Caos de caracoles: We can be heroes just for one day

Views: 706

Tengo la sensación de haber pasado el último año dentro de una historieta. Igual, de pronto y lejano, me parece aquel diciembre del 2019 en que todo estalló, en que nos enteramos de una de esas enfermedades que saltó de la ficción a la realidad. Sentado en la fría banqueta de un local de un municipio cercano en el que me auto emplee vendiendo cacahuate, llegaban hasta mí, ya sea por el periódico, radio o televisión, las noticias en Asia. Entonces todos cambiaban el canal, el virus ni siquiera era tema de conversación y la palabra pandemia sólo era útil a las mejores caricaturas de los 90.

Tuvimos tres meses de tregua, pero lo inevitable sucedió, se anunció el primer caso y cayó sobre nuestros cuerpos una densa capa de escombro entre frustración, impotencia, rabia y dolor porque hubo que contar, por cuadra, a los muertos para creer en algo. Fue eso, la vergonzosa forma en que afrontamos una nueva era, y no los índices de desarrollo humano lo que nos ha encadenado definitivamente al tercer mundo.

Pero precisamente al puro estilo de los comics, de las películas de héroes, en que, en medio del escombro, la tierra, el llanto ahogado y el silencio, fue que tronó la bocina de un radio venciendo la estática del aparato para decirnos que por fin había una cura y que sólo había que esperar con paciencia para que esta llegara a casa. Entonces fue un silencio distinto y una espera desesperada a la que los días se le había contado.

Sostengo, como le dije a aquella compañera de la universidad que hoy es feminista, que si quería nos aventábamos los dos cobijados en la bandera como Juan Escutia, pero que en muchos sentidos envidiaba lo que pasaba del otro lado de la frontera, la forma en que las cosas, tal cual, sucedía, por ejemplo, los estadios de fútbol americanos adaptados como masivos centros de vacunación equiparado con los medrosos minutos que avanzan de este lado y se abren paso entre los rumores y cotilleos de otro muertito en el barrio.

La noche del lunes, en que la vacuna llegó a la ciudad, por pura curiosidad me fui a asomar cómo andaban las cosas. Había unas 50 personas haciendo guardia en espera de la dosis. Pocas para las 4000 que serían aplicadas sólo ese día. Suficientes entre los cuatro días de aplicación para los 27 mil adultos de la población de riesgo de la ciudad contabilizados. El chismoso del pueblo había dado la noticia tarde, en este caso, oportunamente.

Caminar calle abajo hasta la unidad deportiva en que la vacuna fue administrada, fue sacudir el cuerpo del polvo, levantar y ver cómo otros, reconociéndose en las miradas, levantaban pesadas pilas de hierro y cemento como en las batallas épicas del cine de hoy. Tal vez con el llanto seco y marcado por la tierra. Me encontré con Paco Portales, chocamos puños y de entre los 1,500 al momento, ocupamos nuestros puestos, separados acaso por unos cuantos metros, apartando el sitio para nuestro familiar.

Desde esa colina, que era calle, vimos llegar a la vieja guardia, a los ancianos vueltos niños que luego de todo ese año se sorprendieron vivos en las calles, gritándose, alzando las manos, jugándose bromas tontas que, sin embargo, eran tan deliciosas na’más para que se regresaran a charlar un poquito como seguro desde hace tiempo no lo hacían, no con esa pena, y que los bendito Dios ya no fueran originalmente un dogma de fe casi por fin en muchos años puros.

Se quedaban parados, buscaban ponerse al día; lentos, con sus banquitos se rebasaban unos a otros por la colina haciendo de eso un caos de caracoles en que un hombre mayor empujaba por esa misma cresta a su esposa sentada en el centro de un triciclo de esos que usan los tamaleros, pero felices los dos para tener su primera de dos vacunas.

Tanto a Paco Portales como a mí,  nos tocó ceder, ahora sí, nuestros puestos en la fila para quienes de verdad los usarían. Detrás de la reja, casi en los palcos de la cancha de basquetbol, vimos avanzar a nuestros familiares por el patio y comenzamos a sacarles foto y dijo una de las cosas más originales que le he escuchado en los últimos días: estamos como en el kínder cuando ellos nos sacaban fotos en los festivales, y era cierto, los papeles se habían invertido, dando lugar a una nueva cinta de héroes que no se habían salvado a sí mismos.

Desearía decir que nos fuimos a desayunar todos, cada quien con su cada cual, pero a quien le apartaba el lugar, como Judas, me había negado más de tres veces una semana atrás. Entonces, ellos me adoptaron como también ha sucedido en otras ocasiones. Fuimos a una palabra y nos quitamos el cubrebocas casi a solas, bromeando con que estábamos inmunizados en un 25%. La comida y la charla fueron inmejorables, pero lo mejor fue el trino de los pájaros que algo sabían. Sabían, creo, que, en efecto, we can be heroes just for one day.

Y salimos de las sombras.