DE BRUTOS, ACHORADOS Y MAL LLAMADOS TIBIOS
Los sensatos, los que no están en ninguno de los dos extremos,
son más bien escasos, desgraciadamente.
El ojo de Eva (1995), Karin Fossum
Me han bloqueado en la red del pájaro azul. Es mi primera vez. Hace unos días, llamó mi atención el trino de un periodista que, enardecido, invitaba a la prensa peruana, a tomar partido por alguno de los dos extremos que hoy, polarizan al Perú y a …no esconderse cobardemente en la objetividad. Quedé confundida, porque tengo claro que la objetividad es un pilar de la ética de un periodista. Pensé que quizá mi comprensión lectora acusaba problemas; después de todo, es un mal de nuestro tiempo y por ello, mi contagio con ese virus cabía en lo posible. No está bien pasear los virus por ahí, por lo que me animé a preguntarle si la publicación iba en serio. Su respuesta fue el bloqueo. De lo cual, entiendo que: a) sí, iba en serio, b) no le gustó mi pregunta, o c) lo interpreté mal y me bloqueó, en efecto, por mi mala comprensión lectora. Somos seres interpretativos, cada uno analiza los hechos, palabras y actitudes ajenas según sus recursos personales (educación, juicio, transigencia, etc.) y la naturaleza de su mirada; así que voy a decantarme por la tercera opción. Lo haré porque soy uno de esos trillos que se empeñan en separar la paja del grano en las intenciones de las personas, uno de esos arcos en tensión que describía Nietszche, cuya razón se adormece al anclarse en algún extremo; y también, porque soy parte –lo confieso– de la especie más perseguida en esta crisis sociopolítica: los mal llamados tibios.
¡Malditos sean los tibios! ha escrito Rosa Montero. Motivada por un video donde un hombre agrede a una mujer, en un ascensor, a vista y paciencia de gente que sube y baja sin despeinarse. Hasta que ¡por fin! una de 53 personas, conmina al hombre a detenerse, bajo amenaza de llamar a la policía. Empatizo con la señora Montero. Considero imposible observar tan terrible experimento social, sin indignarse. Ella asegura que el mal se expande por culpa de los tibios de corazón. Si bien comparto su malestar y su apego al compromiso apasionado, discrepo con ella en la elección del término tibio para referirse a los indiferentes. Al que no conmueve el mal ajeno, le tocaría ser frío de corazón, no un tibio. Cuando en la Biblia se maldice a los tibios por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca, se habla en términos de fe. De hecho, sería absurdo suponer que Jesús exaltara a los fríos de corazón (impíos). La interpretación que cada quien da a rimas, refranes y citas suele ser más clara cuando se revisa el contexto correspondiente. Esto tampoco garantiza la precisión, pero intentemos acercarnos a ella.
Veamos. El libro del Apocalipsis, reúne las cartas que Juan (por inspiración de Jesús) dirige a las siete iglesias de Anatolia: Ap 3:14-19: Y escribe a la iglesia en Laodicea…Yo sé lo que vales, no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses lo uno o lo otro! Por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Tú piensas: soy rico, tengo de todo, nada me falta. ¿No ves cómo eres un infeliz, un pobre, un ciego, un desnudo que merece compasión? Te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. La frase resaltada corresponde a una carta para la iglesia de Laodicea, una próspera metrópoli con gran actividad bancaria, textiles famosos y un colirio que mejoraba la vista. Laodicea estaba en el camino de dos ríos, uno traía las curativas aguas termales de Hiérapolis y otro, las refrescantes aguas frías de los nevados de Colosa; las fuentes de Laodicea recibían el agua de la primera, rica en calcio y sedimento, que llegaba tibia a la ciudad y por lo antes explicado, no era potable: de allí, la analogía en la carta para describir a la ciudad. Al leer la carta completa notamos que la tibieza, refiere a la inconsistencia de una iglesia que acepta la ley divina, pero la desprecia; que siente orgullo de su riqueza material, pero es inútil en la fe. A ellos, Jesús les dice que serán expulsados de su boca tal como el agua tibia estéril y de propiedades vomitivas, que bebían.
Extrapolando este ejemplo a nuestra sociedad, tibio es quien reniega de actos que, no obstante, protagoniza; quien acomoda su conducta según convenga a su interés y hace de lado sus principios; quien ofrece algo y no lo cumple. La tibieza, aquí, no se relaciona con la temperatura de los ánimos sino con la inconsistencia y la hipocresía. Los llamo, gente flan. Volviendo al experimento del ascensor, referido más arriba, un tibio vendría a ser la mujer que pidió al agresor y a la agredida que esperaran a que ella no estuviera presente, para continuar. Ella no exhibió la frialdad de un indiferente, no sintió el calor de un miedo visceral ante el hecho de involucrarse, no actuó con indecisión por ignorancia o distracción: ella reconoció la conducta como incorrecta y la consintió, siempre que no tuviera que verla. También merecen los calificativos de Montero, aquellas personas entre los 53 testeados, que, quizá, han sido políticamente correctas en redes sociales, tertulias, etc., respecto a la violencia de género, pero cuando tuvieron la oportunidad de demostrar decencia en la vida real, se abstuvieron.
Bajo el título: Elogio de la templanza (en época de redes sociales), Ernesto Hernández Busto, se sorprende del impulso que nos lleva a sustituir la temperancia racional por la pulsión del debate inmediato y, a menudo, superficial. He visto a las mejores mentes de mi generación, como dice el famoso verso de Ginsberg, enzarzarse en discusiones interminables y ridículas con aguerridos anónimos sobre asuntos que no meritaban que se les dedicase ni el tiempo de su lectura, y añade: en este nuevo reino de la pose, no se trata tanto de tener la razón como de exhibirla con urgencia. Erróneamente, hemos dado en etiquetar como tibios, a quienes tienen un compromiso apasionado con la verdad, y desoyen la narrativa radical porque saben que la vida se mueve en una escala de grises y no en los extremos. Los reconoces porque hablan de diálogo, empatía, educación, conciliación, recogen abundante información y presentan propuestas. Su posición, a diferencia de los tibios es firme en favor de la razón y la justicia. A estos, los llamo gente Puente y… son mayoría. La simpatía por una bandería no puede obcecarnos y llevarnos fuera de la lógica. Si ocurre, pasaríamos de apasionados por una causa a brutos y achorados defensores de la sinrazón, o tibios, inconsistentes, es decir gente flan. ¡Justo lo que castigamos con tanta saña y floreo fácil, abundante y barato!
En la tumba del escritor y poeta, Julio Ramón Ribeyro, se lee (Prosas Apátridas): La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro. Su posición en la vida era consistente con sus ideales: libertad y literatura. Como afirma el investigador José Navascués él era insobornable ante cualquier señuelo que no sea el de su propio compromiso con su obra. Ser un apasionado de la sensatez, no te hace ambiguo o tibio. ¿Desde cuándo la templanza dejó de ser la difícil virtud del dominio propio, el triunfo de la voluntad sobre el instinto para adjetivar la inconsistencia, la hipocresía? No seguir un guión; no ser parte del rebaño; no esconderse detrás sino abanderarse con la objetividad; permitirse dudar y mirar la vida desde perspectivas múltiples; aceptar que el ser humano tiene matices y el espectro sociopolítico es diverso y complejo, hace a la persona más fuerte que su propia naturaleza, la libera de pasiones ciegas, veleidades y de la necesidad de ser aprobada por otros; refina sus recursos individuales y su capacidad de decisión; aumenta el capital social de un país: nos hace colectivamente inteligentes.
La templanza es un gran capital, sostuvo Cicerón, y ¡es tan diferente a la tibieza de la gente flan! Quizá podríamos fortalecer, en el ánimo de nuestro pueblo, el binomio emoción-razón, como un deber social. Apuesto por la educación crítica, lejos de radicalismos. Las cosas se han puesto demasiado serias para mirarlas desde un solo lado. ¿Qué opinas, tú?

