¿Legitimando incongruencias?

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El absurdo se apodera de nuestra vida cotidiana, el sentido común parece inexistente y poco a poco nos acostumbramos al contrasentido y le damos tal fuerza que acaba por convertirse en paradigma de vida.

Con una frecuencia inaudita, tenemos que chutarnos variedades diversas de estupidez, disfrazada de buenas intenciones.

Figure usted que en el discurso nos vendemos como entes sumamente responsables, pero cuando de cumplir con nuestras obligaciones se trata, no tenemos empacho alguno en violentar todos los protocolos existentes; grito a los cuatro vientos que soy un colaborador intachable y comprometido, pero a la menos provocación aprovecho para ausentarme de mis actividades, con un pretexto listo para entrar en acción.  Es que me dolía el estómago, es que tuve cólicos, es que estaba cansado(a).

El punto es que muchos empleados, sobre todo en los espacios en los que no hay un reloj checador, llegan a la hora que quieren, se van cuando les place y son incapaces de cubrir cabalmente el horario por el cual reciben un salario.  Según algunos datos publicados, 60% de los trabajadores de este país se ausentan al menos una vez al mes, reduciendo con ello sus niveles de productividad y haciendo del abuso –una forma de vida aparentemente legitimada– social e institucionalmente.

Existen, créanlo o no, algunos espacios laborales en los que no se checa, y el Contrato Colectivo de Trabajo ofrece a sus empleados una tolerancia de 30 minutos para llegar a trabajar; es decir, si debo iniciar mis actividades a las 9 de la mañana, tengo la posibilidad de llegar a las 9:30 sin que haya sanción. El punto es que la gente asume que su hora de entrada es a las 9:30 y a partir de esa hora comienzan a ejercer su derecho de tolerancia.

Lo preocupante, y citando a Jaime Maussan, es que nadie hace nada.

Pero eso no es todo, este intento por validar incongruencias se da en otros ámbitos; recién tuve una conversación con un padre de familia, quien llegó enfurecido porque a su pequeña se le había bajado la calificación en hábitos, porque llegó tarde al Colegio 9 veces en un bimestre, en efecto, no fueron dos o tres veces, fueron ¡nueve!

A pesar de que se trata de una disposición institucional, que claramente establece que hay una merma en la calificación por cada retardo, el progenitor argumentaba que era ¡injusto!, porque finalmente la niña había estado en sus clases. Lo preocupante no fue solo la actitud del hombre, francamente prepotente y desconcertante, sino el convencimiento de que le asistía la razón, cuando a todas luces solicitaba que se transgrediera una disposición en su beneficio, para lo cual reiteraba que apelaba a la empatía para no dañar a su pequeña.

¿Queremos más?, el intento de algunas personas por defender lo indefendible. Tuvimos el caso de una docente que, en el papel, tenía una lesión musculoesquelética que le impedía asistir al trabajo, con incapacidad y toda la cosa, pero que, casualmente, se presentó a la comida de fin de año y ¡todo el mundo la vio bailando! ¿Puede haber más cinismo que eso?

Si ya es ofensivo contar con actitudes y conductas incongruentes en la vida, ¿por qué nos empeñamos en defenderlas?

No cabe duda, ¡el mundo… al revés!

horroreseducativos@hotmail.com