ANTICIPO DE HACE MUCHO…

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Anticipo de hace mucho tiempo… con esta frase abre Javier Ariceaga su escrito entregado al Centro Toluqueño de Escritores en 1984. En él relata las memorias que le cuenta don Martín como hechos de vida en el Barrio de San Juan Bautista. De ello dice el entrevistado: Sobre mi barrio, dice don Martincito, qué le puedo contar. “La Palma”, tienda-cantina de don Agustín Álvarez, vio surgir entre la gente brava al “Toto” Munguía, a Erasmo Almazán, “El Fandango”, “El Mono” y al “Náhuatl” Alvarado, todos ellos rieleros que se reunían en las calles de Guadalupe Victoria y Héroe de Nacozari. De qué se forma la vida de una mujer o de un hombre si no es de estos recuerdos. Del paso de los otros viviendo alrededor en el barrio, condominio, comunidad convierten la microhistoria en suceso cotidiano donde todos se enteran de todos. Nada mejor para el cronista que es, por vocación, don Javier que ir con aquél que es el más anciano de ese barrio emblemático que es para Toluca el San Juan Bautista. Todo pasa por el hombre que vive más de 90 años en nuestra cultura popular. Popular porque es decenas y decenas de hombres y mujeres de todas edades que pasan por calles, casas, jardines con sus estaciones que lo mismo le hacen llenarse de colores en primavera que decae en el invierno, dando prueba así de que la vida es un nacer, vivir y morir, pero renovándose una y otra vez.

Me vienen recuerdos con el siguiente párrafo, pues alguna vez llegué a ir al lugar donde habla don Martín, en aquella década de los sesenta en que cambiamos de lugar los normalistas, de la escuela Justo Sierra donde íbamos a clases de didáctica y pedagogía para conseguir el título de profesor de escuela primaria. En el 68 se inaugura la nueva Escuela Normal del Estado de México, por aquel tiempo que se le decía la Normal Número Uno, engaño ciertamente, pues la Normal número Uno era y es la Normal de Profesores, que en la década de los sesenta se llamaba Escuela Normal de Señoritas, y se le denominaba la Número Dos, entre charlas normalistas de profesores, familiares de respectivas escuelas y administradores; así como alumnos que no nos preocupaba, el saber, ciertamente, cuál era primero.

Todo ello me viene de meditar sobre los recuerdos de don Martín; quien dice: La pulquería de “El Lagarto”, era el centro de operaciones de la gente del riel. En ese establecimiento jugaban las tandas de “tornillos” al compás del rentoy, además le iba a cambiar el nombre a dicho antro de expendedor de neutle, por el de “La Universidad del Rentoy”. Bien conocida esta pulquería pues estaba a media cuadra de la nueva Normal del Estado de México. La recuerdo también porque a dos o tres casas vivía mi amigo queridísimo Héctor Marín Rebollo, quien junto con su hermosa familia, sobre todo su querida madre, que con fino y cariñoso trato nos recibía a todos los normalistas de dos generaciones: Hilario Salazar Cruz, Higinio Guadarrama, Edmundo Roa, Carlos Castañeda, y varios más, sobre todo del grupo de Héctor, que con tanto afecto fraternal nos recibía para hablar de la Normal y de la vida política e ideológica de la entidad y el país. Cuántas y cuántas charlas tuvimos en agradable ambiente con quienes viniendo de Ixtlahuaca ponían el afecto y el café, té, y el pan para convivir en una atmósfera de amistad. Mundo y yo éramos de la generación que se graduó en septiembre de 1968 y Héctor y los demás eran de la generación del 69’, por lo que les presumíamos que nosotros pertenecíamos a la generación del movimiento estudiantil del 2 de octubre de 1968.

El Lagarto tenía buena fama de asunto gastronómico, y como podemos saber de un juego que con monedas se tiraban para atinarle al hoyo ubicado en un madero. No fui nunca adepto al pulque, y me resultaba raro ver y vivir en ese ambiente en el que un lugar era para hombres y el otro para las mujeres que sobre todo sólo venían a comprar el neutle, señoras de clase popular con ropaje rural. La lectura de esta crónica-entrevista de Javier Ariceaga me hace recordar mis tiempos de estudiante normalista, y recordar a quienes fueron amigos en esos tiempos de ilusiones: las cuales cada fin de semana que terminábamos nuestras tareas de profesores en lugares de la entidad, acostumbrábamos reunirnos en el viejo Impala ubicado en la avenida de Miguel Hidalgo al interior de Los Portales. La casa de Héctor y uno o dos restaurantes fueron los lugares de reunión por algunos años en que contábamos nuestras experiencias de profesores rurales la mayoría, de los temas ideológicos y políticos donde Héctor nos hacía conocer a Carlos Marx y Federico Engels o a Vladimir Ilich Ulianóv Lenin, de quien nos decía: leyéndolos, ya no es necesario leer a nadie más.

Leo el texto de Ariceaga: El viejo don Martín respiraba con dificultad, pero no dejaba ni de relajo el cigarrillo: ‘Delicados’. Sentado sobre un “poyo” de cemento, y calentando sus huesos con el sol mañanero, agregaba —¡Hutla madre!, ya han pasado muchos años, pero muchos años… San Juan era una plazuela larga, más bien tianguis, que se extendía hasta la Cortadura. Allí llegaban los indios con sus burros, cargados de leña y carbón de Ixtlahuaca y Atlacomulco. Las tortilleras procedían de Capultitlán y San Buenaventura, con sus chiquihuites llenos de tortillas entre servilletas limpias, y los lecheros llegaban con sus carros de mano a entregar la leche de Santa Teresa y Santa Ana. —Creo que aquellos tiempos fueron bellos —dice y luego añade: al menos para mí—. La vieja estación miró pasar a viejos ferrocarrileros que salían muy temprano de sus hogares ante el grito del nuevo llamador, y por las tardes, si no había algún percance en el camino, regresaban con sus botes lecheros en la mano esperando el abrazo de sus esposas y el beso de los nietos que corrían a esperarlos al bajar de la máquina que ruge como rugían sus pechos.

Bienaventurados los toluqueños que hemos tenido a estos cronistas cuyos nombres no repito, pero que al leer sus trabajos que de muchas maneras fueron tarea cotidiana, en particular poniendo sus palabras en tinta y papel periódico, por lo que su labor de vida como cronistas nos alegra, pues en las hemerotecas podemos hacer el seguimiento a su tarea de escritores de vocación y pasión.

Don Martín es un tesoro en las letras de Ariceaga, pues en las mismas nos recuerda lo que era Toluca no hace mucho tiempo: lugar de las dos estaciones en el país: la de invierno y la del tren así lo decía la gente de fuera de Toluca en la entidad y sobre todo en el país. En sólo 50 o 60 años se nos cambió la Toluca que en los años de 1940 tenía como promedio de temperatura anual 13.5, para pasar a estos más de 25 grados que en ciertos tiempos del año alcanzamos para darnos nuevas vegetaciones en flores y plantas. Mientras nuestras palmeras han ido muriendo una a una por la avenida de Isidro Fabela. Lectura de los recuerdos ésta de don Javier. Lo cito: Aquellos maquinistas eran muy bien pagados, nunca faltaba en sus mesas la miel de abeja, tamales de Río Frío, habas de Salazar, fruta y dulces de calabaza. Aún me parece verlos, con su gorra de rayas, su pantalón de peto y paliacate rojo, y un pedazo de estopa con las manchas de aceite en la bolsa trasera. Cierto, acercarse a la estación del tren y ver este tipo de personajes es inolvidable y bello recuerdo.

Último párrafo: De pronto, el viejo Martincito, oyó a lo lejos un señor que le silbaba. Igual que pitara una máquina antigua, semejante al pitido que oímos unos años atrás. Era un amigo de él llamado don Cirico. Era la hora de tomar la copa, ¡a los noventa y nueve años de edad! Me despedí de él, al mismo tiempo que salía de su hogar el nieto consentido, vestido con atuendo inconfundible del obrero de riel, que al despedirse le besaba la frente. Don Martín no pudo contener un furtivo sollozo y secando sus lágrimas me dijo. —“Toda la gente del barrio de San Juan Bautista, es gente de máquinas y trenes, gente buena…”