3 El contexto de Pamela

Views: 900

A diferencia de Iker; Pamela y su familia continuaron su vida en Barcelona. Su piso se ubicaba en el Barrio Gótico de Barcelona, dicho conjunto recibía el nombre de Ramblas Clock Escuellers. La familia de aquella niña, al igual que la de su rival era de tres integrantes: ella y sus padres. Su madre Julia, era muy parecida a la chica, con la excepción de que esta era más alta. Su padre Fernando era un hombre calvo, con una gran barba, de piel blanca y rasgos finos, era de mediana estatura, ni tan alto, ni tan bajo.

El piso era de seis habitaciones (tres recámaras, cocina, comedor y sala) y tres baños. Las paredes y fachada eran de diversos colores cálidos, que le daban mayor comodidad al hogar. Fernando era un hombre de negocios, por lo que la mayoría del tiempo solía estar fuera de casa. Por la misma cuestión, su madre se convirtió en su mejor amiga, a quien podía contarle todo tipo de secretos, anécdotas, etc. La dorsal diez de las inferiores del Barcelona, fue muy feliz dentro de su infancia.

A diferencia de su rival ella se olvidó muy pronto de él; se podría decir que tenía memoria de teflón. El último recuerdo que se quedó, o mejor dicho que tuvo de Iker, fue el mismo día en que se conocieron, ni habían pasado ni cinco minutos desde que ambos niños se despidieron:

—¿Quién es ese chiquillo del que te has despedido mi niña? —preguntó su padre hacia la pequeña de cuatro años.

—No me sé su nombre padre —respondió Pamela con tristeza.

—Acuérdate cariño, se llama Iker —intervino su madre sonriéndole.

—Sí, es cierto, se llama Iker —mencionó la niña cambiando su cara por una gran sonrisa—. Hoy no me ha dejado más que hacer dos goles. No me dejaba moverme padre —agregó la chica con una, dos o tres pecas.

—De seguro te han puesto marca personal por tus habilidades —comentó Fernando casi alardeando—. ¿Quién quiere un helado para celebrar la victoria? —añadió.

— Yo quiero —contestó la pequeña.

A partir de ese momento, en su mente jamás volvió a pasar el nombre de Iker y le ha dejado en sus memorias perdidas.

Poco a poco a base de entrenamiento esa niña se convirtió en la mejor de su categoría y eso que apenas iba a cumplir los cinco años. La número diez de las inferiores blaugranas soñaba en convertirse en jugadora profesional. Mientras alimentaba esta aspiración entró a uno de los colegios más prestigiosos de Barcelona. En ese instituto estuvo desde primero de primaria. La niña de múltiples pecas ya empezaba a crecer algunos centímetros, habían pasado dos años después de la bailada que le dio al central de los periquitos.

Este recinto quedaba a unos treinta minutos de su casa, por lo que casi nunca llegaba tarde; aparte de tener una mamá muy exigente. La condición para jugar este hermoso deporte era mantener calificaciones altas y ser de las mejores de su grupo. En su colegio había grandes canchas de diferentes deportes. Existía una competitividad deportiva nata, tanto que sus equipos representativos eran casi filiales de primera y segunda división. También tenía talleres culturales para la música, teatro y pintura; al igual que cierta multiculturalidad, aparte del español y el catalán, se llevaban clases de alemán e inglés.

Los años pasaron, estaba por entrar al quinto grado, solo dos más y pasaría al nivel de educación secundario. Pamela creció unos trece centímetros y su rostro se cubrió de más pecas, las cuales la hacían una niña muy atractiva y poco común. Sus habilidades futbolísticas se habían hecho casi perfectas: no existía finta que no pudiera realizar, sus dos piernas eran igual de potentes a la hora de los pases y especialmente en los tiros; era una jugadora completa.

Sin embargo, con su destreza futbolista, hacía todo por su cuenta, importando poco sus compañeros de equipo. Se había hecho toda una individualista, una de muchos más que existen en este deporte, por lo que en este transcurso de tiempo recibió varios regaños. Ella pensaba que si no fuera por sus goles, ninguno de sus equipos ganaría. Antes de querer asistir siempre buscaba llevarse a todos.