Comida familiar

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Por fin accedí a conocer a los padres de mi novio, por lo que fui a una comida familiar en su casa.

 

Desde que llegué no podía dejar de observarlo. Me llamaba la atención la forma en la que enrollaba la pasta, cómo la acercaba a su boca y la succionaba. Mis ojos seguían la trayectoria de su lengua alrededor de sus labios y trataba de memorizar sus comisuras. Con el camarón fue igual, me imaginaba como era estar en su boca y ser degustada poco a poco.

 

Se dio cuenta de que no lo dejaba de mirar. Primero me dedicó unas sonrisas discretas. Yo humedecía sólo de verlo. Hasta que sentí por debajo de la mesa como sus pies chocaron con los míos. Yo deseaba rozarle los muslos o la entrepierna, pero mis nervios me contuvieron.

 

La charla en la mesa se había tornado una discusión sobre política, mi suegra no dejaba de culpar al presidente y de maldecir a los diputados. Yo en esos temas siempre me mantengo al margen, así que permanecí callada.

 

Sorpresivamente su mano se instaló en mi rodilla, yo llevaba una falda corta así que sentir su mano me excitó al instante. Él seguía discutiendo sobre los problemas económicos del país. De pronto, su mano fue deslizándose hacia arriba, sus dedos tocaban suavemente mis muslos. Mi piel se erizó y el corazón latía con tanta fuerza porque sabía que esos dedos podían internarse en mí. Voltee a ver a mi novio con cara de vámonos de aquí, me contestó con un gesto de ya casi, aguanta un poco más.

 

Ya era el momento del postre, mi suegra se levantó por el strudel de manzana. Mi suegro no dejaba de platicar y mi novio estaba feliz y sé que se sentía orgulloso de estarme presentando con sus padres y con su hermano. Sólo sonreía ya que al inicio suelo ser tímida y la verdad es que no quería ni podía hablar demasiado, mi deseo en ese momento era concentrarme en las sensaciones que él me producía.

 

Por fin su mano avanzó sobre mis muslos y los acarició con una delicadeza que me volvió loca. Estaba excitada, quería más… estaba tan ansiosa que me resultó imposible seguir el hilo de la conversación.

 

Lo último que sentí fue como su dedo exploró el encaje que rodeaba mi ropa interior. Estaba que ardía y cada vez más mojada.

 

Terminando el postre mi novio me volteó a ver y con una sonrisa traviesa y en secreto me dijo: vamos un rato a mi cuarto. Me levantó de la mesa tomando mi mano, se disculpó por ausentarnos y cuando íbamos subiendo las escaleras, mis nervios aumentaban. Nada más pensaba en una excusa creíble para cuando me preguntara: ¿por qué estás mojada?