Artemio
El deseo tiene fecha de caducidad.
Hace tiempo decidí renunciar a las mariposas en el estómago. Qué necedad andar
alimentando las esperanzas de Artemio. -Dime tú- ¿Cómo se le ocurrió?
Fue todo un espectáculo, al menos para mí. Después de una junta, me llamó la
jefa y Artemio se acercó muy serio; se puso de rodillas y me pidió ser su novia.
-¿¡Te imaginas, su novia!?
Yo tenía sonrisa de estreñimiento. Fue un momento engorroso, de mal gusto. Yo
que sólo tengo cabeza para dispensar medicamentos de nueve de la mañana a
seis de la tarde. ¿A qué hora puedo pensar en enamoramientos,
sentimentalismos?
No dije nada.
-¡Ya sabrás! Las miradas de mis compañeros cosieron mi lengua al paladar.
Además ¿Qué iba a decir? A mí ni me gustaba.
Pero estaba frente a él mirándolo; mientras me preguntaba: -¿qué le pico? Le
habrá echado demasiado huevo a su licuado.
Mis pensamientos estuvieron a mil por hora, repasé mis pasos de toda una
semana. Jamás le sostuve la mano de más, no le sonreí ¿qué señal le dio mi
cuerpo? ¿En qué momento se fue a enamorar de mí? ¿De mí?
Yo no buscaba peligro ni el calor masculino, como te repito apenas y sobrevivía a
mi día a día.
Como todo, pasó el bochorno sin respuesta. Pero cuando vi a Artemio esperarme
a la salida con todas sus pretensiones para ayudarme con la bolsa y tomarme la
mano para hacerme la plática. Emprendí la huida.
–¿A quién se le ocurre?
No quise decirle nada. Eso pasó hace tiempo. Preferí renunciar al trabajo, a la caja
de ahorro y a las ochenta recetas que dispensaba al día.

