Buenos días

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El lugar a donde fuimos invitados es de una atmósfera propia de eventos diplomáticos. Estacionado el auto, frente al espejo retrovisor, retoco mi carita cuidando que el planchado de cabello y el ligero maquillaje estén armónicos al arreglo destinado para hoy.

Bajo del carro acomodando el vestido que envuelve mis caderas, checo que el dobladillo quede arriba de las rodillas. Encamino los tacones hacia el elevador; el ambiente es agradable. Algunas personas vamos al tercer piso; dentro del ascensor unos a otros nos miramos de reojo, en breve tiempo, llegamos a nuestro destino.

Descendemos hacia el amplio pasillo donde hay variadas personas platicando.  Mi rítmico vaivén de caderas, surge de la seguridad que me da mi cuerpo armonioso; interiormente canto mis pasos: uno, dos, tres, cuatro….

En el camino miro labios y ojos sonrientes; hay algunos jóvenes atléticamente altos envueltos en piel de color: presencia absoluta en el lobby del hotel.

Me doy cuenta que esperan mi figura acicalada de sensualidad. En el momento que paso frente a ellos, con labios iluminados y cantante voz, me dicen – Buenos días, buenos días, buenos días.

En natural coquetería, respondo – Buenos días, siguiendo mi paso. Inmediato a mi  respuesta, uno de ellos, el más alto, con espléndida sonrisa me dice, ¿Cómo estás? A lo que contesto sin detener mi andar – Muy bien, gracias.

Ellos quedan atrás de mí. Ahora mi camino va acompañado de una pícara sonrisa que hace diferente la mañana.