CARTA AL PADRE

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Los textos de escritores y personajes de la humanidad son materia de estudio, de reflexión, pues dejan su huella y el recuerdo permanente. Ellos al escribir, no saben que hacen fama de sus primeros renglones que van cayendo en el papel sin saber dónde han de parar. Al revisar diversos libros sobre el tema de las cartas, correspondencia, epistolarios, recados, encontramos un filón de gran riqueza que permite comprender lo que el escritor, artista, intelectual, científico, político o filósofo aporta al desnudar su alma: pues lo hace sin pensar en otra cosa que sus palabras y letras que desea hacer llegar al lector —su familiar— amigo o vecino.

En este tipo de materiales literarios —género epistolar—, encuentro la riqueza de quienes hacen de sus cartas y recados una entrega sencilla, sincera, muchas veces humilde del que escribe para ser leído por el otro, ese Otro, que es su fin de las palabras que muchas veces se escriben con el corazón, ajenos a florilegios, soberbias o muestras de vanidad que son de sobra rechazados. Las lecturas de estos materiales, para variar, aportan momentos significativos, sorprendentes, a veces, dolorosos. Tal es el caso de la famosa Carta al padre, publicado por múltiples editoriales a lo largo del siglo XX y del que vivimos. Franz Kafka, el revolucionario escritor checo, de origen judío, nos da una lección humana de enorme trascendencia.

Su carta, escrita a los 36 años de vida, es un desnudar su alma ante el padre duro, cruel, de disciplina militar que piensa que por ser el hombre y el padre todo lo que dice y hace es perfecto: quién sabe lo que sea su esposa y sus descendientes, ante esta visión de autoritarismo que dejó marcado para siempre al narrador revolucionario que fue Kafka en las pocas décadas que vivió. No hay ninguna posibilidad de hablar de las letras en el siglo XX sin mirar su obra y comprender que la dolorosa vida que tuvo Franz en su tiempo, le llevó a dibujar el mundo occidental bajo las reglas espantosas que llevan a las dictaduras de Benito Mussolini, Adolf Hitler y José Stalin, y a todas las que aparecen con Francisco Franco, Augusto Pinochet, y todas aquellas dictaduras de América Latina desde la independencia del imperio español en ese siglo XIX que sigue nuestros pasos, riéndose de la poca democracia que se ha logrado en por lo menos 200 años de libertad, según pensamos y creemos.

No sólo la dictadura política, sino el fenómeno de la burocracia totalitaria, que nos avisa en sus escritos Franz Kafka son el tema de fondo de la vida humana: ¿dónde la libertad del ciudadano y de la colectividad de pueblos? ¿dónde la libertad de expresión sin que seamos vigilados por el Gran Hermano? ¿dónde el encuentro de la felicidad ante las reglas y camisa de fuerza de pequeñas y grandes reglas que ahogan toda libertad humana? El alma sensible de Kafka que nos admira por su elocuencia y sencillez al decir y hacer. Es el mismo escritor de obras como El proceso (1925), El Castillo (1926), América (1927) y en particular su cuento, La metamorfosis (escrito en 1912, y publicado en 1916), del que dijo: Me parece malo; tal vez esté perdido definitivamente… gran aversión. Final ilegible. Casi radicalmente imperfecto… Ir a su texto escrito con el alma y el corazón para su padre es lección dolorosa e inolvidable.

Escribe: Querido Padre: Una vez, hace poco, me preguntaste por qué decía que te temía. Como de costumbre, no supe que contestarte, en parte precisamente por el miedo que me das, y en parte porque son demasiados los detalles que fundamentan ese miedo, muchos más de los que, podría coordinar a medias, mientras hablo. / Y aún ahora, el intento de contestar por escrito resultará muy incompleto, ya que también al escribir me inhibe el miedo y sus consecuencias y porque el tema, por su magnitud, excede en mucho tanto mi memoria como mi entendimiento. / Para ti, el caso fue siempre muy simple, por lo menos así nos pareció a mí y tantos otros a los que hablaste al respecto, sin que hicieras alguna discriminación. / Las cosas te parecían más o menos así: a lo largo de tu vida has trabajado arduamente, sacrificándolo todo por tus hijos y sobre todo por mí; en consecuencia, yo he vivido pródigamente, he tenido la libertad de estudiar lo que quisiera, no te tenido que preocuparme por mi sustento, ni por otros problemas serios; a cambio de eso no me pedías que te agradeciera algo, ya que conoces la “gratitud filial”; pero esperabas al menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía. En vez de eso siempre te he rehuido, encerrándome en mi cuarto, con libros, con amigos alocados e ideas exageradas; jamás conversé contigo con confianza, no me acerqué a ti en el templo, ni te fui a ver a Franzensbad; además tampoco supe lo que significaba preocuparse por una familia, jamás me interesé por tu negocio ni por tus demás asuntos, te endosé la fábrica y luego la abandoné; apoyé a Ottla (hermana menor) en su necesidad, y mientras por ti no soy capaz de mover un dedo ( ni siquiera darte una entrada para el teatro), lo haría todo por mis amigos.

En sus primeros párrafos Franz Kafka va dibujando el panorama nada halagüeño en su relación con el padre. Nacido en Praga, el 3 de julio de 1883 —seis años antes que nuestro Alfonso Reyes—, él es de los ciudadanos que han de vivir en dos siglos. Ese hecho no es cosa banal, pues denota los cambios culturales que les toca vivir a tales personajes en la historia. Que muchas páginas sean escritas para retratar el comportamiento del padre, no es cosa menor, pues nos permite comprender nuestras relaciones; no sólo en familia con los padres, sino en su genialidad, que avisa de comportamientos totalitarios, de pesadillas que se han de vivir a través de ‘padrecitos’ como se hace llamar el dictador Stalin, en la fracasada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sus obras son materia de estudio en literatura, política, sociología y en el psicoanálisis y psicología social. Es retrato del siglo que ha de convertirse en pesadilla con dos guerras mundiales, a cuál más, cruel y bestial.