Siempre nos pareció que ya hasta olía feo.
La de “Ponchito” fue una de esas desgracias que nuestra imaginación infantil no pudo desentrañar nunca. Bendita memoria para aquel ser humano que es capaz de recordar detalles ciertos de su infancia. Que es capaz de recordar su primer año que no se olvida, ni se deja. La memoria de don Poncho fue siempre privilegiada. En mis charlas con él me deslumbraba con datos, nombres, fechas o hechos de tal manera que hoy me recuerda la tradición cierta de la humanidad en el cronista que es sobre todo una expresión del mundo oral. Que desde Juan Gutenberg y la difusión por medio de la prensa de los libros en Europa y para el mundo. Lo oral y escrito en el Cronista es un escenario de gemelos, de siameses que no debemos olvidar. Lo oral y lo verbal se complementan. Por ello es que la Biblia se convierte en el libro de los libros para la cultura cristiana o El Corán, lo es para el mundo musulmán.
San Juan Chiquito en la memoria. Hoy escrito que nos da prueba de su verdad, de la sinceridad que por solo una vez se da, al sobrevivir desde 1976 al paso del tiempo. Tiempo que es angustia del Cronista que desea aferrarlo antes de que se vaya, en río que transcurre para no volver nunca más. Si recordamos en estos tiempos la comunidad de Nepantla, municipio de Tepetlixpa, es por la Décima Musa, Sor Juana Inés de la Cruz, que pensamos en ella. Los toluqueños, haremos bien en recordar que Toluca brilla a principios del siglo XIX, por el paso de José María Heredia, Ignacio Ramírez El Nigromante, Ignacio Manuel Altamirano o Felipe Sánchez Solís. Ahora que estudiamos a la ciudad del siglo XX, es por el paso de personajes como: Laura Méndez de Cuenca, Andrés Molina Enríquez, Isidro Fabela Alfaro, Narciso Bassols, Horacio Zúñiga, Gustavo Baz Prada, Enrique Carniado, y José Luis Álamo, entre otros. Ellos dan lustre a la ciudad en la que nacen o por la que pasan dejando huella.
En sus cuitas, don Poncho, recuerda que el cronista o escritor, es capaz de cantar las cosas de que se hace el patrimonio cultural de la urbe, que va naciendo a duras penas en la parte más alta del México independiente. El Cronista cuenta: Fue David quien me enseñó a matar pájaros con resortera, quien me defendía de los muchachos mayores en el colegio; David se jugaba mis canicas y compartía piadosamente mis domingos. Con él exploré los cerros y me fumé los primeros cigarros. Estábamos todo el tiempo juntos; pero todos los días me contaba una pavorosa aventura que le había sucedido la tarde anterior. Un día me pidió una navaja “Guillete” para arreglarse los primeros bigotes. Entonces me relató algo acerca de las muchachas que me fascinó. El verdadero Cronista es una esponja para el cual todos los días es motivo de aprendizaje. Es el niño que nunca acepta dejar esa mentalidad del preguntón. Pregunta en voz alta y lo hace en silencio: ¿Cómo es que David me cuenta sobre muchachas a las que yo veo como cosa normal en la cotidianidad de las horas en vigilia?: ¿De qué están hechas, perfumes y formas, que tanto fascinan a mi querido amigo?… El tiempo cercano le ha de dar respuestas concretas y palabras al querido profesor Mosquito. En ellas ha de encontrar su lenguaje poético.
Croniquillas, dice que son lo que cuenta: Es preciso meterse, con los pies descalzos y el alma limpia, por el sensacional camino del recuerdo y exprimirle a la memoria toda su sustancia, para comprender que en verdad uno también pudo ser niño. Pero así fue ¡Ni remedio! David y yo, pasábamos el día echados sobre las ramas del viejo pirú. Podía decir que soñábamos, pero no. Lo que en realidad hacíamos era golfear, haraganear y dialogar tonterías. Cuántas veces viene a la mente este tipo de experiencias en infancia y adolescencia. Cómo no recordar todas las veces en que desde el árbol de La Mora, ubicado afuera de la recién nombrada Universidad Autónoma del Estado de México, veíamos el hormiguero de estudiantes andar de un lado a otro; aquellos tiempos en que la calle actual llamada Valentín Gómez Farías, tenía el nombre del cubano-mexicano, poeta y educador José María Heredia. Calle donde nací y viví mi infancia y hasta la juventud al cumplir los 22 años, en que salí a vivir en la colonia de Izcalli-Toluca. Sí, la calle Heredia, y la vecindad en el número 36 (hoy Valentín Gómez Farías número 410), es lugar que recuerdo; en años de ilusiones y accidentes por doquier. Jugar en la calle al futbol era nuestro placer: como locos y destrampados brincábamos hacia la banqueta, ante la llegada ruidosa del motor y, por el sonido del claxon desesperado del autobús de la ruta Independencia-Colón. Toda esa cuadra, entre Villada, Heredia, Bravo y Galeana, eran nuestro microcosmos: más allá, era ir de excursión por la ciudad limpia en aquél entonces, libre de todo smog y ruido urbano: hoy es pesadilla por el tráfico que arruina aire, tierra y agua en nuestra vida cotidiana.
Croniquillas, de eso se hace la vida. Amor al medio ambiente para hacer comparación entre pasado y presente, cuenta: Alternaban, necesariamente, la afición desmedida por el trompo o por las canicas, o por la “puya y el teco”, juego que consistía en sacar de un círculo monedas o corcholatas con una tapa de hule de zapato. Cuando la chiquillada decía: “A jugar el trompo”, todo mundo se ponía a jugar el trompo. Al llegar las aguas eran desenterrados los zancos, entre otras cosas porque nuestras calles, aún no pavimentadas, se llenaban de pavorosos charcos durante la temporada húmeda. Otros tiempos. Hoy nuevas tecnologías dicen que lo de ayer fue sueño que vivimos, y que no hay que creer al Cronista que se atreve a dibujar o pintar con palabras y letras lo que sucede en década de los treinta del siglo XX. Eso ya pasó y no debe importar. Ahora el jugar se hace por medio de pantallas electrónicas y, es difícil, que sucedan peleas de vecindad. Que pandillas se enfrenten por no permitir que muchachas de una calle anden con los de más arriba: odiados eran aquellos que se aventuraban a meterse con las adolescentes, corretizas a los atrevidos se sucedían una y otra vez. Las calles se armaban de peleas cotidianas. El foro ideal cuando se trataba de no interrumpir el poco tráfico que había en aquél entonces, se cambiaba a La Alameda: donde pandilla contra pandilla ponía a su gallo favorito —adolescente desarrapado contra hijo de papá— para enfrentarse uno a uno. Famosos en década de los sesenta, pandilla de jóvenes llamados Los Intocables: protegidos de padres ricos y de políticos de la ciudad. Los fifis hallaban su némesis en los Vampiros de la UAEM: estudiantes de clase media que no se dejan de los soberbios privilegiados.
