Mal ejemplo

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Se dice que el buen juez por su casa empieza, frase contundente pero que, con las diversas interpretaciones sociales, acaba por ser tan sólo un grupo de palabras sin sentido o pertinencia.

También es cierto que la palabra convence, pero el ejemplo arrasa; lo que significa que, independientemente de lo que podamos decir, son nuestras acciones las que acaban por dictar el rumbo que escogemos para nuestras existencias.

Es sorprendente como es que nuestra sociedad, tan anclada en el deber ser, hoy se haya tornado permisiva y tolerante a conductas que otrora serían seriamente castigadas; hubo una época en que los profesores de esta nación tenían la autoridad para sancionar a esos alumnos que parecía que salían de huacal, con la certeza de que los padres de familia, no sólo agradecerían el hecho, sino que lo reforzarían en casa con alguna plática o regaño, dando al docente un sitio especial y en el que verdaderamente podía coadyuvar a la construcción de seres humanos más comprometidos y responsables.

En este momento, los padres de familia, no sólo se atreven a cuestionar la legitimidad de las autoridades escolares, sino que esparcen la idea de que sus angelitos son incapaces de hacer lo que sea, y les defienden a capa y espada, aún ante la contundencia de los hechos.

Padres de familia que creen ciegamente en el decir de sus hijos, sin contemplar que, ante el riesgo de ser sorprendidos, los niños pueden estructurar mundos paralelos, todo en aras de evitarse un castigo: en ese proceso, mienten, inventan, ocultan, exageran o tergiversan las cosas.

Hoy día, ya no se predica con el ejemplo, resulta más sencillo adoctrinar desde el dicho, con un dejo de soberbia que no da oportunidad para el debate o el contra argumento; muchos padres de nuestros tiempos aplican aquella nada agradable máxima de porque lo digo yo.

La capacidad para resolver conflictos es cada vez más tenue, buscamos imponer antes que consensar, agredir antes que mediar, gritar antes que escuchar.

En ocasiones, somos incapaces de ver la realidad y queremos, pretendemos extender las cosas, aún con evidencia de que no hay salidas posibles.  Cuando no tenemos la voluntad para resolver los conflictos o existen aristas tan profundas que la solución es compleja, más vale dar un paso de costado antes que permanecer en una lucha sin cuartel que acaba por afectar a quienes menos culpa tienen; los hijos.  De nuevo, mal ejemplo.

No basta con decir, hay que hacer; no basta con esforzarse, hay que concretar. Somos lo que decimos, lo que hacemos, lo que pensamos, el cómo nos vestimos; es decir, no hay forma de ocultar nuestra esencia, porque ésta sale a flor de piel.

En consecuencia, estamos ante el escrutinio público y somos visibles, para aquellos que nos consideran modelo, somos ejemplo para seguir, ¿Qué esperamos proyectar?

No hay más que poner las cosas en su justa dimensión, no pensemos que todo lo que hacemos es perfecto y que no podemos aprender de los demás, la arrogancia también se socializa y resulta pésimo ejemplo.

horroreseducativos@hotmail.com