María tiene un secreto

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Cada vez que se azotaba una ventana en la casa, por la razón que fuera, mi tía María se santiguaba tres veces y decía en voz alta:

– ¡Con un demonio que no entrarás a esta casa!   

Mandaba a cerrar todas las ventanas y hacía lo propio en su cuarto. Mi tía es una mujer adulta bastante rara, al menos eso dicen algunas personas que la conocen. Mi abuela dice que después de lo que le pasó con Javier se volvió loca. Nadie me quiere contar lo que le ocurrió, pero imagino debió ser algo muy feo, no cualquiera se vuelve loco nomás así por una persona, además, no creía eso, tenía que averiguar qué le había pasado, entonces, me puse mi gabardina estilo Dick Tracy y mi reloj calculadora, que me regaló mi papá cuando cumplí once, el año pasado, pero al verme al espejo de perfil con mi pistola de juguete apuntando hacia al techo, me sentí ridículo

– Creo que ya estoy grande para esto. Me dije mientras me quitaba el disfraz rápidamente.

Preferí nada más preguntar a mi familia por qué la tía María se comportaba así, aunque como les dije al principio, nadie hablaba de eso conmigo, y cuando preguntaba, sólo me decían que eran cosas de grandes. Así que debía ser muy cuidadoso para que no se dieran cuenta de lo que quería investigar. Me preocupaba en serio. A veces la veía sentada en la banquita del jardín como pensando tantas cosas que en serio todo me parecía un misterio.

No les pregunté a mis tíos hombres, o a mi papá, porque siempre salen con su:  desconozco Braulio, desconozco. Pero recuerdo un día, cuando tenía como ocho años, mi abuelo salió de la casa con su escopeta gritando: ¡voy a matar a ese cabrón!, y mi tía María estaba llore y llore.  No se me olvida porque ese día mi papá me dio unos cuerazos después de jugar con mis primos en el patio:

– ¡Voy a matar a ese cabrón! ¡Bam! Pablo decía, – ¡Voy a matar a ese cabrón! ¡pum! Rafa decía, – ¡voy a  matar a ese cabrón! ¡Puchum!   dije

y corríamos en círculos con nuestras pistolas de juguete. En ese momento no entendía porque se enfadaron, si nos estábamos divirtiendo mucho.

Entonces, seguro mi abuelo podría contarme algo. Esperé en la banqueta fuera de la casa a que regresara de ver a sus amigos, pensando en la pregunta que le haría, tal vez él tenía información valiosa para mi investigación. Lo vi llegar casi arrastrándose, se me olvidaba que se echaba sus pulques y que de vez en cuando llegaba borrachín, eso podría resultar un desastre o no. Lo ayudé a entrar y nos sentamos juntos en la sala, me tuve que aguatar toda su plática de los vecinos y de sus malestares de viejo, hasta que me pidió que le sirviera uno de los tamales que había hecho mi tía María, y pensé que ése, era el momento que había estado esperado. – ¿Te gustan los tamales de mi tía María abuelo? . Es buena cocinando ¿verdad?  – Sí¿Siempre ha sido así, buena? Hubo un silencio, dejó de comer, me miró a los ojos y dijo: pues te diré que… y en eso, que entra mi abuelita y que le mete una regañiza porque se gastó un dinero de no sé qué. Me fui a dormir muy molesto, todo para nada.

Los días siguientes estuve tratando de sacar información a mis tías Lupe y Caro, pero nada, alguien nombraba a la tía María y suspiraban, veían como para arriba y cambiaban el tema. Hasta que un día llegó mi primo Lalo. Él se sabe todos los chismes de la familia. Cuando comencé a mencionarle a mi tía parecía que los ojos le brillaban, sentí que quería contarme todo, así que le dije que le picharía unas papitas y un refresco si me contaba y que nos fuéramos a platicar al traspatio porque en la casa seguro alguien nos interrumpiría. Mi primo se tomó el refresco y se comió las papitas y nada que hablaba de la tía María y que le digo:

– Bueno, ¡¿ya estuvo no?! dime ya

Entonces de pronto sentí como una presencia detrás de mí y mi primo hasta casi se ahoga porque quiso hablar y se le fue la saliva por otro lado, y entonces que volteó y que veo a mi tía con sus ojos bien abiertos y con las manos en la cintura:

Ven acá me dijo, y me tomó de la mano, fuimos al jardín. Nos sentamos en la banquita en la que se sienta siempre a ver la tarde. Ella llevaba una cajita de metal con flores, que sacó con mucho cuidado. Mis manos me estaban sudando porque no sabía qué me iba a decir.

– No te hagas menso, sé qué andas haciendo Braulito. – Me dijo casi sonriendo.

De su cajita sacó un pañuelo y un anillo. Me conto lo de Javier y de cómo conoció a ese hombre. De cómo se iban a casar y de cómo se sintió cuando supo que la engañaba, después, de cómo murió:

– Esa noche vi a una nube partir la luna. – Me dijo con lágrimas en los ojos.

Tu abuelo quiso matarlo, pero su destino no estaba en sus manos, fueron las manos de esa mujer la que terminaron con su vida. Me dijo que tal vez yo no comprendería lo que estaba diciendo, pero me dio coraje que engañara a mi tía y sentí una especie de alivio que se hubiera muerto. También me dijo que después de que Javier murió, se comenzó a aparecer en la casa, mi tía sentía su presencia y de pronto lo veía en la puerta de la casa, como que se quería meter y por eso ella de pronto salía con sus cosas raras. Dijo que jamás permitiría que ese zángano volviera a esta casa y que si a veces actuaba raro, era porque cuando uno se enamora hace muchas tonterías y después cuando uno se da cuenta de por qué se enamoró, pues más.

La cosa fue que esa noche me prometí a mí mismo que jamás me enamoraría porque no quería volverme loco, como todos los adultos de esta casa.