Cavell y la ensoñación cinematográfica

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En esta oportunidad quisiera acercar brevemente a este espacio la propuesta de Stanley Cavell sobre el cine y sus potencialidades filosóficas como una oportunidad para poder explorar de qué manera esta nos permite leer nuestras experiencias cinematográficas en la pantalla como una forma de ensoñación sobre el presente y futuro de la cultura en la que vivimos. 

El cine de nuestro tiempo, al estar situado en el contexto de la llamada era digital tiene mucho que decirnos sobre cómo experimentamos y reproducimos los aspectos más íntimos de nuestra vida psíquica con lo que sucede con las cosas en la pantalla. Por eso, explorarlo a la luz de Cavell, no solo es una oportunidad para poder comprender cómo estamos metabolizando el momento actual que atraviesa una cultura a través del cine que produce, sino también para poder advertir con claridad cuáles son los tópicos morales más urgentes que atender en nuestro tiempo. Las pantallas y las imágenes ahora están siempre cerca, y lo realmente importante es tener una manera de “leerlas” que pueda rescatar sus aspectos más significativos para el presente que vivimos.

Para Cavell, el cine de un tiempo concreto no responde únicamente a tener una visión y vivencias compartidas, sino que también es la crítica que una cultura siempre está haciendo de sí misma de distintas formas, como se desarrolla en Declining Decline, uno de sus textos más extensos dedicados a poder apreciar en la filosofía de las distintas épocas una constante crítica a la cultura en la que está envuelta, y que, por uno u otro motivo, no es capaz de escuchar sus problemas más inmediatos. 

Esta incapacidad, también la vemos reflejada en nuestra lectura tradicional del cine, como decíamos, precisamente por una concepción de él limitada a un proceso de transmisión de información unilateral con un mensaje que poder decodificar por el espectador. Frente a esta ceguera de aspectos que cada film tiene que ofrecer, Cavell propone leer a las imágenes cinematográficas como ensoñaciones sobre lo que nuestra cultura desea ser o desea dejar de ser, justamente por la capacidad privilegiada del cine para poder hacer existir cosas, situaciones, escenarios o imágenes que exceden lo factible y las posibilidades de nuestra realidad más inmediata.

La conexión con esta parte del deseo humano que está apoyada, o en términos de Cavell, confesada en el cine de cada tiempo es precisamente la intuición que quisiera compartir aquí: que este tipo de problemática necesita una investigación filosófica lo suficientemente sensible como para comprender qué nos están queriendo decir y qué cambios y afectos viven en las pantallas ahora mismo. Pues, si una cultura siempre está queriendo dejar de ser lo que es y por alguna razón estos reclamos no se pueden escuchar, creo que lo que sucede ahora mismo en el cine de nuestro tiempo, es una oportunidad para encontrar respuestas sobre cómo nos sentimos dentro de la cultura que habitamos.

Pienso, por esto mismo, que películas del tipo Parásitos, La última opción o La sustancia, en los que vemos sobre exageradas las ambiciones de sus protagonistas y degradados los límites morales mínimos que los atan a la más mínima convivencia en sociedad, son excelentes oportunidades para poder explorar el mundo interior del sujeto que está inmerso y, a veces, sometido a la cultura ya en crisis de nuestro presente. 

Un presente, que perfectamente podría llegar a aquellos umbrales de degradación si no nos paramos a pensar con seriedad qué tienen que decirnos –y qué nos están diciendo ya las imágenes de nuestra vida digital en las pantallas. En ellas, creo, vemos el viaje de sujetos por varias crisis actuales: sea el hartazgo por no tener una vida digna en la repartición del mundo una vez agotadas todas las vías legítimas para esto –en el caso de Parásitos, o la desconexión total del núcleo que da autenticidad a cada persona para poder presentarse ante los otros de maneras que la industria cultural ha fetichizado y ha hecho consumible –en el caso de La última opción y La sustancia

Así como, moviéndonos a nuestros contextos latinoamericanos más cercanos, podríamos pensar en películas como Amores perros, La dictadura perfecta o ¡Que viva México!, pertenecientes a una valiosa ola del cine mexicano reciente, en las que el drama de la vida cotidiana de sujetos excluidos de los proyectos fallidos de Estado-Nación o el thriller político se refugia en la ficción para explorar y hacer explícito el funcionamiento más íntimo del poder. En ellas, los medios y la adquisición de problemas culturales y políticos ajenos a las situaciones más urgentes en América Latina son los elementos que camuflan y reproducen las mecánicas por las que los sujetos que integran sus sociedades terminan siendo víctimas y victimarios de otros en estas mismas. Con el especial agravante –o tal vez con el especial valor– de que muchas de las situaciones presentadas en ellas a manera de estado moral límite de nuestros territorios políticos más cercanos, ya son realidades que enfrentamos día a día y que seguimos sin poder solucionar.

Con ese propósito, he querido “ver” en estas películas de los últimos veinte años que figuran momentos distópicos o que llevan al extremo varias de las crisis morales o sociales que estamos atravesando hasta el punto de que sintamos lo presentado en ellas como una representación desmesurada, una oportunidad para poder procesar mejor futuros cercanos o problemas urgentes del presente que no reciben la suficiente atención por nuestra parte. O que, directamente, ni siquiera podemos detectar por cualquier motivo relacionado al estado de nuestra misma cultura que nos impide hacerlo ahora mismo – pero que no están tan alejados de hacerse realidad y dejar de ser ficción ni bien la pantalla deje de dar imágenes.